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Actualizaciones en lo que va del tiempo:

• El diálogo • Viejas locas • "Presidenta" (O cómo intentar el ninguneo incluso desde el nombre) • Perdonar es divino • Carta abierta a Fito • Macri y su viento en la cola • Soy empleado estatal • Consideración de la luna en el poniente • Ya tengo mis bodas (y mis bolas) de porcelana • Eros • Sacalo Crudo • Avisos clasificados, rubro "Varios" •Piza, birra, faso (soneto estrafalario) • Varela Varelita • Indómito destino




domingo, 28 de marzo de 2010

Bussines are bussines

El discurso hegemónico de la época marca que podés ser, con la condición de resignar; podés entrar, siempre y cuando normalices lo que sos en función de lo que te dictan: pertenecer tiene sus privilegios (y sus agachadas). Intentá mantener quién sos, tu independencia, tus principios (a tu modo y a tientas, porque nadie tiene la varita mágina), o tus mundanos gustos, y serás tildado de crispado, intolerante, o hipócrita, incluso por aquellos que son políticamente correctos o te aprecian (o dicen haberte querido). Nada ni nadie escapa a esta ecuación: mientras me servís, estoy fervorosamente con vos; cuando ya no, (cuando me son más útiles otros) me alejo como si nada.

Negocios son negocios y, como tales, marcan la pulsión de cada biografía y de la historia. Lo que hasta ayer estaba bien, hoy está mal y viceversa: si me sirve, es seguridad jurídica y si no me sirve, es extorsión. Cada uno habla como si no tuviera historia, como si la historia empezara a partir de él, y del momento actual. De nada servirían, entonces, las muestras de respeto, de lealtad, las famosas reglas de juego. Ser como soy, y desde ahí vincularme con vos, respetándote, sólo me llevará al perdidoso sitial del boludo.

La aceptación (o no), la persecución y el silenciamiento del otro siempre está atravesado por motivos materiales: le darán la voz al que diga lo que se quiere escuchar. Será, entonces, preferible que no se nos conceda tal privilegio; será, entonces, lo más sano resignar amigos, aliados y tongos, para mantenerse tal cual se es: siempre quedará algún intersticio desde donde perdurar, con menos lastre y más vigor que antes.

sábado, 27 de marzo de 2010


Mercado de abasto, con Tita Merello, Pepe Arias y Pepita Muñoz; dirigida por Lucas Demare. Clásica película costumbrista, que presenta a una puestera del Mercado quien se encuentra en la disytuntiva de optar entre dos hombres: uno, a quien ama y que sólo la utiliza para su propio beneficio, y otro, dueño de un puesto, quien haría y daría aría todo por esa joven. Un melodrama bastante previsible y obvio que, no por ello, dejará de satisfacer al espectador.

Calificación:

Imagine

El 24 de marzo, el golpe y el genocidio • Una escuela que es como un país, y un país que todavía no quiere aprender de su propia escuela • Estúpidas reflexiones a la hora de la siesta

Hagamos, por un instante, el siguiente ejercicio. Supongamos una escuela con veinte cursos, a razón de treinta alumnos/as por curso: seiscientos alumnos/as en total. De ellos, dos por división son catalogados de "traviesos", "quilomberos", etc.: cuarenta pibes/as en toda la escuela. Imaginemos también que estos adolescentes hacen cosas por encima de la media: rompen vidrios, insultan descaradamente a los sacrosantos docentes, tiran bombitas de agua (pero rellenas con lavandina) a sus coquetas compañeritas, etc. La situación es insostenible, y todo el mundo (docentes, auxiliares, padres, y hasta los mismos compañeros/as buenos, o sea, los que "no andan en ninguna") piden sangre. Y la dirección, el abnegado director de esa escuela, sigue apostando al diálogo, a la reflexión, a la autodisciplina (o sea, «no hace nada»)

Supongamos que en las clases de educación física de esa escuela no se practica vóley o baloncesto o fútbol, sino boxeo. Y que hay un profesor-instructor que se las trae. Un buen día, decide "tomar cartas en el asunto" y -sigilosamente, primero- agarra a uno de estos revoltosos, a solas, y le dice que o se deja de joder o lo caga a piñas. Como el pibe no se acomoda y sigue bardeando, la siguiente vez el profesor, en un lugar retirado del edificio, cumple su promesa. El alumno, maltrecho, va y le comenta a su preceptora lo que ocurrió pero ella le contesta que por algo habrá sido. Ante esto, el flaco decide no seguir ventilando la situación, que se repetirá una y otra vez con otros de sus compinches.

