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martes, 30 de septiembre de 2008
Alfonsina Storni: "Tú me quieres blanca"
0 Respuestas/comentarios Publicado por Esteban Cid a las 12:51El relativamente rápido ascenso a la fama de Storni (y su correlativo rápido descenso) tiene que ver con el pulso moderno que la sociedad porteña de principios de siglo evidenciaba: una mujer que resignaba el espacio de ser-la-esposa-de y que escribe (en sus ratos libres, como pasatiempo) loas de amor a su hombre. Alfonsina es, precisamente, lo contrario de este prototipo, y esto no es sólo una afirmación biográfica: así como Sor Juana, en el México colonial, había escandalizado por hacer participar su escritura en los gozos de la vida, las poesías de Storni construyen una figura de mujer que interpela al hombre y lo ridiculiza, y al hacerlo, se reivindica como mujer. Algo así como una especie de proto-literatura feminista, sin el marco teórico que la militancia de género vendría a dar, tiempo después.
En el plano estético, la escritura storniana viró desde un modernismo más o menos sencillista (del que participaron Nalé Roxlo, Fernández Moreno, etc.) hasta una escritura más despojada, más ligada a las nuevas tendencias de las vanguardias que surgieron y se consolidaron a partir de los años '20. No obstante, la técnica de versificación, patrimonio hasta entonces de, por ejemplo, Leopoldo Lugones, en Alfonsina fluyó de un modo osado y es, aún hoy, un compendio didáctico-práctico para quien desee aprender esta preceptiva.
La poesía que sigue tiene, a nuestros ojos, el sabor de las cosas añejas. Sin embargo, en su momento, seguramente habrá batallado el sentido común y las convenciones establecidas. En el plano formal, su estructura de romancillo permite e invita la declamación (algo muy frecuente y común en la educación de las niñas porteñas); en el plano textual, remite indefectiblemente a Hombres necios que acusáis, de Sor Juana. Ideológicamente, subvierte la posición dominante del hombre, quien goza del permiso social para "haber todas las copas a mano", con la condición de que éstas sean estigmatizadas como mujeres de mala vida, es decir, mujeres dadas al goce de su propio cuerpo y del hombre. La mujer de esta poesía, sin resignar su condición de mujer, a secas, presenta como pecador, y por lo tanto como sujeto de redención, al hombre, al menos al hombre que la pretente casta, en una dialéctica del gozo (y eventualmente, la culpa) que no es responsabilidad de la mujer, como hipócritamente se afirmaba y aceptaba entonces (y quizás, a veces, todavía hoy)
Capítulo aparte merece el archivito de audio que incluyo: es una perlita de la net. Berta Singermann está considerada como la mejor declamadora argentina, y aunque quizás la primera escucha nos resulta, digamos, grandilocuente, propia del teatro de los '40, oyéndola atentamente se percibe en su voz el exacto tono irónico, desafiante y burlón que la poesía tiene.
Me quieres de espumas,
Me quieres de nácar.
Que sea azucena
sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada
Ni un rayo de luna
Filtrado me haya.
Ni una margarita
se diga mi hermana.
Tú me quieres nívea,
Tú me quieres blanca,
Tú me quieres alba.
Tú que hubiste todas
Las copas a mano,
De frutos y mieles
Los labios morados.
Tú, que en el banquete
Cubierto de pámpanos
Dejaste las carnes
Festejando a Baco.
Tú, que en los jardines
Negros del engaño
Vestido de rojo
Corriste al estrago.
Tú que el esqueleto
Conservas intacto
No sé todavía
Por cuáles milagros,
Me pretendes blanca
(Dios te lo perdone),
Me pretendes casta
(Dios te lo perdone),
¡Me pretendes alba!
Huye hacia los bosques;
Vete a la montaña;
Límpiate la boca;
Vive en las cabañas;
Toca con las manos
La tierra mojada;
Alimenta el cuerpo
Con raíz amarga;
Bebe de las rocas;
Duerme sobre escarcha;
Renueva tejidos
Con salitre y agua;
Habla con los pájaros
Y lévate al alba.
Y cuando las carnes
Te sean tornadas,
Y cuando hayas puesto
En ellas el alma
Que por las alcobas
Se quedó enredada,
Entonces, buen hombre,
Preténdeme blanca,
Preténdeme nívea,
De: El dulce daño (1916)
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lunes, 29 de septiembre de 2008
Un poco después de la hora señalada, unas cincuenta personas sentadas oyeron las palabras de la Secretaria de Cultura y Educación municipal, Dra. Hilda N. Agostino, quien destacó, entre otros conceptos, la magnitud de la iniciativa, pidió disculpas por las desprolijidades (propias de toda primera realización, afirmó), comparó los montos presupuestarios que la Ciudad de Buenos Aires destina al área y los que La Matanza realiza (según esta Secretaria, es equivalente la partida para el área de cultura porteña con todo el presupuesto, global, para todas las áreas, del municipio de La Matanza) y ensalzó la figura del intendente, d. Fernando Espinoza (quien paradójicamente no se presentó a este acto).
Acto seguido se hizo la presentación y entrega de ejemplares del libro "Matanza escribe cuentos y poemas", antología de obras seleccionadas en el marco del concurso literario "Alfonso Del Giúdice 2008", cuyos autores (y sus familias) componían, casi unánimemente, la asistencia del acto. De los premiados, tomó la palabra el sr. Juan Jesús Oviedo, quien habló "a los niños del futuro" y, ante una pregunta de la Secretaria, luego alabó la figura de Eva Duarte.
Finalmente, el Coro de la Universidad de La Matanza y un coro de Burzaco deleitaron a los asistentes, y se dio por terminado el acto.
El libro en cuestión es una edición en rústica de 64 páginas, que omite secciones típicas de su especie (página en blanco, anteportada, etc.) y, fundamentalmente, no indica el trámite de registro de la propiedad intelectual (ISBN) con lo cual, técnicamente hablando, los autores allí recogidos no quedan amparados ante la posibilidad (remota, es cierto) de plagio. Un prólogo (en el que la Dra. Agostino expresa más o menos los mismos conceptos de su presentación en el acto) introduce la compilación, que está precedida por una biografía del Dr. Del Giúdice, casi seguramente realizada por sus descendientes (ya que menciona hasta los bisnietos de este buen señor). Este médico matancero se destacó en el área de la salud, inclusó ocupó en algún momento el cargo de Secretario de Salud del Municipio, y por estos méritos parece haberle correspondido que su nombre condecorara a los escritores de La Matanza.
Precisamente, la colorida tapa de la publicación incluye en un primerísimo plano la bandera de La Matanza, cuyo sol se despliega por delante de unos anaqueles con libros entre cuyos títulos puede leerse "Técnica quirúrgica", "Complicaciones quirúrgicas en el embarazo", "Anales de Ginecotocología", etc. Al frente de la bandera, cierran la imagen un escritorio, y sobre él un tintero y un plumín, apoyado sobre un libro abierto, un par de anteojos y una pila de libros (cuyos títulos no se llegan a leer completos pero algunas palabras pueden vislumbrarse: "del conejo doméstico", "avicultura", "...rocardiología").
Es sumamente llamativo el hecho de que, si entre los objetivos de la Secretaría de Cultura de La Matanza se cuenta el de hacer visible la cultura del Partido, jerarquizando a sus escritores a partir de la publicación colectiva de sus obras (que será distribuida gratuitamente en bibliotecas del distrito), esto se enmarque a la literatura en la medicina, sea desde el patrocionio del "prócer" local, sea desde la simbología de la ilustración de la tapa. Menos llamativa es esa concepción conservadora de la literatura, que supone que el tintero y la "pluma" son los instrumentos de un escritor, inmerso hoy en las tecnologías y los procesadores de texto. Asimismo, que se ignore el hecho básico de que la producción intelectual, cultural, artística, es producción sin más, trabajo que debe tutelarse y registrarse. Si este hubiera sido un evento organizado por la Secretaría de Salud, sería entendible tal distracción, pero no fue el caso.
De cualquier modo, todo esto haría a la "cáscara" de la cuestión, siempre que las "obras literarias" seleccionadas fueran representativas de las tendencias, expresiones y valores de las producciones literarias de La Matanza. Otra vez este no es el caso, y más parece una publicación amateur de un taller antes que el resultado de un concurso: a todos textos incluidos se les nota demasiado su carácter de ejercicio, la falta de reescritura, de revisión, de reelaboración, de trabajo sobre la primera versión. Cualquier lector medianamente experto se interrogaría, quizás con razón, si esta antología es representativa de lo mejor de la escritura literaria de La Matanza.
La obra incluye siete cuentos y seis poesías. Entre los cuentos, el primero, que abre el libro, es un trillado y casi melodramático relato de las viscicitudes de un niño, cuya familia está dominada por un padre violento, que repite esas conductas en la escuela: es más una descripción sociológico-psicológica que un cuento en sentido clásico; el siguiente, titulado "El almacén", quizás el que menos tareas de corrección presenta (paradójico, teniendo en cuenta que entre los créditos se menciona los servicios -pagos, seguramente- de la correctora Analía Artola) es una reelaboración demasiado explícita de "Casa tomada", de Cortázar, centrada en las patologías (sucesivamente, se mencionan esquizofrenia, depresión, bipolaridad, etc.) del narrador; "El ojo del tobogán" es un cuento de duendes irlandeses que llevan a un niño desde la plaza de San Justo a Irlanda para presentarle el consejo de duendes y jugar con él en el tobogán, si bien su factura es "correcta" , a mi modo de ver es innecesaria la moraleja del final; "Fierrito" es un calco de los cuentos costumbristas del siglo XX (Fray Mocho, Dávalos, etc.), de esos en los cuales la anécdota, humorística, bien podría haberse constituido en un chiste, y que por esta razón se ocupa más en pintar al personaje que en narrar acciones; "La espera" es, en mi opinión, uno de los mejores (si no el mejor) relato de la colección, al menos en su intento, ya que plantea un tiempo de narración en presente (que suele ser difícil de sostener) y un punto de vista de narrador que se resuelve y comprende en el final, como en todo bien cuento (quizás es excesivo en los estereotipos melodramáticos y/o demasiado sensibleros, que apelan burdamente a los sentimientos del lector); el último cuento, que cierra el libro, es "La voz del diablo", cuyo comienzo es correcto pero luego confunde, y termina en un clásico encuentro entre un viejo y la muerte camuflada tras la máscara de una mujer bella que lo seduce.
Las poesías son aún peores. Definitivamente cursis y, en el mejor de los casos, series rimadas de palabras bajo la forma de versos. El primero de estos ejercicios se titula "El orgullo de pertenecer" y es un panegírico a La Matanza. A modo de ejemplo de lo que vendrá, transcribo la primera estrofa del "poema":
Matanza es mi orgullo
es el lugar donde empezó
mi juventud,
donde conocí a mi mujer,
donde mis hijos crié,
es el lugar donde algún día
moriré.
"El último juego" es, quizás, la única poesía que se constituye como tal y por, esta razón, se destaca entre las demás. Le sigue "La Matancera", texto que se autodescribe en su primera estrofa como una milonga surera, y que también es un panegírico a las bondades de La Matanza. El "Poema al niño matancero", del escritor Oviedo es otro panegírico a La Matanza, vía Eva Perón (parando en todas); "Todos juntos", a mi modo de ver, no cumple con los requisitos indicados en las bases del concurso, ya que no incluye mención a La Matanza, y es una especie de descripción del mundo, y de la vida, al estilo de las coplas de Jorge Manrique, con las cuales guarda semejanza hasta ciertos verso de pie quebrado presentes por allí. Cierra la serie de poesías (que están intercaladas con los cuentos), el texto que se titula "Vivir en La Matanza" y es, obviamente, otro panegírico (por suerte, el último)
Es destacable que un Municipio se decida a promover sus artistas, desinteresadamente. Sin embargo, cuando en el criterio de selección que el "jurado de notables" establece, emerge en una colección de textos que son un repertorio de frases hechas, lugares comunes y ensalzamientos políticos, y cuando el mismo evento está teñido de desorganización, tendenciosidad (la tapa cuenta con el logo político-publicitario "Matanza avanza - Intendencia Fernando Espinoza", como si hiciera falta), la ausencia de los mínimos parámetros que hubieran hecho de esto un verdadero evento cultural y el desconocimiento de las pautas básicas de un concurso literario (¿para qué publicar los textos con el seudónimo, haciendo que este se haga público y así, no se pueda volver a utilizar?), sólo cabe suponer que el objetivo estaba en otro lado y que, sin ninguna duda, hubiera sido mejor que este concurso fuera organizado por la Secretaría de Salud. O por la unidad básica de referencia de d. Fernando Espinoza.
En definitiva, "Matanza no avanza": se mantiene siempre en el mismo coto de caza, haga lo que haga.
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sábado, 27 de septiembre de 2008
El infierno está encantador esta noche
1 Respuestas/comentarios Publicado por Esteban Cid a las 11:50Mientras un ser humano puede vanagloriarse de cruzar casi flotando el Canal de La Mancha, lívido y etéreo, otro ser humano está pensando cómo atravesar ecológicamente el Averno... Paradojas del mundo de la vida, donde a la vuelta de tu casa hay tiros, líos y cosha golda, mientras en la otra esquina un aparato de TV ametralla con un cojo almuerzo glamoroso entre una híbrida estrellita pornocibernética y una ideológicamente abominable señora paqueta y pacata rococó rosada.
Y en el medio, esa loca vida loca sigue girando, y el dueño del Parnaso manda a su mejor doble de riesgo a tierras puntanas, esta misma noche: ladren lo que ladren los demás, esta noche el templo se erige en otras coordenadas...
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lunes, 22 de septiembre de 2008
( Nota de "Prosa Plebeya")
EVITA VIVE1.
Conocí a Evita en un hotel del bajo, ¡hace ya tantos años! Yo vivía, bueno, vivía, estaba con un marinero negro que me había levantado yirando por el puerto. Esa noche, recuerdo, era verano, febrero quizás, hacía mucho calor. Yo trabajaba en un bar nocturno, atendiendo la caja hasta las tres de la mañana. Pero esa noche justo me peleé, con la Lelé, ay la Lelé, una marica envidiosa que me quería sacar todos los tipos. Estábamos agarrándonos de las mechas detrás del mostrador y justo apareció el patrón: "Tres días de suspensión, por bochinchera". Qué me importaba, rapidito me volví para la pieza, abro... y me la encuentro a ella, con el negro. Claro, en el primer momento me indigné, además ya venía engranada de pelearme con la otra y casi me le tiro encima sin mirarla siquiera, pero el negro –dulcísimo– me dirigió una mirada toda sensual y me dijo algo así como: "Veníte que para vos también alcanza". Bueno, en realidad, no mentía, con el negro era yo la que abandonaba por cansancio, pero en el primer momento, qué sé yo, los celos, el hogar, la cosa que le dije: "Bueno, está bien, pero ésta ¿quién es?". El negro se mordió un labio porque vio que yo había entrado en la sofocación, y a mí, en esa época, cuando me venía una rabieta era terrible –ahora no tanto, estoy, no sé, más armoniosa–. Pero en ese tiempo era lo que podía decirse una marica mala, de temer. Ella me contestó, mirándome a los ojos (hasta ese momento tenía la cabeza metida entre las piernas del morocho y, claro, estaba en la penumbra, muy bien no la había visto): "¿Cómo? ¿No me conocés? Soy Evita". "¿Evita?"–dije, yo no lo podía creer– . "¿Evita, vos?" –y le prendí la lámpara en la cara. Y era ella nomás, inconfundible con esa piel brillosa, brillosa, y las manchitas del cáncer por abajo, que –la verdad– no le quedaban nada mal. Yo me quedé como muda, pero claro, no era cosa de aparecer como una bruta que se desconcierta ante cualquier visita inesperada. "Evita, querida" –ay, pensaba yo–"¿no querés un poco de cointreau?" (porque yo sabía que a ella le encantaban las bebidas finas). "No te molestes, querida, ahora tenemos otras cosas que hacer, ¿no te parece?" "Ay, pero esperá", le dije yo, "contame de dónde se conocen, por lo menos". "De hace mucho, preciosa, de hace mucho, casi como del África" (después Jimmy me contó que se habían conocido hacía una hora, pero son matices que no hacen a la personalidad de ella. ¡Era tan hermosa!) "¿Querés que te cuente cómo fue?" Yo ansiosa, total igual tenía el encame asegurado: "Sí, sí, ay Evita, ¿no querés un cigarrillo?", pero me quedé con las ganas para siempre de enterarme de esa mentira (o me habrá mentido el negro, nunca lo supe) porque Jimmy se pudrió de tanta charla y dijo: "Bueno, basta", le agarró la cabeza –ese rodete todo deshecho que tenía– y se la puso entre las piernas. La verdad es que no sé si me acuerdo más de ella o de él, bueno, yo soy tan puta, pero de él no voy a hablar hoy, lo único que el negro ese día estaba tan gozoso que me hizo gritar como una puerca, me llenó de chupones, en fin. Después al otro día ella se quedó a desayunar y mientras Jimmy salió a comprar facturas, ella me dijo que era muy feliz, y si no quería acompañarla al Cielo, que estaba lleno de negros y rubios y muchachos así. Yo mucho no se lo creí, porque si fuera cierto, para qué iba a venir a buscarlos nada menos que a la calle Reconquista, no les parece... pero no le dije nada, para qué; le dije que no, que por el momento estaba bien, así, con Jimmy (hoy hubiera dicho "agotar la experienc ia", pero en esa época no se usaba), y que, cualquier cosa, me llamara por teléfono, porque con los marineros, viste, nunca se sabe. Con los generales tampoco, me acuerdo que dijo ella, y estaba un poco triste. Después tomamos la leche y se fue. De recuerdo me dejó un pañuelito, que guardé algunos años: estaba bordado en hilo de oro, pero después alguien, no supe nunca quién, se lo llevó (han pasado tantos, tantos). El pañuelito decía Evita y tenía dibujado un barco. ¿El recuerdo más vivo? Bueno, ella, tenía las uñas largas muy pintadas de verde –que en ese tiempo era un color muy raro para uñas– y se las cortó, se las cortó para que el pedazo inmenso que tenía el marinero me entrara más y más, y ella entretanto le mordía las tetillas y gozaba, así de esa manera era como más gozaba.
2.
Estábamos en la casa donde nos juntábamos para quemar, y el tipo que traía la droga ese día se apareció con una mujer de unos 38 años, rubia, un poco con aires de estar muy reventada, recargada de maquillaje, con rodete... Yo le veía cara conocida y supongo que los otros también, pero era un poco bobo, andaba con Jaime que se estaba picando con Instilasa y yo le tenía la goma, se lo comenté en voz baja y él me dijo algo así como: "cortála loco sabés que sí". Con los ojos en blanco, parecía hacerlo de modo impersonal. Nos sentamos todos en el piso y ella empezó a sacar joints y joints, el flaco de la droga le metía la mano por las tetas y ella se retorcía como una víbora. Después quiso que la picaran en el cuello, los dos se revolcaban por el piso y los demás mirábamos. Jaime apenas me daba un beso largo, muy suave, para eso sí que era genial, porque dos pendejos repálidos se rayaron totalmente entre lo gay y la vieja y se fueron. Pero estaban los blues en la puerta y a los cinco minutos se aparecieron todos con el subcomisario inclusive, chau loco, acá perdimos, menos mal que no había ningún menor porque Jaime había cumplido los 18 la semana pasada, pero igual loco, le habíamos pedido el rouge a Evita y estábamos casi todos pintados como puertas tipo Alice Cooper. Los azules entraron muy decididos, el comi adelante y los agentes atrás, el flaco que andaba con un bolsón lleno de pot le dijo: "Un momento, sargento" pero el cana le dio un empujón brutal, entonces ella, que era la única mujer, se acomodó el bretel de la solera y se alzó: "Pero pedazo de animal, ¿cómo vas a llevar presa a Evita?" El ofiche pálido, los dos agentes sacaron las pistolas, pero el comi les hizo un gesto que se volvieran a la puerta y se quedaran en el molde. "No, que oigan, que oigan todos –dijo la yegua– , ahora me querés meter en cana cuando hace 22 años, sí, o 23, yo misma te llevé la bicicleta a tu casa para el pibe, y vos eras un pobre conscripto de la cana, pelotudo, y si no me querés creer, si te querés hacer el que no te acordás, yo sé lo que son las pruebas". (Chau, fue un delirio increíble, le rasgó la camisa al cana a la altura del hombro y le descubrió una verruga roja gorda como una frutilla y se la empezó a chupar, el taquero se revolvía como una puta, y los otros dos que estaban en la puerta fichando primero se cagaban de risa, pero después se empezaron a llenar de pavor porque se dieron cuenta de que sí, que la mina era Evita). Yo aproveché para chuparle la pija a Jaime delante de los canas que no sabían qué hacer, ni dónde meterse: de pronto el flaco del trafic entró en el circo y se puso a gritar: "Compañeros, compañeros, quieren llevar presa a Evita" por el pasillo. La gente de las otras piezas empezó a asomarse para verla, y una vieja salió gritando: "Evita, Evita vino desde el cielo". La cosa es que los canas se las tomaron, largaron a los dos pendejos que encima se hacían muy los chetos, y ella se fue caminando muy tranquila con el flaco, diciéndole a la gente que estaba en el patio primero y después en la puerta: "Grasitas, grasitas míos, Evita lo vigila todo, Evita va a volver por este barrio y por todos los barrios para que no les hagan nada a sus descamisados". Chau loco, hasta los viejos lloraban, algunos se le querían acercar, pero ella les decía: "Ahora debo irme, debo volver al cielo" decía Evita. Nosotros nos quedamos quemando un poco más y ya nos íbamos, entonces algunas tipas nos hicieron pasar a las habitaciones para que les contáramos –las mismas que hasta hacía una hora nos habían hecho una guerra que no podía ser–. Jaime y yo les hicimos toda una historieta: ella decía que había que drogarse porque se era muy infeliz, y chau, loco, si te quedabas down era imbancable. Claro, la gente no nos entendía, pero como no estábamos haciendo laburo de base sino sólo public relations para tener un lugar no pálido donde tripear, no nos importaba. Estábamos relocos y las viejas déle coparse con el llanto, nosotros les pedimos que ese bajón de anfeta lo cortaran, sí, total, Evita iba a volver: había ido a hacer un rescate y ya venía, ella quería repartirle un lote de marihuana a cada pobre para que todos los humildes andaran superbien, y nadie se comiera una pálida más, loco, ni un bife.
3.
Si te digo dónde la vi la primera vez, te mentiría. No me debe haber causado ninguna impresión especial, la flaca era una flaca entre las tantas que iban al depto de Viamonte, todas amigas de un marica joven que las tenía ahí, medio en bolas, para que a los guachos se nos parara pronto. La cosa es que todos –y todas– sabían dónde podían encontrarnos, en el snack de Independencia y Entre Ríos. Allí el putito Alex nos mandaba, cada vez que podía, viejos y viejas, que nos adornaban con un par de palos, así después a él le hacíamos gratis el favor y no le andábamos afanando el grabador o las pilchas. De ésa me acuerdo por cómo se acercó, en un Carabela negro manejado por un mariconcito rubio, que yo ya me lo había garchado una vez en el Rosemarie. Con las pibas estábamos haciendo pinta junto al puesto de flores, así que me llamó aparte y me dijo: "Tengo una mina para vos, está en el coche." La cosa era conmigo, nomás. Subí.
"Me llamo Evita, ¿y vos?" "Chiche", le contesté. "Seguro que no sos un travesti, preciosura. A ver, ¿Evita qué?". "Eva Duarte", me dijo "y por favor, no seas insolente o te bajás". "¿Bajarme?, ¿bajárseme a mí?", le susurré en la oreja mientras me acariciaba el bulto. "Dejáme tocarte la conchita, a ver si es cierto". ¡Hubieras visto cómo se excitaba cuando le metí el dedo bajo la trusa!
Así que fuimos al hotel de ella; el putito quiso ver mientras me duchaba y ella se tiraba en la cama. También, con el pedazo que tengo, hacen cola para mirarlo nomás. Ella era una puta ladina, la chupaba como los dioses. Con tres polvachos la dejé hecha y guardé el cuarto para el marica, que, la verdad, se lo merecía. La mina era una mujer, mujer. Tenía una voz cascada, sensual, como de locutora. Me pidió que volviera, si precisaba algo. Le contesté no, gracias. En la pieza había como un olor a muerta que no me gustó nada. Cuando se descuidó abrí un estuche y le afané un collar. Para mí que el puto Francis se dio cuenta, pero no dijo nada. Cuando me lo terminé de garchar me dijo, con la boca chorreando leche: "Todos los machos del país te envidiarían, chiquito; te acabás de coger a Eva". Ni dos días habían pasado cuando llego a casa y me encuentro a la vieja llorando en la cocina, rodeada por dos canas de civil. "Desgraciado –me gritó–. ¿Cómo pudiste robar el collar de Evita?"
La joya estaba sobre la mesa. No la había podido reducir porque, según el Sosa, era demasiado valiosa para comprarla él y no me quería estafar. Los de Coordina no me preguntaron nada: me dieron una paliza brutal y me advirtieron que si contaba algo de lo del collar me reventaban. De esa esquina y del depto de los trolos los vagos nos borramos. Por eso los nombres que doy acá son todos falsos.
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domingo, 21 de septiembre de 2008
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