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sábado, 12 de febrero de 2011

Disputas en la lengua

Decir el poder y poder decir • Apuntes acerca del uso de la lengua • Hacia una ética del discurso de las minorías


La visión generalizada (y, por ello mismo, ingenua, naturalizada) que tenemos acerca de la lengua —el idioma— es que ésta es un vehículo de comunicación, más o menos sencillo y simple, por ser un instrumento de uso cotidiano y casi automático; también, se la suele considerar la materia con la cual se forma el pensamiento (o que ES el pensamiento, a secas) Muchas veces, incluso, ambas características se involucran, y así es común escuchar, por ejemplo, que un adolescente de cultura rocha (un "pibe chorro") se expresa pobremente, y que esto se debe a ciertas carencias en sus estructuras de pensamiento. Ambas concepciones fueron planteadas sistemáticamente por primera vez en la filosofía griega, hace más de dos mil años, pero desde el segundo cuarto del siglo XX han sido fuertemente cuestionadas con argumentos que resultan irrebatibles¹. Las consecuencias de este modo de entender el lenguaje se hacen presentes incluso hoy por hoy, y esto abarca no solo aspectos de tipo sociolectal (es decir, variedades de lengua fundadas en variables sociales, como el anterior ejemplo del adolescente), sino también dialectal (variedades lingüísticas en correlación con cuestiones geográficas, como cuando se escucha a alguien decir que propinará "un sopapo por su cara", una influencia del sustrato guaraní en las características del español del Paraguay y de nuestra Mesopotamia) y hasta de registro (paradigmáticamente, ciertos usos de la escritura, como por ejemplo los mensajes de texto, donde se debe privilegiar la abreviación de palabras y la supresión de caracteres para un menor costo en el envío)

La naturalización de esta concepción de la lengua como instrumento de comunicación y de pensamiento orienta nuestra interpretación cotidiana de las interacciones discursivas y, por esto, de nuestra evaluación de quién es el que habla/escribe y quién el que escucha/lee: quiénes somos, en definitiva. Y no sólo en la dimensión más superficial: quiénes somos socialmente; quiénes somos para los otros y quiénes son los otros para nosotros; desde qué lugar (simbólico) participo o participan, etc. La lengua, aun aceptando que está involucrada en la comunicación y en el pensamiento, es otra cosa: en última instancia, el medio privilegiado que utiliza la humanidad, cualquier sociedad, para establecer, transmitir, conservar o combatir las relaciones de poder en su cultura².

En definitiva, estamos expuestos a nuestra visión del mundo, y esa visión se expresa en y por el lenguaje. Los parámetros con los cuales evaluamos el mundo de la vida constituyen la ideología, y la lengua es su usina: todo, en la lengua, expresa, construye, revierte, ideología; ni siquiera LA ideología, puesto que estamos cruzados por diversos sistemas de creencias a los que podríamos llamar, con Foucault, formaciones ideológicas³. Como ya afirmara V. Voloshinov (presumible seudónimo de M. Bajtin) en 1929, la lengua está conformada por signos ideológicos, es decir que más allá de su significado de diccionario, las palabras, las frases, las oraciones, vehiculizan el sistema de creencias desde el cual han sido producidas.

* * *

Es un hecho obvio que los sujetos establecemos de qué modo queremos ser nombrados: el padre de un niño, por ejemplo, corrige a su hijito cuando este lo llama por su nombre, en vez de decirle "papá". Esto es porque hemos incorporado la potencia que tiene la enunciación del lenguaje como constitutivo de la subjetividad y, con ello, la productividad que tiene en la instalación de determinadas relaciones (ideológicas) de poder. En este sentido, es explicable por qué le cuesta tanto a un adolescente, por ejemplo, asumirse como gay: esa asunción implica nombrarse, enunciarse, colocarse en determinadas relaciones sociales (y por esto, ideológicas), desde las cuales, a partir de entonces, ese adolescente hablará y escuchará, pero también se le hablará y se le escuchará.

Si el acto de nombrarme y de ser nombrado es constitutivo de mi yo, este será uno de los espacios privilegiados para la disputa (simbólica) del poder: estaremos los que tenemos derecho a nombrarnos y ser nombrados y los que no, aquellos/as que serán denominados de un modo como no quieren: precisamente, para marcarles la cancha, para cristalizar la etiqueta de la otredad. Y en este dinamismo, es seguro, los que "tenemos" ese derecho no lo gozaremos en otras ocasiones, aunque eso no suela ser fácilmente entendido cuando se ha naturalizado que el otro es EL OTRO, pero nunca mi propio YO.

El caso de las personas travestis, en este sentido, es paradigmático. Tomando en cuenta que "travesti", en tanto apócope de "travestido", no tiene en su morfología marcas de género (no existe la oposición travesti/travesto, travesto/travesta, etc.), hablar de UN travesti es hacer referencia a CUALQUIER HOMBRE ("un") que se ha travestido, es decir, ha traspado las vestimentas de hombre (y atendiendo a la clasificación genérica binaria, por lo tanto se ha vestido como mujer); UNA travesti sería, por las reglas gramaticales, CUALQUIER MUJER que se ha travestido, es decir, utiliza ropas de hombre. Pero, como hemos estado desarrollando anteriormente, la lengua no realiza simples e ingenuas rotulaciones de la realidad, sino que al mismo tiempo que clasifica, inserta las evaluaciones (ideológicas, sociales) de esa realidad: en su inalienable derecho a decidir cómo nombrarse y ser nombradas, los hombres travestis que piden ser denominados LAS travestis no sólo disputan contra las reglas (y la lógica) de la gramática del español. ¿Cuántos de nosotros, no obstante, nos empeñamos en no usar el artículo "la", y decirles "LOS travestis", y hasta damos explicaciones más o menos sofisticadas para justificar esto? ¿Quiénes somos, y desde qué lugar (de poder) nos constituimos en defensores de las reglas de concordancia nominal del español, en desmedro del modo como ciertas personas optan por ser denonimadas?

Tomemos otro aspecto: el insulto. Incluso cuando se alude a la madre, o a la hermana (pertinentes también en lo que estamos tratando) la mayoría de los insultos hacen referencia o apuntan a cuestiones relacionadas con la sexualidad. Está claro que el insulto lo es porque clasifica de otro modo la realidad, una manera ofensiva y provocadora en la que se busca desajustar la (auto)percepción. Por ello, muchas veces se resignifica, y recubre espacios semánticos en los cuales atenúa el valor ofensivo, pero refuerza su función clasificatoria. Un caso notorio es el de "culo roto": no se trata de estigmatizar una modalidad de la sexualidad (la del sexo anal) que, por otra parte, es la panacea a la que todo varoncito quisiera acceder sino que, antes bien, lo que se busca es reforzar la idea de pasividad y con ella, la de minusvalor en la hombría (no se le dice "culo roto" a una mujer); paradójicamente, esta expresión (como otras, más o menos equivalentes: "Mi jefe es un culo roto" / "Mi jefe es un puto") es frecuentemente enunciada por hombres que se asumen como homosexuales pasivos, vale decir, personas atrapadas por una clasificación que, incluyéndolos, los ratifica y naturaliza en una relación de poder establecida socialmente como inferior. ¿Desde qué lugar el enunciador que, en sus prácticas sexuales cotidianas, se asume como homosexual pasivo, puede disputar o confrontar con las evaluaciones heterosexistas, cuando él mismo utiliza, para juzgar el mundo, ese sistema de categorías que lo clasifica y estigmatiza a él mismo? Algo similar sucede en la lengua de la cultura (el sociolecto) gay, al referirse a la mujer como "concha" (aludiendo a su genitalidad, no al caparazón de moluscos o crustáceos): por una operación de sinécdoque, la mujer es clasificada en su genitalidad y reducida a ella, focalizándola allí donde el hombre gay vendría a sentirse interpelado; la estrategia discursiva consiste en restarle rasgos humanos, cosificar a la mujer, reduciéndola. ¿Se refiere un gay del mismo modo a los hombres, diciendo, por ejemplo, "Entonces vino una pija y me dijo que me fuera"? ¿Es el mismo valor peyorativo y reduccionista que el que se vehiculiza cuando se los nombra como "un chongo"?

Un último caso que quisiéramos desarrollar tiene que ver con el uso de la palabra blanquear, cuyo significado de diccionario es «Poner blanco algo» y también «Ajustar a la legalidad fiscal el dinero procedente de negocios delictivos o injustificables» (D.R.A.E.) Por extensión, se suele decir que, por ejemplo, alguien ha blanqueado una relación extramatrimonial, es decir, la ha dado a conocer, le ha dado legalidad o visibilidad. En todos los casos, se parte del supuesto de que "lo blanco" es el símbolo por excelencia de la pureza (símbolo que, por su parte, es una típica construcción cultural) y por lo tanto blanquear se constituye en un verbo de naturaleza resultativa, es decir, una acción que denota el resultado de un proceso llevado a cabo por un agente, que afecta así a cierto objeto: alguien realiza una acción que da como resultado una transformación sobre algo que no necesariamente es el mismo agente. Dicho de otro modo: alguien efectúa algo que transforma lo negro (lo oscuro, lo impuro) en blanco (en puro). Así es como puede comprenderse que alguien diga de otra persona (o de sí misma) que "blanqueó que es gay": estando en un estado impuro, oscuro (gay a escondidas) ahora se ha purificado, pues ha dado a conocer su homosexualidad (ha permitido que se lo clasifique). Típica categoría (y por lo tanto, evaluación) heterosexista, ¿desde qué lugar alguien que se asume como gay puede afirmar que su condición de "gay no visible" era impura u oscura? ¿Era otro tipo de homosexualidad la que poseía antes de hacer su salida del armario? ¿Se consideraba "impuro" anteriormente, y se considera "purificado" ahora? ¿Con respecto a qué o a quiénes?

* * *

Como hemos intentado apuntar, el uso del lenguaje no es inocente, ni inocuo: no es un simple instrumento de comunicación ni de pensamiento. Comprender los mecanismos de esta lengua que nos constituye y sujeta, deconstuirlos y desautomatizarlos, es el primer paso para una verdadera política de reconocimiento. Se podría pensar que esto traería aparejado una situación de ilusoria igualdad discursiva, una especie de lenguaje políticamente correcto por el cual no se expresarían abiertamente las categorías de ver el mundo que, no obstante, seguirían estando presentes en la sociedad. Puede que así fuera, pero al menos no se las estaría reforzando en y por el discurso.

Por otra parte, como hemos afirmado, dado que el lenguaje es ese espacio de disputa de las formaciones ideológicas, ser un enunciador crítico permitiría esbozar claramente esos espacios de tensión, y al delimitarlos, confrontarlos mejor. Si la opción no es militante, es decir, no es confrontar, al menos es válido ser conciente de esos mecanismos, y desembarazarse de naturalizaciones que colocan al OTRO en el lugar donde las minorías sexuales también son colocadas: la reproducción acrítica del discurso y de sus signos ideológicos. No obstante esta actitud ética frente al discurso, es posible pensar en el uso del lenguaje como actividad humana que transforma la praxis. Con la reforma a la ley de matrimonio civil, por ejemplo, ¿qué impide —una vez despojada la institución matrimonial de su relación con lo biológico-genital— llamar "madre" o "padre", indistintamente, a cada uno de los dos varones o mujeres que conforman esa pareja, según los roles —culturales, afectivos, etc.— que cada uno de ellos asuma al interior de esa familia? César Aira, en su excelente nouvelle Cómo me hice monja, extrema esta posiblidad, insertándola en las condiciones de posiblidad de la sociedad de hace unos treinta o cuarenta años:
En el grado éramos cuarenta y dos (cuarenta y tres conmigo, pero a mí la maestra no me tomaba asistencia ni me dirigía la palabra ni me mencionaba nunca); eran cuarenta y dos en mi grado imaginario. Cuarenta y dos casos distintos. Cuarenta y dos novelas. Restar uno siquiera, para tener menos trabajo, me habría resultado inconcebible. Y era un trabajo titánico. Porque a cada dislexia, encima, le había dado una génesis familiar distinta y adecuada, en los términos algo delirantes en que yo me manejaba. Pero eso muestra una curiosa intuición en una niña de seis años. Por ejemplo, el chico que dibujaba las letras en espejo tenía un papá mujer y una mamá hombre. Lo cual, además, tenía efectos sobre su rendimiento escolar, ya porque tuviera que ayudar a su mamá a hacer la comida (su mamá era un hombre, por lo tanto no sabía cocinar), y por ello no tenía tiempo de hacer los deberes, ya porque la miseria en su hogar fuera excesiva (su papá era mujer, y fallaba en el mundo del trabajo) y entonces yo debía ocuparme de que la cooperadora lo proveyera de útiles. Y así cada uno de los otros cuarenta y uno.

Como queda claro, si las condiciones materiales de una sociedad no están dadas, de nada serviría el cambio lingüístico. Sin embargo, no menos cierto es que, de no operarse una inversión en el valor de ciertos signos ideológicos, como "matrimonio", "padre" o "madre", seguirán cristalizados y fortalecidos esos sentidos que obturan la ocurrencia de otros, más acordes a la situación social (ideológica) deseada, y con ellos, al cambio. Es curioso que este tipo de usos lingüísticos de los que hemos estado tratando aquí se den u ocurran incluso entre personas homosexuales, en sus foros de discusión, sus redes sociales, etc.: esto vendría a confirmar que la potencia del lenguaje no radica en ser un simple vehículo de comunicación o la herramienta para la expresión del pensamiento pues, si fuera así, podría ser abordado, reflexionado, e intervenido políticamente de un modo más sencillo. Y es aquí donde la ética que hemos propuesto anteriormente debería materializarse.

Pero este, lamentablemente, dista de ser el caso.



NOTAS

¹ El lingüista que mejor presentó, en la década del '60, argumentos contra la idea de la lengua como instrumento de comunicación fue E. Benveniste, en su artículo "De la subjetividad en el lenguaje", publicado en Problemas de lingüística general. Allí planteó que en tanto un instrumento es una extensión de las capacidades del hombre, la lengua no podría ser considerada de este modo, ya que constituye al hombre como tal, y no es un producto exterior a él: la subjetividad se construye como tal en y a partir del lenguaje y, de este modo, sujeto y lengua no podrían ser disociados. La concepción de la lengua como modeladora o como manifestación del pensamiento fue cuestionada a partir de la llamada hipótesis de Sapir-Whorf, por la cual estos lingüistas sostienen el punto de vista conocido como relativismo lingüístico, por el cual se postula que cada lengua refleja las condiciones de su cultura, de su forma de organizar el mundo (pero, nótese, no EL pensamiento). Sin embargo, fue la lingüística generativa impulsada por N. Chomsky, a partir de 1959, la que postuló al lenguaje como un dispositivo de base genética y universal, vale decir que no tendría relación con la conformación y desrrollo de capacidades del pensamiento.

² Pensemos, por ejemplo, qué nos ocurriría si alguien —digamos, la empleada que limpia nuestra casa—, nos dice, el primer día de trabajo en nuestro domicilio, "Che, hoy no voy a limpiar los vidrios" Paradójicamente, es probable que lo primero que pensáramos no estaría relacionado con los argumentos que fundamentan esa decisión —en última instancia, el contenido del mensaje transmitido, lo cual estaría a tono con la idea del lenguaje como vehículo de comunicación, y de expresión del pensamiento—, sino algo así como "Y esta quién se cree para estar hablándome así", "Yo soy el patrón" o cuestiones por el estilo, es decir, impugnaríamos ese enunciado no por lo que dice, sino por cómo lo dice, pues esa forma subvertida de decir las cosas del mundo estaría, voluntaria o involuntariamente, confrontando con NUESTRA idea de quién somos y de qué poder (social, simbólico) tenemos.

³ Una formación ideológica puede ser entendida como el espacio donde se producen y reproducen sistemas de creencias, valoraciones, etc., que regula la aparación (o no) de otros sistemas de valores, vale decir que es un esquema axiológico en un doble sentido: al interior de la formación, estableciendo qué es lo socialmente correcto (adecuado, aceptable) y al exterior de la formación, estableciendo qué otros sistemas ideológicos son inaceptables (inadecuados, aberrantes)

miércoles, 12 de mayo de 2010

Copio y pego un par de párrafos de algo que estoy escribiendo, y agrego otros relacionados con la coyuntura • ¡¡¡La semiótica, viejita, explica todo!!!

Supongamos el paseo de toda una familia en un zoológico. En un momento, el hermanito menor ve un animal que hace una extraña mueca y le dice a su hermana “Ah, ahí estás vos”. En ese momento, ese animal, esa cosa, es un signo, en tanto está en lugar de la hermana. Pero su carácter aleatorio, accidental, no perdurará más allá de ese momento, o más allá de ese hermano y esa hermana: es improbable que, a partir de entonces, la humanidad entera comience a interpretar a esa persona a partir de ese animal. La cosa, así, fue un elemento que permitió entender el significado de ese signo y, una vez hecho, se desprendió del signo en sí y volvió a ser cosa, como si dijéramos que “entró en la mente” sólo por la necesidad de formar parte de la interpretación del signo. Y no “entró” el animal completo: para la comparación, bastó la mueca, y no, por ejemplo, el color de su pelaje. De este modo, podemos entender que la cosa, en tanto tal, se desdobla: existe, en la realidad, y es objeto de la percepción y, al mismo tiempo, de eso que es, algo se toma para que persista en el signo, en la mente.

El mismo mecanismo está presente en todos los signos. Tomemos la palabra mesa o una nube negra: en ambos casos, las cosas son, tienen entidad física y temporal, se perciben como tales, y son independientes del sujeto que las percibe. Sin embargo, esta mesa concreta, o esta nube negra específica que está aquí, ahora, poco puede tener que ver con la que figura en la mente del lector: alcanza con el objeto prototípico que tiene almacenado entre sus conocimientos para comprender a qué se alude.

¿Puede alguien pensar en un dragón? Sí, aunque nunca lo haya percibido o experimentado en tanto tal, pues lo que percibió o experimentó fue una serie de signos (en un libro, en un relato oral) que le permitió hacerse la idea de ese animal (es decir, los rasgos básicos y suficientes) ¿Puede alguien pensar en un jitofonón? Probablemente nadie. Y no es porque la cosa no exista (tampoco existen los dragones) sino porque esa cosa no se ha desdoblado en la mente de nadie, no es “cosa” de ningún “signo” que lo incluya.

¿Existen las cosas independientemente de sus nombres? Es probable que existan, por ejemplo, galaxias y soles tan lejanos que aún no los hemos percibido y, por lo tanto, no los hemos nombrado. Son, por ahora, “jitofonones”, es decir, objetos que todavía no participan de signos. Con excepción de estos casos extremos, las cosas existen involucradas en signos. ¿Es, entonces, el signo algo “más importante” (preexistente) que la cosa? Tampoco, puesto que el signo está en lugar de la cosa, es decir que la supone. La relación nombre/cosa es dialéctica, dinámica y variable.

Si las cosas y los signos existen, en tanto tales, y al mismo tiempo involucrados de tal modo que esa relación es la que permite la intelección, la interpretación del mundo; y si esa interpretación se produce a partir de algún tipo de percepción (directa o indirecta) de la cosa y su constitución en objeto mental, tomando de aquella las cualidades básicas más relevantes (y no todas), de modo de reconfigurarse como objeto prototípico; y, finalmente, si las cosas ellas mismas pueden ser signos; ¿cuál es y en qué consiste, entonces, la relación del nombre con la cosa? ¿Es posible suponer una relación directa, mecánica, sin mediaciones, entre uno y otra? ¿Es la designación algo así como un proceso simple de bautizo de las cosas utilizando ciertos nombres? ¿Se puede bautizar toda la cosa, o se designa sólo aquello que se considera su fundamento?
= = = = =

Supongamos que una persona atea afirma "Tengo fe en que el poder de la iglesia católica desaparecerá en diez años, que ella misma desaparecerá en una década" Es evidente que, en este caso, el signo fe no involucra el mismo objeto que se encuentra en ese signo dentro de la teología. Sin embargo, en ambos casos alude, prototípicamente, a cierta actitud o sentimiento de esperanza fundada en la participación de ciertas fuerzas extra-humanas: la fe en procesos históricos, o en la racionalidad divina. Este es, en definitiva, el objeto del signo fe, que dentro del dogma asumirá otros componentes; pero esta es una cuestión de dogma, no de signos, así como el signo animal presenta más significados cuando se lo aplica a una persona concreta.

Supongamos, ahora, que cierta sociedad estableciera, jurídicamente, una distinción entre matrimonio y matrilonio según si los contrayentes fuesen ambos del mismo color de pelo o no. Esta sería considerada absurda, en tanto los signos que se intentan imponer no toman en su fundamento cualidades básicas y relevantes. Según cuáles fueran esas cualidades de la cosa, podría establecerse tal distinción, pero seguramente no sería el color de pelo.

¿Sería el amor la cualidad de un ayuntamiento entre dos personas? ¿La fidelidad? ¿La continuidad de la especie? Existen ayuntamientos que no se fundan en el amor, ni en la fidelidad ni en la continuidad de la especie. El fundamento de un signo, vale decir, ese conjunto de cualidades básicas, relevantes y suficientes que tiene la cosa para constituirse en el objeto del signo (el objeto mental) es producto, también él, de la racionalización, y no simplemente de la percepción: la decisión de cuáles son las cualidades que constituyen el fundamento de un signo son también un prototipo, un consenso, una negociación y una lucha. Retomando el ejemplo inicial, el motivo de la posible discusión entre hermanos, cuando uno relacionó la mueca del animal con la fealdad de la otra, tiene que ver, precisamente, con la determinación del fundamento del signo: bien pudiera haber sido por la belleza del pelaje, y en tal caso el fundamento al que se habría arribado hubiese sido otro. Y otra, también, su significación.

Cuál es el fundamento de la cosa matrimonio es lo que está en juego en estos días. Y, en las posturas más extremas (donde me encuentro, por ejemplo) la verdadera discusión es si existe tal fundamento. Sin embargo, y dado que se trata de una cuestión jurídica, el problema no se agota en el fundamento del signo, sino en sus efectos jurídicos: aquello que sea denominado como matrimonio accede a los beneficios y amparos que la ley establezca.

Las posturas que he leído, o escuchado, apuntaron en estas dos direcciones: cuál es el fundamento de la cosa matrimonio y qué relación debe haber entre esta cosa y (qué) nombre, teniendo en cuenta los efectos jurídicos de una u otra denominación. En cuanto al fundamento, debería entonces revisarse TODA la legislación acerca del matrimonio, reforzando o sacando, por ejemplo, la infidelidad como causal de disolución del vínculo, la monogamia, etc. En cuanto al proceso mismo de designación, queda claro que el nombre y la cosa están involucrados y, por lo tanto, uno u otro signo no es inocente en los procesos de interpretación de la cosa. No es por tener un hijo homosexual como se debe legislar, así como los diputados no deben ser tehuelches para generar una ley de protección de la cultura tehuelche.: esa es pura frusilería melodramática, cercana a los cinco minutos de fama que ofrece Tinelli. Tampoco es un gracioso don que se ofrece paternalmente, como tanto machacó el diputado Rossi. Mucho menos es por el miedo a que una vez designado matrimonio, dos mujeres o dos hombres puedan engendrar o adoptar, puesto que eso ya existe y, por lo tanto, se confirma así que es menester legislar prontamente ese efecto jurídico. Ni hablar de que nada tiene que ver el fundamento de que el matrimonio es el ayuntamiento de hombre y mujer con el fin de la continuidad de la especie, pues nadie, en su sano juicio, legislaría que está prohibido coger por placer. Finalmente, la cuestión sacramental del matrimonio se agota en el atrio de los templos (y en las partuzas delictivas de los conventos y monasterios)

Está en juego el fundamento del signo, completo y total: procreación, amor, fidelidad, monogamia. Está en juego la denominación del signo: matrimonio, unión civil, aberración jurídica. Lo que está claro es que los más elementales principios semióticos establecen que, si el fundamento es el mismo, el signo debiera ser el mismo. Y si no lo es, entonces sí, que sea matrimonio o matrilonio, a partir de un fundamento que surja de la cosa en sí, y no de prejuicios inconfesables. Pero ya no el limbo de los jitofonones.

domingo, 18 de abril de 2010

Delito, enfermedad y sacerdocio • Un padrastro que viola y se raja • Una madre iglesia que apaña, acoge y re-coge

«El que por Mí recibiere a un niño como éste, a Mí me recibe; y el que escandalizare a uno de estos pequeñuelos, que creen en Mí, más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno, y le arrojaran al fondo del mar» (Mateo, XVIII, 5-6.)

Esta semana una señora vino a la escuela a avisar que su sobrino no estaba asistiendo porque había sido violado (no abusado: violado) por su padrastro. El tipo se profugó de la cana pero, aparentemente, está apañado por su esposa (la madre del menor), quien le machaca a su hijo que se merecía eso, porque tiene el diablo adentro. Delito y creencias religiosas se mezclan, una vez más.

El actual Papa se lamenta ahora de estar lastimado, con heridas que él mismo apañó. Homologar celibato y pedofilia, y homosexualidad y pedofilia, pareciera ser el camino más corto para atacar o defenderse: los curas célibes son pedófilos (les dicen); los curas putos son buscados por menores desviados (les contestan). Todos, defensores y detractores, piensan en términos de una jerarquía donde el delito objetivo de la pederastía es un mal menor, debajo de otra cosa: encubrimiento en los hechos, y en las palabras.

Lo más parecido a la vida monacal que un laico puede conocer se ve en la película El nombre de la rosa (o en el libro homónimo de Humerto Eco) Nada parece haber cambiado desde la Edad Media en la santa madre iglesia, prostituta y prostituida como dios manda. Esa misma hipocresía (eso es hipocresía, qué duda cabe) fundamenta su rol rector de la ética y la moral del mundo y que otras instituciones retrógradas codifican. Casi diría "chúpenla" pero... tengo miedo de que mi casa se convierta en una sub-sede desaforada y bulliciosa del Episcopado -Ah, no: cierto que no tengo 10 años...

Gracias a TVR, anoche, me enteré que hay una novela, actualmente en la TV, en la que dos jugadores de fútbol se la comen, y por esto mismo son bardeados no sólo en la ficción. Anteanoche, por una de mis recurrentes crisis de insomnio, supe también que Pablito Ruiz (sí, ¡PABLITO RUIZ!) despejó (?) las dudas (?) respecto de su opción sexual, montándose (dicho sin malicia) en el coming out de Ricky Martin... ¡afirmando que se dieron alguna vez un pico! Con más gallardía, el Diegote se besuqueó con el Guillote o el Pájaro (y con menos estómago, en otros casos)

Está claro que en sociedades como la nuestra se ha mercantilizado todo, incluso los procesos mismos de mediación de esas mercancías. Los contenidos de esos procesos (y no sólo los contenidos mediados) son también, claro está, ideológicos, es decir, construyen desde cierto lugar y desde cierto juicio, una cierta parcela de realidad que, surgida en cierto medio, intenta erigirse en LA realidad: única y hegemónica. El cine, la literatura y el arte en general (pero también la tele, Facebook, etc.) siempre fueron concientes de su rol, y se constituyeron en (representantes de) las condiciones de posiblidad para hacer visibiles, mercantilizándolos, procesos sociales y culturales determinados.

En el caso del cantante que corea el livin' la vida (de) loca, los medios que tomaron esta información la enmarcaron en dos actos de habla sugiestivos: la confesión y el blanqueo. En ambos casos, al tiempo que evaluaron, SE evaluaron; pero el gran público, la "gente" no se percató del hecho: alguien "confiesa" cuando cierta relación de poder (real y simbólico) hace que esa persona esté en inferioridad en relación con el interlocutor; este, entonces cuenta con cierta investidura que le permite, de uno u otro modo, perdonar a quien confiesa. Estas reglas preparatorias (para decirlo en términos de Searle) suponen ya no al cantante y su público de Facebook (allí el acto de habla fue apenas de DECIR), sino a aquel y los medios: la reconfiguración del DECIR en CONFESAR es operada por los medios que levantan la "noticia" y se asumen como interlocutor que facilita (u obtura) la indulgencia. El "blanqueo" se orienta del mismo modo, con el añadido de que se colorea de blanco aquello que, lógicamente, no lo es (nadie blanquea lo blanco, diríamos) ¿Qué quiere decir que este muchacho, que gana fortunas con sus melosas melodías, blanqueó su situación? Pues, sencillamente, que su vida (negra, y de allí oscura, sórdida: pecaminosa) es perdonada y blanqueada en y por los medios. De nada importa que, en el camino, éstos ganen mucha guita "informando", y que -aparentemente- la decisión del atildado Ricky pareciera deberse a que cierto fotógrafo lo habría pescado a los besos con otro invertido.

En definitiva, que la actual novela de la tele muestre dos futbolistas en actitudes contranatura, o que encumbrados personajes (excluyendo de esta categoría, por obvias razones, a Pablito Ruiz) confirmen lo que todos sospechaban, o que -saliéndonos del caso específico- K-ristina dijera en un reportaje que se acopla a la "institucionalidad" y que, en consecuencia, habrá de nombrar a Mariano Grondona como Secretario de Derechos Humanos y Democracia (entre paréntesis, K-ristina tiene a su Grondona en el INADI: Morgado, quien como conductor de TVR acumuló, junto a Gianola, la mayor cantidad de humoradas homofóbicas que la tele recuerde), en definitiva nada de esto serviría, en tanto el habla es habla mediada y, como tal, reconfigurada según la convenciencia de los medios, en función de sus necesidades mercantiles. Y si no, que nos lo cuente Tadeo.

sábado, 27 de marzo de 2010

Imagine

El 24 de marzo, el golpe y el genocidio • Una escuela que es como un país, y un país que todavía no quiere aprender de su propia escuela • Estúpidas reflexiones a la hora de la siesta

Hagamos, por un instante, el siguiente ejercicio. Supongamos una escuela con veinte cursos, a razón de treinta alumnos/as por curso: seiscientos alumnos/as en total. De ellos, dos por división son catalogados de "traviesos", "quilomberos", etc.: cuarenta pibes/as en toda la escuela. Imaginemos también que estos adolescentes hacen cosas por encima de la media: rompen vidrios, insultan descaradamente a los sacrosantos docentes, tiran bombitas de agua (pero rellenas con lavandina) a sus coquetas compañeritas, etc. La situación es insostenible, y todo el mundo (docentes, auxiliares, padres, y hasta los mismos compañeros/as buenos, o sea, los que "no andan en ninguna") piden sangre. Y la dirección, el abnegado director de esa escuela, sigue apostando al diálogo, a la reflexión, a la autodisciplina (o sea, «no hace nada»)

Supongamos que en las clases de educación física de esa escuela no se practica vóley o baloncesto o fútbol, sino boxeo. Y que hay un profesor-instructor que se las trae. Un buen día, decide "tomar cartas en el asunto" y -sigilosamente, primero- agarra a uno de estos revoltosos, a solas, y le dice que o se deja de joder o lo caga a piñas. Como el pibe no se acomoda y sigue bardeando, la siguiente vez el profesor, en un lugar retirado del edificio, cumple su promesa. El alumno, maltrecho, va y le comenta a su preceptora lo que ocurrió pero ella le contesta que por algo habrá sido. Ante esto, el flaco decide no seguir ventilando la situación, que se repetirá una y otra vez con otros de sus compinches.

Como la cosa no termina de acomodarse, una mañana ese profesor decide que todo tiene su límite, y que sin él esa escuela jamás se acomodará. Entonces, llega temprano, se mete en la dirección y establece que, a partir de ese día, la escuela queda bajo su control operacional. Impone rígidas reglas cuyo cumplimiento da una opresiva sensación de orden, elogiado por padres, auxiliares, docentes y quinientos sesenta alumnos. Los otros cuarenta, muchos de los cuales ya habían sido advertidos, entienden que llegó su hora. Uno a uno comienzan a invisibilizarse pero, obviamente, no alcanza: el nuevo "director" está disupuesto a acomodar las cosas. Y por lo tanto, comienza a planear y ejecutar formas cada vez más sofisticadas de sostener ese orden: se empieza a rumorear que a uno lo dejó atado al mástil del patio todo un turno de clases, que a otro lo encerró tres horas en un baño que no era higienizado desde hacía dos meses, etc. Llegado cierto momento, los cuarenta alumnos no estuvieron más en esa escuela: nadie sabía qué les había pasado, pero todos preferían creer que, por fin, se los había echado o se les había dado el pase a otro lugar.

En esa situación ideal de reestablecimiento del orden escolar, y a medida que se va quedando sin castigados, el instructor incorpora nuevos destinatarios/as de sus acciones. Siempre fue un enfermo (sólo un enfermo podría ser instructor de boxeo) y ahora tiene rienda suelta a su perversión: al de mejores notas, por ser el de las mejores notas; a la de las trencitas más prolijas y ajustadas, por esa misma razón. En definitiva, todos y por cualquier motivo: el clima perfecto de terror para que nada pasara sin que él lo autorizara.

Las motivaciones de este funesto personaje son harto conocidas; el final de su historia, también. La pregunta de fondo es: una vez que deje la dirección, el poder, ¿qué hacer con él?

Si se decidiera que es merecedor de lo mismo que realizó, entonces nadie allí aprendió realmente nada. Si se creyera que la fuerza de cuarenta alumnos homologó la desmedida perversidad de un adulto que se auto-invistió la responsabilidad de estar a cargo de la escuela, se simplificarían demasiado las cosas: se termina en el armisticio, o pidiendo perdón inter pares, como si nada hubiera pasado. Si se lo condecorara por los servicios prestados, se estaría comprobando que ese colectivo (o colectivos superpuestos y en tensión) al que denominamos "comunidad escolar", sencillamente, enfermó junto con el profesor de educación física.

El único, verdadero, genuino camino es el de la memoria, la verdad y la justicia. Le pese a quien le pese y chille quien chille. Juicio y castigo en cárceles comunes para los genocidas y sus cómplices no es un eslogan, ni es revanchismo. Urgen la unificación de causas y la aceleración de procesos, dando por probado el plan sistemático de exterminio de personas, para que no sea esa supuesta y bucólica "justicia divina" la que se encargue de ellos.

domingo, 21 de marzo de 2010

División de poderes: ejecución, legislación y judicatura • El mito de la imparcialidad y del bien común • Cuando se borra con la mano lo que se pregona con el culo

Esta semana el padre de la jueza Sarmiento fue detenido por orden judicial. La magistrada, que falló con inusitada celeridad en contra del decreto de "necesidad" (?) y "urgencia"(?) (por el cual se habilitaba el uso de reservas del Banco Central para el pago de deuda), salió a decir que el Gobierno manipula y presiona a la justicia. Como en las tragedias griegas, los corifeos masmediáticos reprodujeron su cantilena. Que la manipula, no sería tan evidente, habida cuenta de la sentencia de, precisamente, esta señora; que la presiona, es otorgarle un poder visionario (de que carece) al gobierno, en tanto es una causa que comenzó en 2006.

Cosa curiosa, nuestros magistrados y lo que pasa con la justicia. Un juez nacional de primera instancia con competencia en ciertos temas, anula en su fallo la sentencia de un juez de otra jurisdicción y otra competencia. Se dictan sentencias, se resuelven apelaciones, en tiempo récord. Y hasta el vicepresidente, que lo es en tanto Poder Ejecutivo al que pertenece (mal que le pese) apela la decisión que un juez tomó a favor de ese mismo gobierno que integra. Tanto despelote armaron que, creyendo que los beneficiaría, el río revuelto terminó paralizándolos, mientras sus jerarcas los miran azorados y le preguntan a la Corte Suprema: ¿y vos, chabón, de qué lado estás?.

Mientras tanto, los jueces siguen tomando decisiones que, de uno u otro modo, implican cosas bien concretas. Decisiones acerca de legislación que debería producir el Poder Legislativo, ese potrero donde algunos quieren demostrar que el 28 de junio la lupa determinó que la tienen más grande. Hace un tiempo escuché a Sarlo en la tele; advirtía -horrorizada- que este gobierno, así como fue por la libertad de expresión (son palabras mías: no recuerdo las exactas), iría ahora por una ley de "matrimonio gay", para captar y cooptar al electorado progre. La ex académica acertó ese ProDe. ¿Será la nueva batalla K de 2010? ¿Importa más (o menos) esa ley que la de Entidades Financieras, por ejemplo? ¿Es válido plantear la equivalencia -legislativa, política, económica, cultural- de ambas iniciativas?

Hace un tiempo en este blog se escribió al respecto. Muchos amigos/as (no necesariamente putos, claro está) no estuvieron de acuerdo conmigo. Sin embargo, la noticia de hoy parece darme la razón: la gente no convive ni se casa, y hasta rompe su relación vía Facebook (¡qué monada, gordi!). Una consigna es inexcusable: todos/as con los mismos derechos, para después cada uno decidir qué hace con ellos. Por las dudas, el inefable Gerente General de Buenos Aires, quien se solaza en el espectáculo farandulesco, está por producir un chiste fenomenal, a tono con la coyuntura: convertirá a la clásica avenida rosa en vuelta y vuelta... Perdón, doble mano.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Una jueza de la Ciudad de Buenos Aires volvió a autorizar el casamiento entre dos personas del mismo sexo • Bergoglio reclama a Mauri que sea garante de la legalidad • Putos, derecha e Iglesia: ¿y acá de qué acusamos a los K?


Ayer, una jueza autorizó el casamiento (no la "unión civil": el casamiento, es decir, eso que implica libretita, hijos y herencia) a dos hombres. Increíblemente, todavía hay gente que quiere casarse. Y encima, gays. Obviamente, la santa madre iglesia (católica apostólica y romana) puso el grito en el cielo y, enarbolando sus sotanas según la moda otoño-invierno 2010, salió a pedir que el señor Gerente General de Buenos Aires S. A. garantizara la legalidad.

En cualquier teoría sobre el discurso argumentativo, se distinge entre argumento y falacia; así, mientras se considera que el primero es un enunciado de forma válida, que deviene en conclusiones válidas, el segundo "asume" la apariencia de un argumento aunque, bien mirado, su forma y/o sus conclusiones no lo son. Un caso típico es la falacia de afirmación del consecuente por la cual, por ejemplo, se sostiene algo así como que (1) Los Kirchner aborrecen la institucionalidad [causa-consecuencia]; (2) Pepe Mujica invita a los empresarios argentinos a fugar capitales al Uruguay [aplicación de la consecuencia anterior a un nuevo caso]; (3) Pepe Mujica es kirchnerista [conclusión falaz]. Otra típica falacia es la denominada ad hominem, o contra la persona: Este gobierno está lleno de montoneros, enunciado que, aunque bien podría ser válido, no dice nada respecto de por qué tal o cual medida, acción, etc., lo es (o no). Esta falacia puede, por extensión, aplicarse a toda una institución: Los obispos en la época de la dictadura apoyaron a los genocidas, por lo tanto la iglesia es una mierda.

Lo interesante de las falacias es que, desde un punto de vista comunicativo (no desde la lógica de una argumentación científica) suelen ser muy eficaces y, por lo tanto, válidas en términos de convencimiento de un determinado auditorio. Sin embargo, la sacrosanta madre aborrece de estos pragmatismos, y se inscribe en una especie de retórica aristotélica en la cual la verdad es la verdad. Por este motivo, y aunque eficaces en términos argumentativos e históricos, no se van a considerar acá contrargumentos del tipo "¿De qué legalidad hablan los que confesaron a los genocidas?" o similares (es imposible no pensar en la caritativa cristiandad del santo patrono Quarrachino y su reversión de la aeroisla del menemato). Intentemos deconstruir el argumento del atildado Bergoglio en sus propios términos.

El Monse dijo que «Dado que el Poder Ejecutivo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires es el garante de la legalidad en la ciudad, el Sr. Jefe de Gobierno, a través del Ministerio Público, tiene la obligación de apelar el fallo» Suponiendo (no hay razón para pensar en contrario), que se refiere a la legalidad secular, y no religiosa (o sea, que el purpurino cardenal no está pensando en Mauri como especialista en derecho canónico, ni como abogado del diablo, por supus), el propio Monse está diciendo:
(1) La iglesia no tiene jurisprudencia ni alcance en las leyes del Estado;
(2) La cuestión excede los preceptos del derecho canónico;
(3) La iglesia y el Estado son dos órdenes distintos, cada uno con sus poderes y autoridades naturales;
(4) La actual configuración legistlativo-jurídica constituye la "legalidad" que los Estados deben garantizar.

De lo anterior se desprende, entonces:
(1) Que la iglesia no es un particular interesado ni damnificado (sí, en última instancia, el Estado);
(2) Que la iglesia bien puede aplicar (y lo aplica, a los laicos -otra cosa es a los propios sacerdotes, y si no miremos a Grassi y a Storni-) cuanta sanción cupiera en el derecho canónico a sus feligreses antinatura;
(3) Que los poderes del Estado son, por pleno derecho, los que legislan, ejecutan y tutelan las leyes; por ejemplo, la ley de divorcio;
(4) Que, en definitiva, Mauri -en este caso- tiene que garantizar que siga habiendo divorcios en la Capital, pues esta es su "legalidad" actual.

La conclusión anterior (4) es contradictoria con los mismos preceptos que la iglesia tiene en su particularísimo ordenamiento jurídico, y con su praxis cotidiana: los divorciados no pueden volver a casarse, comulgar, etc. Increíblemente, el mismo Monse que reclama garantizar la legalidad es, entonces (y una vez más, diríamos) el primer gran socio de la ilegalidad: como en viejas épocas, bendice a los que no cumplen con la ley que, en nombre de dios, piden se defienda.

¿Curioso, no?

jueves, 4 de febrero de 2010

Las agrupaciones en Internet: comunidades y redes sociales • El mundo del Fotolog y de Facebook: sus posibilidades y riesgos • ¿Qué hace y puede un cibermiembro social?


La idea de aldea global, de cibermundo, fue una atractiva parafernalia con la que, a partir de la década del '80 del siglo pasado, la postmodernidad plasmó su idea de ampliación de las fronteras, y de ciudadanía del mundo: el capitalismo global encontró en el desarrollo de las nuevas tecnologías de la comunicación el anzuelo por el cual esa entelequia denominada el hombre común se sintió compelido a participar, sin saber bien en qué (y a no participar en otras cuestiones, claro está).

Las primeras agrupaciones de usuarios de internet fueron comunidades. Este término, más antropológico que sociológico, remite etimológicamente a otras palabras, emparentadas con ella: comunicación y comunión (en el sentido de consustanciación, no en su acepción religiosa). Esas comunidades eran claramente definidas a partir de objetivos, intereses y necesidades comunes: científicas y de seguridad, primero (allí nació la "protointernet"); diversas, luego (usuarios de tal o cual programa o juego, fanáticos de tal o cual grupo musical, grupos GGLTB, skin heads, hackers, o lo que fuera) Aunque no se conocieran personalmente, cara a cara, ni tuvieran contacto directo (el concepto mismo de 'comunidad' no requiere de esto, pues entonces no podríamos hablar de los artesanos europeos del siglo XV, por ejemplo), la decimonónica idea de intercambio epistolar, de contacto, se trasladó rápidamente al correo electrónico, a los foros de opinión, a los primeros chats: bastaría con sentirse parte de un determinado colectivo de identificación (eventualmente, suscribirse a él, ratificándose) para formar parte. Tarde o temprano, un congreso, una mesa redonda, un simposio, una salida nocturna, una reunión o una jornada leather terminaría permitiendo identificar nick con rostro.

A estas comunidades de usuarios siguieron, ya en el siglo XXI, las redes sociales, en el marco de lo que se conoce como Internet 2.0, vale decir, básicamente, protocolos de acceso y códigos de programación más flexibles, abiertos. El antiguo concepto de comunidad, más cerrado, más imaginario (y paradójicamente, también, más palpable) cedió paso a una red social. Y el cambio de nombre, por supuesto, no habrá de ser inocente.

¿Qué es una red social? Fundamentalmente, una plataforma programada para que se suscriban e interactúen usuarios de todo el mundo. Si la 'comunidad' suponía intereses, objetivos y necesidades comunes, un vínculo de comunicación determinado por ciertos propósitos, la 'red social' exaspera esto al punto de disolverlo: quien se suscribe, por ejemplo, a Fotolog lo hace, sencillamente, para interactuar con gente de la que desconoce absolutamente todo. El éxito de esta plataforma, por caso, se basó en la posibilidad de colocar en una amplia vidriera, global, fotos diversas de cada uno de los usuarios/as, a la espera de comentarios, también variopintos y eclécticos. Cada foto es subida con un epígrafe, que suele ser del tipo "Nah, me sak esta foto después de bañarm Firmen lindo ¬¬" Los comentarios orillan el mismo tenor. Además, los usuarios pueden intercambiar sus direcciones de correo electrónico para agregarse a algún programa de mensajería instantánea (básicamente, el MSN de Hotmail), y pueden declararse "favoritos" entre sí (el conocido "efeame y te efeo", es decir, el hecho de agregarse a "F"avoritos -de ahí lo de la "efe", y lo de la "efe reversa"-) Y no hay nada más por hacer en esa "red social". A Fotolog le siguió Facebook que, si bien implica una plataforma con mayor cantidad de herramientas, se basa fundamentalmente en los mismos mecanismos.

¿Qué permite Facebook? Por un lado, integra los contactos de correo electrónico y permite agregarlos al perfil del usuario; por otro, facilita búsquedas de usuarios por nombre y apellido u otro tipo de rangos, tales como dónde cursó estudios. A esta tecnología de conformación de la red, le siguen: la posiblidad de subir fotos y videos; insertarlos desde otros perfiles o sitios, tales como Youtube; escribir notas; comentar todo esto tanto en el propio perfil como en el de otros/as; y anotar qué estás pensando, vale decir, una suerte de mensaje breve, que no tiene posibilidades de edición del texto (negritas, cursivas, etc.) en las que cada uno/a puede poner cosas del estilo "Hoy me duele un juanete" y que todos/as compartan (comenten) tal dolor.

La red social que plantea, entonces, una plataforma como Facebook estaría claramente delimitada y configurada por la ausencia de intereses, gustos, etc. explícitos (es frecuente que alguien agregue a alguien porque sí, para ver qué onda, lo cual depara sorpresas de todo tipo) entre los usuarios interconectados, que son denominados amigos por el programa: la utopía de Roberto Carlos. Por otra parte, en esta utopía del todos/as-amigos/as-de-todos/as, las posibilidades materiales de cada usuario son relativamente escasas: fisgonear a los demás, eventualmente comentar lo que los otros hacen, y nombrarse o comentarse a sí mismo/as. La instantaneidad con que esto se produce hace imposible, por ejemplo, que una persona pueda leer todos los estados ("qué estás pensando") diarios de sus, por caso, 300 "amigos", o que pueda comentar todas las fotos, videos, enlaces, etc., que han subido, o atender siquiera a las demás acciones en su "red social".

La sociedad configurada por estas plataformas, así, carece de todos los atributos de cualquier sociedad: en Facebook no está reflejados ni el conflicto, ni la lucha de intereses y clases; tampoco hay posibilidad de cambio (no tiene código abierto como sí por ejemplo, la plataforma Blogger, que permite a cada usuario entrometerse en el código de programación de su blog y modificarlo a su antojo; ni siquiera tiene opciones predeterminadas para la configuración del diseño de su perfil): Facebook es una "comunidad de iguales" dirigida, administrada y construida por administradores que tienen todo el poder, y son invisibles a los usuarios quienes, como toda alternativa de mando, sólo tienen la posiblidad de "desconectar" a los usuarios/as que los han "ciberdefraudado", vale decir, eliminarte (simbólica y materialmente) de mi red social, de mi cibermundo. Por otra parte, salvo por el hecho del parloteo, no ofrece verdaderas herramientas de interacción social (tiene un protocolo rudimentario de chat uno-a-uno, y juegos -un ámbito de socialización por excelencia- que en realidad son un cúmulo de individualidades interactuando con el juego en sí, y no entre ellas)

Estos atributos y acciones que propician "socialmente" plataformas como Facebook, (y otras que, si bien similares, implican una laxitud en requisitos y prohibiciones) se correlacionan, así, con las acciones posibles que cada "miembro social" de una red tiene: como ya se dijo, puede pavonearse de poseer miles de amigos y comentarios pero, por ejemplo, no puede construir, reconstruir, confrontar o destruir las normas establecidas (puede rotular con un "Me gusta" o "No me gusta" determinada actividad de otro usuario/a, pero no puede cambiar ese mensaje a "Me parece detestable" o a "Te amo con toda mi alma") Esto, obviamente, naturaliza cierto tipo de relaciones sociales y, en tanto tal, contribuye fuertemente a una lógica del statu quo dentro del dolce far niente. Suponer una causalidad mecanicista y postular que esto hará (de aquí a diez o veinte años) una especie de sociedad (real) de autómatas es falaz; tanto como sostener que estos nuevos modos de vinculación (ciber)social son ingenuos e inocuos. El acercamiento y el uso críticos de estas plataformas y tecnologías son imprescindibles pero, claro está, habrá que desarrollarlos fuera de estas "redes sociales" que, casualmente, tampoco ofrecen herramientas al respecto.

domingo, 15 de noviembre de 2009

En la etapa actual de esta, la vida que voy desarrollándome, descreo del matrimonio y de cualquier otra forma de unión conyugal más o menos permanente entre dos personas. "Descreo" significaría: me da miedo, abandoné el intento, ya lo viví, fui feliz, ahora voy por otras cosas. Amado Nervo lo resumió de modo exquisito, graficando magistralmente, de paso, la distinción entre los significados gramaticales del perfecto simple y del perfecto compuesto, y de la voz activa y la voz pasiva:
«Amé, fui amado, el sol acarició mi faz
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!»

Si dependiera de mí, sacaría una ley que impidiera —prohibiera— el matrimonio y cualquier otro intento de unión entre dos personas, por vano y destinado al fracaso. Sería una ley que iría en contra de los mismos fundamentos de una ley, en tanto nacería de una visión personalísima y, por lo tanto, intransferible. Se me dirá que estoy equivocado, que la vida es bella, que los pajaritos cantan y la vieja se levanta, y nada de ello me sacaría de la certeza en que hoy —y sólo por hoy, y más que nunca, hoy por hoy— estoy parado. Más valiera que los esfuerzos se pusieran en intentar convencer a aquellos/as que decidieron no casarse, vivir en concubinato, etc., es decir, a aquellos/as que creen en la pareja por sobre la institución. Lo mío es más pesimista, y por lo tanto, deviene de otros órdenes y otras lógicas.

Que el matrimonio es deudor del carácter gregario de la especie es indudable. Que el matrimonio nada tiene que ver con el sagrado fin de la procreación lo demuestra el hecho de que sólo la especie humana —y alguna que otra especie, como pareciera ser el caso de los pingüinos, entre los cuales, casualmente, también se verifica la homosexualidad— se casa (es decir, reconoce y tutela material y simbólicamente la unión monógama de dos personas). Que es una institución burguesa y moderna también es irrefutable, aunque la iglesia católica —una vez más— haya decidido hace algunos siglos en algún concilio que la institución del matrimonio —por lo tanto, social e históricamente construida— se imbuyera de la eternidad y de la trascendencia con que barniza y abroquela aquellas parcelas que le permiten conservar su inmenso poder.

Así como el actual Código Civil no busca torcer mi parecer, sino que me ofrece la (única) posibilidad de —y de hecho, me clasifica como soltero—, los formularios, papeles, rótulos que cotidianamente la sociedad obliga rellenar, se obstinan en nombrar el orden de las cosas: soltero, casado, cónyuge en aparente matrimonio, separado, divorciado, viudo. En ninguno de esos casilleros podría marcar, yo, mi situación: el Código y, con él, el Estado, me impone la horma en donde no calzo. Tampoco dice infiel compulsivo, swingger, cornudo/a consciente u otro tipo de simpáticas situaciones. Mucho menos dice heterosexual confirmado, heterosexual amplio, bisexual fiestero, homosexual con dudas, decididamente torta/puto, wacho/a virgo, zoofílico/a ni nada por el estilo. En conclusión, dada la heterogeneidad y la hipocresía actuales, probablemente quienes pudieran "marcar con una cruz" y con fervoroso acuerdo, la opción "casado/a-heterosexual-con
firmado/a-que-nunca-se-mandó-ninguna" sean tan pocos/as que hasta avergonzarían a las minorías que —se dice hoy por hoy— avergüenzan la moral. Obviamente, sólo mi vieja es la que puede señalar esas casillas, más las madres de la gente que quiero, más las que son madres, en ese subconjunto de gente que quiero. Es decir: sólo acceden a esa categoría desde una construcción subjetiva, arbitraria, tendenciosa, injusta y desigual: los/las que se me cantan. Igual que pasa, hoy por hoy, con las leyes vigentes.

Que un colectivo social propugne por mantener su espacio de poder y los fundamentos morales que tan trabajosamente construyó a lo largo de los siglos para sostenerse y conservar(se) es —diríamos— "lógico". ¿Por qué no es "lógico" que otro colectivo social luche por emerger, expandir y luego, quizás, conservadurizar su propio espacio de poder? No es una cuestión de cantidades de personas, y eso queda demostrado cuando —esclava de sus palabras— la derecha reaccionaria y minoritaria exige, en lo político, que se la reconozca y tome en cuenta. No es una cuestión de moral, habida cuenta de las dobles, triples, infinitas y múltiples morales simultáneas, presentes incluso entre los bienamados pastores de cualquier credo (Se me dirá que también hay personas de santa vida pero éstas, siempre —de nuevo lo mismo—, son minoría, y tanto pueden ser católicos como musulmanes como ateos) No es una cuestión de crianza, puesto que padres casados tienen hijos/as que no se casan. No es una cuestión genética, puesto que padres heterosexuales derivan en hijos/as necrofílicos. No es una cuestión legal, puesto que la existencia de un Código, como ya dije, no me compele —no me invita, no me convence— a ayuntarme, ni mucho menos, a casarme. Entonces, ¿qué cuestión es?

El matrimonio, como se afirmó antes, implica una tutela material y simbólica —material, a secas—: implica derechos, obligaciones, beneficios, limitaciones, posibilidades. Se deducen impuestos por la carga de tener esposa, se la hereda, se la presenta como primera dama. Perón tuvo que mostrar una novia con la que debió —quiso, también, quizás— casarse, pero eso no evitó que la trataran como una puta hasta el presente, incluso (Al respecto, Feinmann publicó una excelentísima contratapa hoy en Página) El sagrado sacramento del matrimonio, entonces, existe cuando se lo permite. Y cuando no, no expía culpas, ni enjuaga pecados, ni vale lo que vale imprimir la libreta de casamiento. Más allá, todavía, quedan las personas imposibilitadas: las que no pueden, aun queriendo —las que viven la monogamia pero no pueden rellenar casilleros; las que desean consagrar su amor de este modo, pero tampoco pueden marcar una X donde corresponda. Doble operación de recorte: el matrimonio separa buenos y malos, y a estos de los imposibles. El fundamento último del capitalismo burgués es la exclusión y aquí, una vez más, queda en evidencia.

¿Quieren amarse y casarse? Cuenten conmigo, quienquiera que sean. Eso sí: no busquen parches llamados "unión civil", homologación de derechos por concubinato, ni nada similar. No sirve conformarse con entrar desde el baldío al patio del fondo: derechito al dormitorio nupcial, si eso es lo que desean —y haciendo mucho quilombo, para que todos/as se enteren. Pero, que conste que avisé: ¿quieren amarse y casarse? Háganlo: tengo para mí que es fatalmente al pedo. Y ya van a ver cuando acomode el Código Civil a mi puro antojo...

miércoles, 18 de marzo de 2009

El viernes pasado amanecimos con "la jugada" (?) del Gerente General de Buenos Aires S. A. que adelantaba las elecciones porteñas • Y nos acostamos con "la jugada" (?) de Sara K-ay que adelantaba las elecciones nacionales • ¿Por qué tanto apuro y tanta coincidencia?


Hace dos minutos, la Honorable Cámara de Diputados de la Nación acaba de darle media sanción al proyecto de ley impulsado por el Poder Ejecutivo, por el cual se modifica por única y excepcional vez la legislación electoral (reformada por Néstor en 2004), y se adelanta la fecha de elecciones en 2009. Con el correr de los días, ha habido argumentos a favor y en contra de todos los tenores, débiles y malintencionados. Pero, a nuestro humilde modo de ver, todos esconden motivos más profundos, y quizás por eso más verdaderos.

El Gerente General de Buenos Aires dijo "Bueno, ahora que está bueno Buenos Aires... bueno, votemos antes, boló" Y se despachó una tardecita con la noticia de que fronteras adentro, se iba a elegir representantes el domingo 28 de junio. El cálculo, puramente electoral, se basó en despegar de la "nacionalización" de la elección (algo que, entre otros, provocaron esos tres chiflados llamados Solá, De Narváez, Macri), no tanto porque no rinda debatir el proyecto de país con los burguesitos de consorcio de la ciudad y puerto de la Santa María de los Buenos Ayres, sino porque no hay tantas figuritas re-PRO para largar a la carrera del sufragio (de hecho, para esta lid calienta sus motores la sonriente Michetti) Las palabras, como siempre, sonaron lindas (más que cuando Mauri canta Queen en inglés), y se embadurnó todo con muchos decires del tipo "los porteños necesitamos discutir nuestros propios problemas", "no queremos enfrascarnos con el gobierno nacional", etc. Si este era el caso, se tendría que haber anunciado para cuándo, cómo, etc., se largaba la elección de las comunas (pero de que la chusma husmee en los negocios, claro, ni noticias)

Hasta anteayer, diríamos, Néstor había acompañado en Catamarca a aliados dignos de su calaña, y perdió (aunque, justo es reconocerlo, no por paliza: el aparato rinde, aún). Santa Fe ya había decidido cortarse sola (lo cual implicaba un problema en el PJ santafecino, quizás uno de los más golpeados desde marzo de 2008 para acá), pero no era demasiado dificultoso, en tanto había que transar con el ex corredor y actual sojero quién iba dónde, y listo. Por otra parte, estas provincias ya habían desdoblado, en otras ocasiones, sus elecciones, es decir, era tradición su "voto aparte" y no resultaba, a marzo de 2009, ninguna novedad. El verdadero "disparador" de la decisión, entonces, fue Mauri (quien no estaba muy de acuerdo, en su bolsa de gatos, con eso de ir por separado y, oh sorpresa, al día siguiente de su decisión opinó casi en un todo conforme con el gobierno nacional, abriendo un frente con Felipe, que de eso de abrir frentes y caer parado se la sabe lunga)

Los lilitos vieron de nuevo la luz, o los cuatro jinetes del apocalipsis (que en su jerigonza oscura y mística es más o menos lo mismo) y clamaron por la institucionalidad, el respeto, la seguridad jurídica, etc. Margarita, que sigue deshojándose para ver si se alía o no con su correligionario Moreau, llegó hasta a sugerir que el adelantamiento era una especie de preparación de terreno para rajarse anticipadamente, como sucedió otras veces en nuestro país cuando se adelantaron elecciones (su actual mentor en las sombras Duhalde fue el último, luego de reprimir en el Puente Peyrredón) Es curioso el argumento de la seguridad jurídica, el respeto por las reglas de juego, la institucionalidad, y toda esa perorata que hacen nuestros republicans: siempre se trata de las suyas, las del combo clase media urbana + terratenientes campestres. Se invoca lo que luego se niega, o lo que luego se va a ningunear: si va al Congreso es porque éste es una escribanía, y si se hace por decreto es porque no hay Congreso.

De cualquier modo, el pejotismo ka-ísta no encontró forma de decir lo que no quiere explicar, y entonces argumentó con falacias ad hominem: que ustedes son los mismos que en la época de la Alianza confiscaron ahorros, que está bien cuando ustedes lo hacen y está mal cuando lo hacemos nosotros, etc. Nada nuevo, y puro chicle masticable para las muelas cariadas. En lo inmediato, el cálculo también es sencillo: una paliza, toda junta, es más resistible que varias (o una victoria pírrica, suponiendo que el aparato de nuevo se porte y que Macondo Conurbano rinda) La misma Sara K-ay lo dijo sin querer: superado el escollo electoral, afirmó en su discurso, podremos dedicarnos en la segunda parte del año a enfrentar la crisis. El problema no es cómo se termine votando, sino lo que se viene para el segundo semestre.

Así, sin que nadie lo diga, va emergiendo esto del escollo: se está viviendo la crisis más brutal del capitalismo tal como se lo conoció después de 1930. Las diez fortunas más grandes del planeta ya "perdieron" 150.000 millones de dólares desde que decidieron "pinchar" la burbuja (¿o alguien creyó en serio que se pinchó "sola"?), es decir, se está produciendo una "redistribución de la riqueza" del modo que al capitalismo más le gusta: a los golpes y cagando siempre con el agujero apuntando para abajo. Esa guita no se "evaporó" sino que está en otras manos, con lo cual la lucha es caníbal y a muerte, arrojará un nuevo orden mundial que esperan controlar, y producirá reagrupamientos de bloques y fuerzas. Allá en el norte hay un negro bueno, pintado de blanco, que da "garantías", es "previsible", constituye una "esperanza de cambio", y todo eso que a los lilitos tanto enamora, y acá tenemos una señora paqueta que anticipa las elecciones, antes de que sea bien visible que todo estalla: si votamos antes, evitamos que llegue alguien que venga, realmente, a meter palos en serio en culitos enriquecidos. El dirigente de piqueteros y desocupados Pérsico, dueño de la cadena de helados más caros de Buenos Aires, así lo expresó hoy en declaraciones radiales: si se pierden las elecciones de junio habría que tirarle por la cabeza el gobierno a Cobos, a ver qué hace. O sea, ante el descrédito, pasémosle la posta a alguien de los nuestros (que marketineramente dice que no lo es), pero definamos todo esto pronto (no sea cosa que se venga el estallido que no dominaríamos con campañas psicológicas de comisaría y bonos de trueque, como otras veces)

Superado el escollo electoral (que por eso mismo no puede resolverse en octubre, sino cuanto antes) y todos/as nosotros/as, políticos beneficiarios de la democracia liberal capitalista, reacomodemos en casa los puestitos que están en juego, podremos seguir viendo cómo seguimos hambreando por igual a todo el país. La elección en Diputados, luego de vacuos discursos de unos y otros, escondió lo fundamental y el resultado, los guarismos, sólo sirvieron para recordar que el 136 afirmativo y el 109 negativo son nada más que dos trayectos de bondis que, a la larga, tienen las mismas paradas intermedias. El 28 de junio todos tendrán el carguito asegurado, unos y otros afirmarán que ganaron, venderán placebos cual panaceas y, lo más importante: seguirá todo en familia. Luego, san Washington decidirá.

viernes, 13 de marzo de 2009

Las semanas que pasaron se consumieron en la superficie del debate acerca de la (in)seguridad • Farandulescos personajes funambulescos vertieron sus sesudas y estudiosas meditaciones • Y encima, los últimos más resonados, fueron acá a unas cuadras de casa


Un susano iba a empartuzarse con un flaco ya conocido y algún tercero convocado por este y terminó flotando muerto con su lujuria como estigma. Crímenes raciales, étnicos, xenófobos y/u homofóbicos existieron, existen y existirán, y no es frecuente que "la sociedad" se escandalice tanto. Pero claro, el puto era puto, pero era un susano. Pobre Su, mirá lo que le pasó (¿qué le pasó?) Esto, en la calle Charcas al 3700, a unas 15 o 20 cuadras de casa.

Un entrenador físico ligado a Cóppola (lo que, a priori, no permite inferir nada) llegaba a su casa en una camioneta 4 x 4 medio pelo, a la noche; fue abordado por unos tipos, se resistió, lo bajaron, salieron con el vehículo y le pasaron por arriba. Esto, en mi misma calle, a exactas tres cuadras. A los pocos días, a un narco de la peligrosísima Zona Sur lo dejaron degollado y desangrando a la vuelta del muerto anterior, acá en la tranquilísima Zona Oeste (considérese: ningún asesino/mafioso/chorro va a ser tan boludo de dejar un "paquete" en una "zona sensible", encima lejana, salvo que quiera desafiar algo, dejar algún mensaje, etc.)

El mismo sábado pasado, a la medianoche, sacando el auto de casa, creo que me salvé de pedo (y por olfato: ya me afanaron otro, de caño, entrándolo acá mismo). Si no fue suerte, al menos la paraonia interpretó una secuencia muy extraña de ese modo muy lineal. Andá a saber.

Estos casos -porque son eso: casos- y otros (el "policía bueno" de San Isidro, que ahora perdió valiosísimas acciones mediáticas; ese otro policía que balearon dentro del patrullero -¿tan boludos pueden ser los chorros? No lo creo-, etc.), permitieron durante unas semanas una inducción bastante falsable pero altamente rendidora, tanto que hasta Sara K-ay incorporó la palabra inseguridad, luego de más de un año, a sus alocuciones de café en la barricada (no faltaron las estadísticas, obvio, y hubo una que reveló que en 37 discursos, de campaña y ya en la presidencia, nunca había usado tal palabreja) Que el gran bonete lo tiene la Corte Suprema, que lo tiene el Congreso, que lo tiene Jefatura de Gabinete. Entre tanta gambeta, hasta Cacho Castaña (Pugliese, Pugliese, Pugliese, me enseñó a decir Pablo) se dijo el lujo de dar lecciones al Código Penal. Y muchísima gente (alimentada por De Narváez vía América TV, por la patronal agro-exportadora vía Clarín-Canal 13 con parada en Expogragro, y por tantos otros no menos ingenuos), salió a la calle (convocando de todos lados: no importó que se "arreara ganado" de otras zonas) en la esquina de Mosconi y San Martín, acá nomás también. Y pidió (pide) palo y a la bolsa, o mejor dicho:
• Baja de la edad de imputabilidad y leyes "más duras"
• Pena de muerte o "que se pudran en la cárcel"
• Basta de derechos humanos para los delincuentes

Las consignas son eso, eslóganes: fáciles, efectivos, sedantes. Cuando se constituyen en base ideológica explícita para la circulación de discursos, se toman por "sentido común" y -podríamos decir- cagamos: obturan el debate, cegan e imponen. Blumberg lo supo bien, y vendió sus ideas (y ya que estaba, su calificación como ingeniero) con un maquillaje marquetinero que le permitió, de paso, crear una fundación (cualquiera sabe que cualquier fundación en este país permite lavar guita más fácil que Ace limpia las manchas de las medias de Gianola) ¿Qué implica cada una de las "soluciones" que se exigen?

Primero habría que entender algo que es básico: el día que te matan a un ser querido, no vas a ir a buscar justicia sino, probablemente, venganza. Precisamente, ahí está la diferencia fundamental entre una sociedad jurídicamente organizada y una selva: que más allá del entendible dolor del que / de la que la padece, el resto de la sociedad y sus instituciones tutelen cómo y en qué marco se va a medir y juzgar el delito, algo de lo que las sociedades se dieron cuenta bien pronto, y que está ya en la Biblia, bajo la figura literaria del Rey Salomón.

• Baja de la edad de imputabilidad y leyes "más duras"
La baja de la edad de imputabilidad, a los 16, 14 ó 10 años, es un caramelo fácil de comprar: si Claro le propone a un pibe (y a sus padres) que en lugar de un cobayo se compre un teléfono celular (¿qué fundamento de "necesidad de comunicación", rige esto?), es decir, si la infancia, la pubertad y la adolescencia se ven como sujeto de consumo, antes que como sujeto de derecho, está claro que, siendo consumidor, habrá quienes funden su derecho en el consumo y quienes queden excluidos de sus derechos a partir de la exclusión del consumo. Este sujeto negado, elidido, invisibilizado, no encuentra en el ordenamiento jurídico el fundamento de su ser-sujeto. Caer con la pena de muerte a un pibe de 10 años sería lo mismo que, por ejemplo, los padres de uno/a de 14 se enteren de que su éste/a se mandó alguna macana considerable (la que sea, en la escala familiar valdría lo que en la escala social) y como única intervención le impongan no comprarse las zapatillas que quería, le prohíban ir a bailar, lo muelan a golpes, o lo que sea, es decir: la pena por sí misma y sin más. Eso, solamente, marcaría la desresponsabilidad del adulto sobre el menor, aliviaría culpas y conciencias y listo... Que se encargue el pibito, si al fin y al cabo él "sabía cabalmente", "tenía conciencia" de que quería comprarse el telefonito de Claro...

Leyes más duras, gracias al "ingeniero", tenemos, desde hace unos años. Sin embargo, con juzgados sobrecargados, cárceles suprepobladas y que no reeducan, policía que mete a chicos/as y grandes en gayola, cagándolos a palos para que no se olviden "quién manda" y asegurarse el futuro "peaje" para la taquería, y todos los etcéteras que se quiera, ¿las leyes más duras, así, solitas, como medida mágica, arreglan el problema? El paroxismo de la "ley dura" lo tuvimos en épocas de la dictadura genocida, y eso, en definitiva, es lo que se está reivindicando -con los militares estábamos mejor- o propiciando que se reivindique.

• Pena de muerte o "que se pudran en la cárcel"
La pena de muerte se aplica en países donde -dicen- está demostrado que no tienen efecto alguno, sea coercitivo, educativo o preventivo. Está explícitamente prohibida por la Constitución Nacional (que incluye pactos internacionales, entre ellos el de San José de Costa Rica). Y funtamentalmente, en un país que vivió no sólo un genocidio en los '70, sino la pena de muerte de hecho para opositiores políticos desde 1955, es una tentación demasiado peligrosa. Ojo por ojo es una sentencia fundada en la venganza y, para peor, avalada por el Estado, algo que ni entre los animales existe (¿alguien vio alguna vez a algún animal ejecutar a otro por venganza?)

La cárcel como espacio de reclusión hasta la podredumbre ya existe, si consideramos que pudrirse es corromperse y degradarse algo hasta transformarse en otra cosa. Eso, hasta hoy, no mejoró la situación, ni mucho menos. Y además, nuevamente, el escollo de la Constitución: las cárceles como "resocialización". De hecho, el desear que alguien se pudra en la cárcel es todavía más jodidamente inhumano que la pena de muerte, en tanto esta es rápida y aquella consuma la venganza durante décadas de sádico sufrimiento.

Otra cosa sería adoptar sistemas de cómputo de penas acumulables, como en España o Estados Unidos (eso de darle mil años de cárcel a un fulano que, obviamente, no es Matusalén), pero ¿para qué queremos -nosotros, la sociedad- al reo todos esos años adentro? ¿Para que se muera/mate en cárceles superpobladas (de gente y de los consiguientes conflictos), para que constantemente abuse / sea abusado sexualmente o, en el mejor de los casos, para que estando todo el tiempo al pedo pueda planear una fuga y aplicar afuera todo la nueva sabiduría que sus compañeros y el Servicio Penitenciario le enseñaron adentro? El colmo de la recalcitrante derecha lo escuché de boca de la videlista, alfonsinista, menemista, delarruísta y duhaldista Moria: ¿por qué tengo que darle de comer en la cárcel, con mis impuestos, a un asesino? Por el simple derecho de que la sociedad, hasta donde se sabe, no mata a sus integrantes "malformados" como en la antigua Esparta.

• Basta de derechos humanos para los delincuentes
Los derechos humanos son eso, derechos inalienables de cualquier ser humano. Cierta construcción muy útil y funcional ha logrado, teoría de los dos demonios mediante, constituir una especie de derechos "buenos", que están con la "gente buena", o sea, la que resistió la caída de los '70, los '80, los '90 y los '00, la que zafó de la exclusión y la injustísima y repugnante inequidad que racionalmente se plantó en este país desde 1976 (y un poco antes). Esa "gente buena" pide que el Estado deje de velar por los derechos humanos "malos", es decir, los derechos de los
estudiantes, obreros., sacerdotes, docentes, etc. (y tirabombas, es cierto) de los '70, los derechos de los que fueron quedando afuera de todo (al fin y al cabo, que se jodan por no haber estudiado, por ser vagos, o simplemente por no haber sabido acomodarse a los nuevos tiempos, comprando dólares, evadiendo, etc.) En el fondo, la "gente buena" no entiende cómo ese otro-sin-derechos no se queda quieto, amorzadado, adecentado, sin decirle no a la droga (esa que "ellos" buscan para suspender su vacio existencial, no como la "gente buena" que lo hace por diversión), recibiendo la dádiva del político de turno (limosna -que quede claro- muy mal vista, y que los confirma en su ser-cosa: ganado transportable a actos políticos, etc.): en definitiva, bueno, calladito y quieto, mientras la "gente como uno" la ve pasar y se queja porque les roban todo, todo el tiempo: una cosa es que los que sean asesinados sean "ellos", así, solitos, por desnutrición causada por nada ni nadie, por afanarse entre sí en sus ghettos -en lo posible, hasta matarse entre todos (uno menos, dijo la mierda humana y rubio-ario Feinmann)-, y otra cosa muy distinta, y que verdaderamente es la que indigna, es que "ellos" nos maten a "nosotros/as".

Nadie es responsable de nada o, mejor dicho, "ellos" son responsables de todo, de lo que les pasa y de lo que "nos" pasa o "nos" hacen. Si antes "él" y "yo" teníamos 1 y 1, y ahora "yo" tengo 2 y "él" 0, la culpa es de "él", que no se cuidó. Ahora, "yo" quiero que el Estado me cuide de "él", mientras "yo", con el fruto de mi esfuerzo, me dedico a conseguir rapiñarle a algún incauto "otro" su 1, para "yo" sumar 3, que ambiciono que prontito sean 4, etc.. Característicamente, la bonachona Susana, involucrada en fraudes varios al fisco (con el sacerdote corruptor de menores Grassi, con su ex novio y socio, etc.), no sólo no pone, sino que además pide que no le saquen: perinola completa. El monto que evadió, concedamos, es mínimo (comparado con el que amarroca acá y afuera), pero es un símbolo en el mejor sentido peirceano: el exponente de un tipo de cognición, de relación con la realidad fundada en convenciones bien establecidas. Y de un tipo de uso del micrófono, que pide justicia y derechos humanos cuando las aguas servidas llegaron a su propia medianera, pero que tomaba té de jazmines mientras a su vecino la mierda le llegaba al cuello ¿Alguna vez se juntaron Susi, Moria, Cacho "Pugliese, Pugliese, Pugliese", etc., en alguna esquina, alguna solita vez, para exigir justicia por el excluido y desposeído? ¿Hicieron algo más que un donativo esporádico que fundamentalmente dedujo ganancias? No jodamos, muchachos/as... Con el calzón / la bombacha sucia no le pueden pedir a nadie que se lave el hedor...

En fin, en esta época mac-combo, ¿te puedo agrandar tu pedido de derechos humanos por cincuenta centavos? Como ya no se sabe si uno sale vivo de su casa y vuelve ídem, y teniendo en cuenta que hoy es viernes 13 (y que según nuestra colonizado y postmoderno credo, es día de mala suerte), esta noche, por las dudas, no salgo, y me quedo viendo C5N...

jueves, 26 de febrero de 2009

Unifico aquí dos correos que me llegaron, y que alertan cuestiones para tener en cuenta respecto del uso de teléfonos celulares



1
Sabías.....???: Mensajes de texto.

Sabías que cuando respondes un mensaje de texto y la otra persona tiene otra compañía de celular estás pagando un sms más de cuatro veces más caro?
Pasa que cuando uno aprieta "RESP" desde el sms q te mandaron, estás usando el servidor (o sea la empresa) de tu remitente.

Entonces en vez de pagar 12 centavos pagás entre 52 y 58 centavos. La forma de que no te pase más esto es saber si tus contactos usan Movistar, Claro o Personal; si se corresponde con tu servidor no importa, pero si por ejemplo sos Personal y el otro Movistar pagás 52 centavos y no 12.


Lo que tenes que hacer es mandarle un MENSAJE NUEVO y NO RESPONDER DESDE EL QUE TE MANDARON. Así siempre te sale 12 centavos. Sí... sé que da toda la fiaca pero es mucha la diferencia. Es importante que esto se sepa, porque es una estafa a nivel mundial y nadie lo dice.



2
CODIGO IMEI (tremendo dato)

Cuando te roban un celular sabemos que recuperarlo es casi imposible... . los ladrones los reciclan rápidamente. La experiencia es muy desagradable, pero las compañías operadoras (Movistar, Digitel, etc.) reemplazan inmediatamente el teléfono. Sin embargo, existe algo muy interesante que deben conocer, en el caso que alguna vez les roben el celular.

Todos los celulares GSM (o sea, los que tienen chip) tienen un registro de serie único, que se llama
CODIGO IMEI. Las compañías (Movistar, Movilnet, Digitel, etc.o en cualquier parte del mundo ) no lo tienen registrado. Sólo ustedes los dueños del aparato pueden acceder al código.

Para obtenerlo marquen *# 0 6 # (asterisco-numeral- cero-seis- numeral). Nada más, NO PRESIONEN 'SEND' En la pantalla aparece el código IMEI. Apúntenlo y guárdenlo en un lugar seguro (agenda electrónica, PC, etc.).

Si les roban el celular llaman al operador y le dan este código. El celular será bloqueado completamente y aunque el ladrón cambie la tarjeta SIM o chip, no podrá encenderlo.

Probablemente no recuperen su celular; pero por lo menos tendrán la seguridad de que quien lo haya robado no podrá utilizarlo nunca.



N. del E. (siempre aclaro que no es "Nota del Editor" sino "Nota del Esteban")
Caso 1: en algunos equipos, la opción de "responder por el mismo servidor" o "responder por el servidor de entrada" está disponible para ser habilitada/ deshabilitada en las mismas configuraciones del teléfono
Caso 2: No es taaan úitl, ya que no obstante lo que informa, el robo seguiría, para repuestos y cosas así.