Como la cosa no termina de acomodarse, una mañana ese profesor decide que todo tiene su límite, y que sin él esa escuela jamás se acomodará. Entonces, llega temprano, se mete en la dirección y establece que, a partir de ese día, la escuela queda bajo su control operacional. Impone rígidas reglas cuyo cumplimiento da una opresiva sensación de orden, elogiado por padres, auxiliares, docentes y quinientos sesenta alumnos. Los otros cuarenta, muchos de los cuales ya habían sido advertidos, entienden que llegó su hora. Uno a uno comienzan a invisibilizarse pero, obviamente, no alcanza: el nuevo "director" está disupuesto a acomodar las cosas. Y por lo tanto, comienza a planear y ejecutar formas cada vez más sofisticadas de sostener ese orden: se empieza a rumorear que a uno lo dejó atado al mástil del patio todo un turno de clases, que a otro lo encerró tres horas en un baño que no era higienizado desde hacía dos meses, etc. Llegado cierto momento, los cuarenta alumnos no estuvieron más en esa escuela: nadie sabía qué les había pasado, pero todos preferían creer que, por fin, se los había echado o se les había dado el pase a otro lugar.

En esa situación ideal de reestablecimiento del orden escolar, y a medida que se va quedando sin castigados, el instructor incorpora nuevos destinatarios/as de sus acciones. Siempre fue un enfermo (sólo un enfermo podría ser instructor de boxeo) y ahora tiene rienda suelta a su perversión: al de mejores notas, por ser el de las mejores notas; a la de las trencitas más prolijas y ajustadas, por esa misma razón. En definitiva, todos y por cualquier motivo: el clima perfecto de terror para que nada pasara sin que él lo autorizara.

Las motivaciones de este funesto personaje son harto conocidas; el final de su historia, también. La pregunta de fondo es: una vez que deje la dirección, el poder, ¿qué hacer con él?

Si se decidiera que es merecedor de lo mismo que realizó, entonces nadie allí aprendió realmente nada. Si se creyera que la fuerza de cuarenta alumnos homologó la desmedida perversidad de un adulto que se auto-invistió la responsabilidad de estar a cargo de la escuela, se simplificarían demasiado las cosas: se termina en el armisticio, o pidiendo perdón inter pares, como si nada hubiera pasado. Si se lo condecorara por los servicios prestados, se estaría comprobando que ese colectivo (o colectivos superpuestos y en tensión) al que denominamos "comunidad escolar", sencillamente, enfermó junto con el profesor de educación física.

El único, verdadero, genuino camino es el de la memoria, la verdad y la justicia. Le pese a quien le pese y chille quien chille. Juicio y castigo en cárceles comunes para los genocidas y sus cómplices no es un eslogan, ni es revanchismo. Urgen la unificación de causas y la aceleración de procesos, dando por probado el plan sistemático de exterminio de personas, para que no sea esa supuesta y bucólica "justicia divina" la que se encargue de ellos.


Los muchachos de antes no usaban arsénico, con las actuaciones inmejorables de Mecha Ortiz, Arturo García Buhr, Narciso Ibàñez Menta, Bárbara Mujica y Mario Sóffici; dirigida por José Martínez Suárez. Un grupo de ancianos amigos y una reconocida ex actriz, esposa de uno de ellos, viven en un majestuoso caserón antiguo. La rutina del grupo se ve alterada con la aparición de una joven y bella tasadora de propiedades, quien le ofrece a la actriz la posiblidad de consumar un millonario negocio inmobiliario. A partir de entonces, se desatarán las pasiones humanas: la amistad, el matrimonio, la ambición y también, la muerte, enmarcadas en el mejor humor negro que el cine argentino ha logrado a la fecha.

Calificación:



La cigarra no es un bicho, protagonizada por un amplio elenco de rutilantes figuras: Luis Sandrini, Amelia Bence, Enrique Serrano, Guillermo Battaglia, Mirtha Legrand, Ángel Magaña y Narciso Ibáñez Menta, entre otros, y dirigida por Daniel Tinayre. Desarrollada en 1963, esta cáustica comedia refleja estereotipos sociales, prejuicios y conflictos que se desarrollan en un albergue transitorio, donde un marinero francés muere por peste bubónica y todos los huéspedes deben guardar un período de cuarentena.

Calificación: