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jueves, 7 de octubre de 2010
viva, entre tantos fantasmas
A la semana de vivir allí, entre muebles que estaban desordenados adentro y afuera, comenzábamos las clases. A mis once años se les sumaba una responsabilidad nueva: llevar y traer a Vicky en colectivo. A los nueve yo había tenido que aprender, a la fuerza, a viajar solo, un trayecto de una hora, y con combinación: a hacerlo sin nadie, imaginando que el colectivo jugaba carreras con los demás autos, o que los pasajeros competían, y triunfaba quien se sentara en el primer asiento (en uno de esos juegos, y por estar ganando, un mediodía tuve que cerrar los ojos y apoyarme en el vidrio, para no ceder el asiento, con tanta mala suerte que realmente me dormí y me pasé unas paradas, más allá de Camino de Cintura, es decir, más allá de donde tenía permitido ir en bicicleta: me largué a llorar, en esa soledad, hasta que alguien me explicó que, en realidad, estaba a unas pocas cuadras de casa) Pero a partir de la mudanza era distinto, porque tenía la responsabilidad de llevar a mi hermana, dejarla en la escuela, retirarla cuando yo salía de mi turno escolar, volver. Y atenderla a la mañana, porque estábamos los dos solos: que desayunara, que se bañara, peinarla con unas trenzas tirantísimas que le encantaban, cocinar al mediodía. La ida a la escuela era tranquila, porque íbamos sentados; pero en el regreso veníamos parados, en el viejo 88 de asientos reclinables y sin puerta atrás. Entonces tenía que lograr la mejor ubicación donde esperar que alguien se levantara, mientras le indicaba a mi hermana que esperara un poco más allá, vigilarla, lograr el asiento, cedérselo a ella, y vuelta a empezar. Muchas veces me pregunto qué hubiera sido de mi vida sin los colectivos; seguramente, en esencia, hubiera sido la misma, pero se habría desarrollado de otro modo, sin dudas.
A mi papá se le había metido en la cabeza que las extensiones de la nueva casa permitían tener una quinta, un gallinero, árboles frutales. En el terreno lindero, que estaba libre, había sembrado maíz, papas, tomates, acelga, lechuga, ají, zapallo. De nuestro lado había instalado un gallinero en una de las esquinas, dejando libre el recorrido de la acequia de desagüe: un obstáculo más para recorrer. Había plantado también un limonero, un naranjo, un peral, y algunos otros más que se secaron enseguida. Con el tiempo todo eso pasó a ser una tediosa responsabilidad mía. En la anterior casa, que tenía poco jardín, los únicos frutales que conocía eran los del vecino Lencina, que inundaban todos nuestros ambientes con un intenso perfume de azahares. En el nuevo hogar, en cambio, era todo tan abierto, tan amplio, que ni los rosales que mi mamá había plantado frente a la casa, ni los jazmines, ni los naranjos o los mandarinos perfumaban el interior de la vivienda del mismo modo.
Al comenzar octubre de 1984, la maravilla de la vida en el campo se mostró, en todo el cañadón de la ruta, con el surgimiento de margaritas silvestres que tapizaban de blanco esa inmensa extensión verde que había entre la casa y el lejano asfalto. Mi mamá, mi hermana, y a veces mi abuela y mi abuelo salían entonces a juntar esas flores y llenar jarrones y hasta baldes enteros. Yo a veces también las juntaba, pero como excusa para ir a recorrer el arroyo hasta meterme en la parte de un laboratorio cercado que había más allá (y en donde una vez, estando con mis primos, un tipo de seguridad nos retuvo, arma en mano, hasta que mi abuelo, invocando su condición de oficial retirado de la Marina –no en vano se habían vivido tantos años de dictaduras: la enunciación de esas palabras valía por un verdadero acto de habla– nos retiró). En esas caminatas, o cuando me iba hasta el Río Matanza, que pasa a unas quince cuadras al fondo, y donde en esas épocas en las aguas cristalinas se podía pescar y cazar nutrias y hasta liebres, nunca iba mi hermana: eran, diríase hoy, viajes iniciáticos, que reforzaban ese viejo comentario que había escuchado de niño, sin entenderlo todavía muy bien: Es muy responsable, viaja solo a la escuela en colectivo y hasta tiene la llave de casa. De hecho, con mi hermana todavía nos llevábamos mal, tanto como pueden tratarse dos hijos que con cuatro años de diferencia de los cuales una, por lo tanto, una había venido a robar el cariño que antes los padres profesaban sólo al otro.
Al año siguiente yo ya empecé el secundario y, por mis horarios, no podía hacerme cargo de Vicky. Sin embargo, seguía viajando solo a la escuela, aunque ahora para el otro lado de la ruta, una media hora de viaje. Pasé todo ese año relacionándome con otros chicos de la ruta que iban a mi misma escuela, y comencé a ir a sus casas o ellos venir a la mía. En el 35, igual que yo, tenían un arroyo al fondo, pero no era tan exuberante como mi río. Íbamos, sí, pero en lugar de meternos en el agua o pescar o cazar, nos terminábamos escupiendo o arrojando bosta fresca, corriéndonos por toda la extensión de los campos que hoy están hacinados. Mi responsabilidad, con mi hermana, se limitaba a acompañarla a que tomara el micro que la llevaba a su escuela, o esperarla cuando regresaba. Así transcurrió todo 1985 y, con leves variantes, 1986, cuando como castigo por inconductas reiteradas la vicedirectora le recomendó a mi mamá que dejara de juntarme con chicos de la ruta y que me relacionara con gente sana, es decir, de Cañuelas. Tuve que elegir qué actividad social realizar en ese pueblo al que todavía odiaba, para hacerme amigo de paisanos, aunque el berrinche me duró poco y, al poco tiempo, ya estaba juntándome con nuevos amigos, sanos, con quienes, por ejemplo, nos trepábamos a los árboles más altos de la casa de Gastón Garzonio para tirar naranjas muy maduras o podridas, desde los fondos de su casa, a la gente que caminaba por la calle Libertad. Ese año Vicky tomó su primera comunión y me confesó, a mí primero que a nadie, que estaba enamorada de un chico de uno o dos años más, llamado Mauro.
En abril de 1987 todo parecía indicar que sería un año como los anteriores. Una tarde, acompañando a mi hermana desde la ruta a casa, después que la dejó Toti (el padre de una compañera mía y dueño del micro escolar que la traía desde la escuela), mientras veníamos caminando, se cayó. Algo sin importancia, salvo por el hecho de que le pasó porque tenía dormida la pierna. Mi comentario en casa la derivó al médico y, justo el día del cumpleaños de papá, los estudios dieron que había un tumor. En el cerebro. Y que era urgente e imperioso operar. Fue la primera vez que tuve que viajar solo hasta Once, y hasta un hospital, que no era lo mismo que haber seguido yendo a San Justo a visitar ex compañeros, o ir a la academia de peluquería donde cobraban más barato y, por lo tanto, ganaba una pequeña diferencia para los videojuegos. Esa vez era distinto. De hecho, las circunstancias tuvieron, como efectos secundarios, mi primera arritmia cardíaca y la muerte de mi abuelo, solo, también en un colectivo.
Vicky salió bien de la operación. Había perdido su hermoso pelo que yo trenzaba, pero al poco tiempo empezó a salirle, un tanto más oscuro. Estaba obligada a tomar de por vida cierta medicación que controlaba posibles secuelas de la operación cerebral, pero nada más. Ese año nos hicimos más compinches, más hermanos. Muchas veces me pregunto qué hubiera sido de mi vida con una hermana cómplice: seguramente, en esencia, hubiera sido la misma, pero habría tenido alguien con quien poder conversar de igual a igual, alguien que habría llenado de sentido pleno (y no impostor e impostado), ese “tío” con que los hijos de mis amigos me llaman, a veces. El 17 de enero de 1988 tuvo, por primera vez y conmigo, en el jardín, una convulsión, que podía deberse a que la dosis de medicación resultara insuficiente, producto de su desarrollo. El 26 de ese mes se confirmó que, en lugar de uno, había dos tumores que la radioterapia no había logrado vencer. Las posibilidades de una segunda operación eran ínfimas y, entonces, sin decirlo –pero sabiendo qué se callaba– mis padres optaron por no operar. Lo primero que le afectó fue la visión, hasta quedar ciega; luego la misma pierna del año anterior, con el brazo de ese lado del cuerpo; postrada en la cama, comenzó a no articular bien las palabras, hasta que sólo pudo expresarse con leve arqueo de cejas, una sutil caricia de su mano móvil otra. No conocía los pormenores, pero hacía lo imposible por consolar a los demás. Una de las últimas cosas que me contó, cuando todavía algo se le entendía, era que estaba enamorada de Juan Francisco, mi amigo. Y lo último que me dijo fue que me quería. Yo le contesté que también, y que nuestras peleas de chicos, mi hostigamiento de hermano mayor, era (y es) la única y mejor forma que siempre tuve de demostrar mi amor. Pero no aguanté mucho diciéndoselo y tuve que dejarla, para no quebrar el juramento de no llorar delante de ella.
Pese a que yo trataba de no hacer fuera de casa más cosas que ir a la escuela, la tarde del 22 de junio me fui a San Justo, no recuerdo por qué, sabiendo que no tenía que retrasarme demasiado. Para cuando volví ya estaba muerta, todavía en la cama grande de mis viejos. Esa noche, coincidencias extrañas, unos asaltantes mataron en su casa a Julieta, la chica de quien mi amigo Juan Francisco estaba profundamente enamorado.
Esa casa no volvió a ser la misma. Con el tiempo las cosas pasaron a ser lo que realmente eran: un simple parque grande, árboles, una zanja aburrida que permitía el desagüe de la pileta. Ya no había gallinas, ni quinta en el terreno de al lado; de algún modo, los colores y la luz se obstinaron en quedar registrados como una permanente tarde de otoño. Yo pude llorar esa muerte dos años después, yendo a estudiar a Capital: una nena, en algún asiento, hablaba como Vicky en sus últimos tiempos. Y, solo y en un colectivo, derrumbé algo, el segundo de mis grandes muros. Con el tiempo me recibí, empecé a trabajar en la zona; mis amigos terminaron presentándome a aquel Mauro de quien Vicky había estado enamorada, aunque nunca supe explicarle cuál era mi gusto al conocerlo. Allí viví nueve años más, que se suman a los once acá, donde ahora estoy. Desde hace tres o cuatro años (ya muerto también mi viejo, y en esa misma casa, una noche cuando yo festejaba en este, mi nuevo hogar, un cumpleaños), viven allá otras personas, que como corresponde no se hicieron cargo de todos esos recuerdos, de toda esa historia, de todo ese dolor.
Hoy pasé por tres hechos que se concatenaron de un modo, quizás, premonitorio. Estuve en La Plata, y la ciudad estaba inundada de perfume de azahar, por todos lados: el mismo penetrante aroma de la casa de Lencina y que impregnaba todo en mi primera infancia. De regreso, el micro en que volvíamos pasó por mi antigua casa de Ruta 3, completamente distinta, con aquel asfalto que ahora es de doble mano y colectoras de cemento que pasan casi por la puerta, por donde antes estaba el cañadón y el ombú y el puentecito de durmientes de quebracho. Sin embargo, las margaritas silvestres, a pesar de todo esto, pugnan persistir tímidas en el nuevo paisaje, removidas, solitarias, en ese lugar que es menos rural y más extraño.
Jamás pude relatar a alguien todo esto, y si hoy lo hago es porque hace tiempo que comprobé que escribir ya no conjura mis miedos. Muchas veces me pregunto qué hubiera sido de mi vida si hubiera podido construirme de otro modo; seguramente, seguramente, en esencia, hubiera sido la misma, pero conciliaría más rápido el sueño, o no seguiría soñando con las mismas personas, la misma casa y el mismo parque. Dicen que de nada vale preguntarse por el qué hubiera sido, sino por lo que fue, ya que es lo más difícil de responder. También dicen que minutos antes de morir, a las personas se les aparece su vida como en una película. Si esto resulta así, esta noche (seguramente) por fin podré dormir.
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viernes, 1 de octubre de 2010
La literatura y el rol de los críticos
0 Respuestas/comentarios Publicado por Esteban Cid a las 4:09La caza de elefantes. Si la literatura no existiera esta sociedad no se molestaría en inventarla. Se inventarían las cátedras de literatura y las páginas de crítica de los periódicos y las editoriales y los cocktails literarios y las revistas de cultura y las becas de investigación, pero no la práctica arcaica, precaria, antieconómica que sostiene la estructura.
La situación actual de la literatura se sintetizaba, según Steve, en una opinión de Roman Jakobson. Cuando lo consultaron para darle un puesto de profesor en Harvard a Vladimir Nabokov, dijo: «Señores, respeto el talento literario del señor Nabokov, ¿pero a quién se le ocurre invitar a un elefante a dictar clases de zoología?»
La estúpida y siniestra concepción de Jakobson es la expresión sincera de la conciencia de gran crítico y gran lingüista y gran profesor que supone que cualquiera está más capacitado para hablar del arte de la prosa que el mayor novelista de este siglo. La autoridad de Jakobson le permite enunciar lo que todos sus colegas piensan y no se animan a decir. Se trata de una reivindicación gremial: los escritores no deben hablar de literatura para no quitarles el trabajo a los críticos y a los profesores.
Ricardo Piglia: Prisión perpetua (1988, 2007)
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Aprovechando la ocasión del comienzo del mes...
0 Respuestas/comentarios Publicado por Esteban Cid a las 1:06Ponete esto para escuchar mientras leés:
Dolor
Alfonsina Storni
Quisiera esta tarde divina de octubre
Pasear por la orilla lejana del mar;
Que la arena de oro, y las aguas verdes,
Y los cielos puros me vieran pasar.
Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera,
Como una romana, para concordarCon las grandes olas, y las rocas muertas
Y las anchas playas que ciñen el mar.
Con el paso lento, y los ojos fríos
Y la boca muda, dejarme llevar;
Ver cómo se rompen las olas azules
Contra los granitos y no parpadear;
Ver cómo las aves rapaces se comen
Los peces pequeños y no despertar;
Pensar que pudieran las frágiles barcas
Hundirse en las aguas y no suspirar;
Ver que se adelanta, la garganta al aire,
El hombre más bello, no desear amar...
Perder la mirada, distraídamente,
Perderla y que nunca la vuelva a encontrar;
Y, figura erguida, entre cielo y playa,
Sentirme el olvido perenne del mar.
De: Ocre, 1925
(Tomada de: Poesías completas; Buenos Aires: Galerna. 1994)
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miércoles, 29 de septiembre de 2010
Breve tratado acerca de la literatura (I)
0 Respuestas/comentarios Publicado por Esteban Cid a las 22:18[...]
Si leo con placer esta frase, esta historia o esta palabra es porque han sido escritas en el placer (este placer no está en contradicción con las quejas del escritor). Pero ¿y lo contrario? ¿Escribir en el placer me asegura a mí, escritor, la existencia del placer en mi lector? De ninguna manera. Es preciso que yo busque a ese lector (que lo "rastree") sin saber dónde está. Se crea entonces un espacio de goce. No es la "persona" del otro lo que necesito, es el espacio: la posibilidad de una dialéctica del deseo, de una imprevisión del goce: que las cartas no estén echadas sino que haya juego todavía.
Me presentan un texto, ese texto me aburre, se diría que murmura. El murmullo del texto es nada más que esa espuma del lenguaje que se forma bajo el efecto de una simple necesidad de escritura. Aquí no se está en la perversión sino en la demanda. Escribiendo su texto, el escriba toma un lenguaje de bebé glotón: imperativo, automático, sin afecto, una mínima confusión de clics (esos fenómenos lácteos que el maravilloso jesuita Van Ginnieken ubicaba entre la escritura y el lenguaje): son los movimientos de una succión sin objeto, de una indiferenciada oralidad separada de aquella que produce los placeres de la gastrosofía y del lenguaje. Usted se dirige a mí para que yo lo lea, pero yo no soy para usted otra cosa que esa misma apelación; frente a sus ojos no soy el sustituto de nada, no tengo ninguna figura (apenas la de la Madre); no soy para usted ni un cuerpo, ni siquiera un objeto (cosa que me importaría muy poco en tanto no hay en mí un alma que reclama su reconocimiento), sino solamente un campo, un fondo de expansión. Finalmente se podría decii que ese texto usted lo ha escrito fuera de todo goce y en conclusión ese texto-murmullo es un texto frígido, como lo es toda demanda antes de que se forme en ella el deseo, la neurosis.
La neurosis es un mal menor: no en relación con la "salud" sino en relación con ese "imposible" del que hablaba Bataille ("La neurosis es la miedosa aprehensión de un fondo imposible", etc.): pero ese mal menor es el único que permite escribir (y leer). Se acaba por lo tanto en esta paradoja: los textos como los de Bataille –o de otros– que han sido escritos contra la neurosis, desde el seno mismo de la locura, tienen en ellos, si quieren ser leídos, ese poco de neurosis necesario para seducir a sus lectores: estos textos terribles son, después de todo, textos coquetos.
Todo escritor dirá entonces: loco no puedo, sano no querría, sólo soy siendo neurótico.
El texto que usted escribe debe probarme que me desea. Esa prueba existe: es la escritura. La escritura es esto: la ciencia de los goces del lenguaje, su kamasutra (de esta ciencia no hay más que un tratado: la escritura misma)
[...]
¿El lugar más erótico de un cuerpo no está acaso allí donde la vestimenta se abre? En la perversión (que es el régimen del placer textual) no hay "zonas erógenas" (expresión por otra parte bastante inoportuna): es la intermitencia, como bien lo ha dicho el psicoanálisis, la que es erótica: la de la piel que centellea entre dos piezas (el pantalón y el pulóver), entre dos bordes (la camisa entrebierta, el guante y la langa); es ese centelleo el que seduce, o mejor: la puesta en escena de una aparición-desaparición.
No se trata aquí del placer del strip-tease corporal o del suspenso narrativo. En uno y otro caso no hay desgarradura, no hay bordes sino un develamiento progresivo: toda la excitación se refugia en la esperanza de ver el sexo (sueño de colegial) o de conocer el fin de la historia (satisfacción novelesca). Paradójicamente (en tanto es de consumo masivo), es un placer mucho más intelectual que el otro: placer edípico (desnudar, saber, conocer el origen y el fin), si es verdad que todo relato (todo develamiento de la verdad) es una puesta en escena del Padre (ausente, oculto o hipostasiado), lo que explicaría la solidaridad de las formas narrativas, de las estructuras familiares y de las interdicciones de desnudez –reunidas todas entre nosotros– en el mito de Noé cubierto por sus hijos.
[...]
Si acepto juzgar un texto según el placer no puedo permitirme decir: éste es bueno, este otro es malo. Son imposibles entonces los premios, la crítica, pues ésta implica un punto de vista táctico, un uso social y a menudo una garantía imaginaria. No puedo dosificar, imaginar que el texto sea perfectible, dispuesto a entrar en un juego de predicados normativos: es demasiado esto, no es suficiente esto otro; el texto (ocurre lo mismo con la voz que canta) no puede arrancarme sino un juicio no adjetivo: ¡es esto! Y todavía más: ¡es esto para mí! Este para mí no es subjetivo ni existencial sino nietzscheano ("...en el fondo, ¿no es siempre la misma cuestión: qué significa esto para mí?...")
El brío del texto (sin el cual en suma no hay texto) sería su voluntad de goce: allí mismo donde excede la demanda, sobrepasa el murmullo y trata de desbordar, de forzar la liberación de los adjetivos –que son las puertas del lenguaje por donde lo ideológico y lo imaginario penetran en grandes oleadas–.
Texto de placer: el que contenta, colma, da euforia; proviene de la cultura, no rompe con ella y está ligado a una práctica confortable de la lectura. Texto de goce: el que pone en estado de pérdida, desacomoda (tal vez incluso hasta una forma de aburrimiento), hace vacilar los fundamentos históricos, culturales, psicológicos del lector, la congruencia de sus gustos, de sus valores y de sus recuerdos, pone en crisis su relación con el lenguaje.
Aquel que mantiene los dos textos en su campo y en su mano las riendas del placer y del goce es un sujeto anacrónico, pues participa al mismo tiempo y contradictoriamente en el hedonismo profundo de toda cultura (que penetra en él apaciblemente bajo la forma de un arte de vivir del que forman parte los libros antiguos) y en la destrucción de esa cultura: goza simultáneamente de la consistencia de su yo (es su placer) y de la búsqueda de su pérdida (es su goce). Es un sujeto dos veces escindido, dos veces perverso.
[...]
El placer del texto es ese momento en que mi cuerpo comienza a seguir sus propias ideas, pues mi cuerpo no tiene las mismas ideas que yo.
[...]
Placer del texto, texto de placer: estas expresiones son ambiguas, porque no hay una palabra francesa para cubrir simultáneamente el placer (la satisfacción) y el goce (la desaparición). El "placer" es aquí (y sin poder prevenir) extensivo al goce tanto como le es opuesto. Por lo tanto debo acomodarme a esta ambigüedad, pues, por una parte, tengo necesidad de un "placer" general cada vez que es necesario referirme a un exceso del texto, a lo que en él excede toda función (social) y todo funcionamiento (estructural); y por otra parte, tengo necesidad de un "placer" particular, simple parte del Todo-placer, cada vez que necesito distinguir la euforia, el colmo, el confort (sentimiento de completud donde penetra libremente la cultura), del sacudimiento, del temblor, de la pérdida propios del goce. Estoy obligado a esta ambigüedad porque no puedo depurar a la palabra "placer" de los sentidos que ocasionalmente no necesito: no puedo impedir que en francés "placer" reenvíe simultáneamente a una generalidad ("principios de placer") y a una miniaturización ("Los tontos están en la tierra para nuestros pequeños placeres"). Por lo tanto estoy obligado a dejar que el enunciado de mi texto se deslice en la contradicción.
¿Será el placer un goce reducido? ¿Será el goce un placer intenso? ¿Será el placer nada más que un goce debilitado, aceptado y desviado a través de un escalonamiento de conciliaciones? ¿Será el goce un placer brutal, inmediato (sin mediación)? De la respuesta (sí o no) depende la manera en que narremos la historia de nuestra modernidad. Pues si digo que entre el placer y el goce no hay más que una diferencia de grado digo también que la historia ha sido pacificada: el texto de goce no será más que el desarrollo lógico, orgánico, histórico, del texto de placer, la vanguardia es la forma progresiva, emancipada, de la cultura pasada: el hoy sale del ayer, Robbe-Grillet está ya en Flaubert, Sollers en Rabelais, todo Nicolás de Staël en dos centímetros cuadrados de Cézanne. Pero si por el contrario creo que el placer y el goce son fuerzas paralelas que no pueden encontrarse y que entre ellas hay algo más que un combate, una incomunicación, entonces tengo que pensar que la historia, nuestra historia, no es pacífica, ni siquiera tal vez inteligente, y que el texto del goce surge en ella siempre bajo la forma de un escándalo (de una falta de equilibrio), que es siempre la traza de un corte, de una afirmación (y no de un desarrollo), y que el sujeto de esta historia (ese sujeto que soy entre otros), lejos de poder apaciguarse llevando frontalmente el gusto de obras antiguas y el sostén de obras modernas en un bello movimiento dialéctico de síntesis, es una "contradicción viviente": un sujeto dividido que goza simultáneamente, a través del texto, de la consistencia de su yo y de su caída.
Por otra parte, proveniente del psicoanálisis, tenemos un medio indirecto de fundar la oposición entre texto de placer y texto de goce: el placer es decible, el goce no lo es.
El goce es in-decible, inter-dicto. Remito a Lacan ("Lo que hay que reconocer es que el goce como tal está interdicto a quien habla, o más aún, que no puede ser dicho sino entre líneas") y a Leclaire ("el que dice, por lo que dice, se prohíbe el goce, o correlativamente, el que goza desvanece toda letra –y todo dicho posible– en lo absoluto de la anulación que celebra").
[...]
El texto es un objeto fetiche y ese fetiche me desea. El texto me elige mediante toda una disposición de pantallas invisibles, de seleccionadas sutilezas: el vocabulario, las referencias, la legibilidad, etc.; y perdido en medio del texto (no por detrás como un deus ex-machina) está siempre el otro, el autor.
Como institución el autor está muerto: su persona civil, pasional, biográfica, ha desaparecido; desposeída, ya no ejerce sobre su obra la formidable paternidad cuyo relato se encargaban de establecer y renovar tanto la historia literaria como la enseñanza y la opinión. Pero en el texto, de una cierta manera, yo deseo al autor: tengo necesidad de su figura (que no es ni su representación ni su proyección), tanto como él tiene necesidad de la mía (salvo si sólo "murmura")
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domingo, 26 de septiembre de 2010
[...] ¿Tú piensas que me creo héroe? Algo así, tal vez no como O'Higgins o Prat, pero sí como el Che Guevara. ¿Y tú conoces quién fue el Che Guevara? Un bombonazo de hombre, una maravilla de hombre con esos ojos, con esa barba, con esa sonrisa. ¿Y qué más? ¿Y te parece poco? ¿Y no te interesa saber cuál era su sueño de mundo? ¿Qué pensaba? ¿Por qué le entregó su vida a la causa de los pobres? Sería tan romántico y valiente como tú? Me halaga usted, princesa, se sonrojó Carlos, pero yo estoy muy lejos de esa enorme figura. Ni tanto, tú eres regio y sólo te falta la barba. ¿Por qué no te dejas barba, Carlitos? ¿Por qué crees tú? Te cacharían altiro y morirías como el Che? ¿Y usted derramaría alguna lágrima por mí, princesa? Una sola, nada más que una, pequeñita, pequeñita, como una perla amarga que se quedó sin mar. ¿Nunca has pensado escribir?, tú hablas en poesía. ¿Lo sabes? A casi todas las locas enamoradas les florece la voz, pero de ahí a ser escritora, hay un abismo, porque yo apenas llegué a tercera preparatoria, nunca he leído libros, y ni conozco la universidad. En todo caso, me gustaría haber sido cantante, haber escrito canciones y cantarlas, que es lo mismo que ser escritor. ¿No cree usted, señor cochero? Puede ser, princesa, que su canto sea poesía pura, como los pájaros que tampoco han ido a la universidad. Los maricones pobres nunca van a la universidad, lindo. [...]
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