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domingo, 25 de mayo de 2008
Seguimos recorriendo las posibilidades (y limitaciones) del servicio Blogger • ¿A alguien le interesa esto? • ¿No hay ninguna duda o inquietud o elogio para comentar? • Vamos, che, que esto se está pareciendo a un monólogo...
Hasta acá, creamos un blog, y ajustamos y publicamos entradas. En esta ocasión veremos cómo configurar las características del blog, o sea, la segunda de las tres pestañas que nos aparecen en el Panel (CREACIÓN DE ENTRADAS - CONFIGURACIÓN - DISEÑO).
En esta sección se encuentran todas las posibilidades de ajuste del soporte de publicación, o sea, del blog en sí. Al cliquear en CONFIGURACIÓN, se despliega por debajo un sub-menú de nueve solapas que iremos recorriendo.
La primera corresponde a BÁSICO y, como su nombre lo indica, presenta caraceterísticas esenciales, mucas de las cuales han sido decididas cuando se abrió y registró el sitio, tales como el Título (en nuestro caso, el Un Blog de Variedades que aparece arriba), la Descripción (Un poco de todo..., etc.) y luego una serie de seteos que tendrá que elegir particularmente cada uno de los propietarios de un blog (yo tengo todo en Sí, menos la opción Contenido para adultos y Habilitar transliteración: que me lean en castizo, ¡mierda carajo!)
El segundo sub-menú es PUBLICACIÓN, en el que no hay mucho por decidir: salvo que tengas un alojamiento (hosting) particular y propio (generalmente pago), tendrás que aceptar que se publique tal como aparece allí indicado.
En la sección FORMATO se eligen las características generales de visualización del blog (sin tomar en consideración las relacionadas con el diseño, que son objeto de la tercera pestaña). Aquí decidís cuántas entradas serán vistas en la página principal, cómo querés que aparezcan referidas la fecha de publicación y la hora (recordá que va "GMT-03.00 Buenos Aires"), el idioma, y una serie de opciones que tendrás que decidir (yo tengo todas en Sí, menos Mostrar campo de vínculo, pero no sé bien por qué en su momento elegí tenerla en No)
En COMENTARIOS definís cómo querés que sean, aparezcan publicadas, etc., las respuestas que harán a tus publicaciones (sí, esas que acá hacen poco y nada ustedes) En esto, es importante que detalles en la última opción, el correo elecrónico en que se te notificará de un nuevo comentario, así resulta más sencillo saber cuándo te responden (cuando tenés muchas publicaciones, no podés revisar una por una para verificar esto)
En la parte de ARCHIVO decidís cómo se guardan tus publicaciones y, por lo tanto, como será mostrado el archivo en el blog. Yo lo tengo configurado diariamente y por eso en el menú de búsqueda por fecha del blog se ofrece cada post día por día. La otra opción permite hacer de cada publicación una página específica (o sea, cliquear el título y acceder sólo a esa entrada) o tratar todo como un único bloque indivisible.
FEED DEL SITIO todavía no entiendo bien qué es ...Aunque I try, and I try, and I try, I can't get not, I can't get not, I can't get not, not satisfaction con esto, así que lo salteo (a ver si alguien nos lo explica a todos/as, che) Lo único que hice fue poner completo, porque es lo que sugiere ahí. CORREO ELECTRÓNICO te permite relacionar tu blog con una cuenta desde donde publicar directamente (sin necesidad de entrar en el blog) y también favorece el armado de "listas de distribución" de hasta diez direcciones a las que les podés enviar tus publicaciones sin que tengan que navegar tu sitio. OPEN ID es otra cosa que no termino de comprender del todo, y la tengo deshabilitada.
Finalmente, los PERMISOS son para habilitar privilegios de autoría y administración del blog a otra/s cuenta/s de usuario/s, y para definir los permisos de lectura
Terminamos por ahora... Espero que vayas entendiendo, y puedas armar un lindo blog :)
En esta sección se encuentran todas las posibilidades de ajuste del soporte de publicación, o sea, del blog en sí. Al cliquear en CONFIGURACIÓN, se despliega por debajo un sub-menú de nueve solapas que iremos recorriendo.
La primera corresponde a BÁSICO y, como su nombre lo indica, presenta caraceterísticas esenciales, mucas de las cuales han sido decididas cuando se abrió y registró el sitio, tales como el Título (en nuestro caso, el Un Blog de Variedades que aparece arriba), la Descripción (Un poco de todo..., etc.) y luego una serie de seteos que tendrá que elegir particularmente cada uno de los propietarios de un blog (yo tengo todo en Sí, menos la opción Contenido para adultos y Habilitar transliteración: que me lean en castizo, ¡mierda carajo!)
El segundo sub-menú es PUBLICACIÓN, en el que no hay mucho por decidir: salvo que tengas un alojamiento (hosting) particular y propio (generalmente pago), tendrás que aceptar que se publique tal como aparece allí indicado.
En la sección FORMATO se eligen las características generales de visualización del blog (sin tomar en consideración las relacionadas con el diseño, que son objeto de la tercera pestaña). Aquí decidís cuántas entradas serán vistas en la página principal, cómo querés que aparezcan referidas la fecha de publicación y la hora (recordá que va "GMT-03.00 Buenos Aires"), el idioma, y una serie de opciones que tendrás que decidir (yo tengo todas en Sí, menos Mostrar campo de vínculo, pero no sé bien por qué en su momento elegí tenerla en No)
En COMENTARIOS definís cómo querés que sean, aparezcan publicadas, etc., las respuestas que harán a tus publicaciones (sí, esas que acá hacen poco y nada ustedes) En esto, es importante que detalles en la última opción, el correo elecrónico en que se te notificará de un nuevo comentario, así resulta más sencillo saber cuándo te responden (cuando tenés muchas publicaciones, no podés revisar una por una para verificar esto)
En la parte de ARCHIVO decidís cómo se guardan tus publicaciones y, por lo tanto, como será mostrado el archivo en el blog. Yo lo tengo configurado diariamente y por eso en el menú de búsqueda por fecha del blog se ofrece cada post día por día. La otra opción permite hacer de cada publicación una página específica (o sea, cliquear el título y acceder sólo a esa entrada) o tratar todo como un único bloque indivisible.
FEED DEL SITIO todavía no entiendo bien qué es ...Aunque I try, and I try, and I try, I can't get not, I can't get not, I can't get not, not satisfaction con esto, así que lo salteo (a ver si alguien nos lo explica a todos/as, che) Lo único que hice fue poner completo, porque es lo que sugiere ahí. CORREO ELECTRÓNICO te permite relacionar tu blog con una cuenta desde donde publicar directamente (sin necesidad de entrar en el blog) y también favorece el armado de "listas de distribución" de hasta diez direcciones a las que les podés enviar tus publicaciones sin que tengan que navegar tu sitio. OPEN ID es otra cosa que no termino de comprender del todo, y la tengo deshabilitada.
Finalmente, los PERMISOS son para habilitar privilegios de autoría y administración del blog a otra/s cuenta/s de usuario/s, y para definir los permisos de lectura
Terminamos por ahora... Espero que vayas entendiendo, y puedas armar un lindo blog :)
Etiquetas de esta entrada: Metablog
Nuevo aporte de Daniela de Turdera • Implacable como siempre, arremete contra la Revista Hombre, de Editorial Perfil • Enteráte del "Test Tayson" y de cómo un Hombre se siente más feliz entre hombres...
Escalofriante. Esa sensación sentí mientras leía el test que publicó la Revista Hombre, de Editorial Perfil. Paso a detallar de qué se trataba.
Los responsables de la revista (redactores, editores, directivos y editorial) decidieron publicar un test, con el estilo desenfadado que prevalece en ese medio.
Un test suele ser un mero esparcimiento inservible. Son ridículos e inofensivos, a mí entender. Test insignificantes, de nulo valor empírico, pero que suelen ser leídos aunque más no sea por curiosidad. Pero éste no es el caso. El test publicado por la revista Hombre no era ni insignificante ni ridículo y menos aún inofensivo.
Se titula “¿Madura el K.O.?”, seguido de un copete que advierte “Si ves a una mina golpeada y pensás ‘algo habrá hecho’, esto es para vos”. Luego comienzan el listado de preguntas y opciones de respuestas que tratan acerca de los motivos, métodos, frecuencia, marcas e intensidad de la violencia física dirigida contra las mujeres.
Algunas de las preguntas para responder por el lector-revista-Hombre/supuesto-agresor eran de la siguiente índole: “¿Qué excusa usás para golpear a tu mujer?” Las alternativas eran “a) Los fideos estaban fríos; b) Te miró 'con esa cara'; c) Tuviste un mal día de trabajo o d) No hace falta una excusa”. Otra pregunta se abocaba a los métodos utilizados para la agresión física, y el lector-complice podía contestar por algunas de las opciones: “a) Un puño envuelto en un repasador no deja marcas; b) El famoso cachetazo de proxeneta: con la cara externa de la mano derecha yendo en sentido diagonal de abajo hacia arriba y de izquierda a derecha; c) Tirás el plato (el de los fideos fríos, por ejemplo) al suelo y cuando se agacha a limpiar el enchastre la aleccionás con un puntapié en las costillas o d) Te gusta improvisar”. Habían otras, muy explícitas todas ellas. Siete en total.
El contenido sexista y discriminatorio hacia las mujeres es explícito; y como tal se constituye en apología de la violencia de género. Resulta espeluznante ir leyendo una pregunta tras otra, y peor las alternativas de respuesta. Los términos que se manejan resultan nefastos, incluso si los aislamos del sentido complejo que comporta el texto. Palabras como adoctrinamiento, lección, son muestra suficiente del concepto de mujer que se maneja. Analizados en su conjunto, no generan otra cosa que indignación y repulsión por quienes permitieron su publicación. Ni qué decir de quienes propusieron la idea y de quienes la redactaron.
La frase “algo habrán hecho”, no sólo justifica la acción de violentar a la mujer y avalar esa agresión; también evoca instintivamente el sentido común que preponderó en la última dictadura. En ambos casos las víctimas eran “culpables” y “merecedoras” de aquella violencia.
Una actitud misógina de la revista que naturaliza un comportamiento aberrante. Nada quedó librado al azar: “Test Tayson”, acompañaba el título. Sí, aquel boxeador que fue sentenciado por violar a una mujer.
El test no tuvo inocencia. Tampoco genera una sonrisa cómplice. No hay humor negro, ni blanco ni verde. No hay humor. No hay gracia. No hay chiste.
Por supuesto que respeto la libertad de expresión. Y por eso solicito ceder la palabra a las mujeres que son acalladas con esos “cachetazo de proxeneta”.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
N. del E.: El humor (o aquello que es leído como tal) tiene el efecto de cristalizar esterotipos, prejuicios, etc.: ideología, de un modo aparentemente "ingenuo", es decir, de un modo no racional pero altamente efectivo. No es ingenuo entonces, el que una publicación que desde su título-marca registrada se pregona como "el reducto del macho" utilice el procedimiento del "humor" para esto; y saben perfectamente que habrá quienes ("quienas", sobre todo) no leerán este test (?) como humorístico. Dicho de otro modo: saben, prevén este posteo, entre otros. No les interesa, ni les preocupa: es la retroalimentación que esperan, que desean, la que justifica su postura y cohesiona su colectivo de identificación: la insolente mujer que contesta debería de ser cagada a palos, para que aprenda. En realidad no es una mujer la que esperan como respuesta: es una mina, un término mucho más connotado y acorde con la ideología que sostiene la publicación. (Algún día tendríamos que publicar un artículo en que se deconstruya los sentidos de la palabra mina, ¿no?)
Los responsables de la revista (redactores, editores, directivos y editorial) decidieron publicar un test, con el estilo desenfadado que prevalece en ese medio.
Un test suele ser un mero esparcimiento inservible. Son ridículos e inofensivos, a mí entender. Test insignificantes, de nulo valor empírico, pero que suelen ser leídos aunque más no sea por curiosidad. Pero éste no es el caso. El test publicado por la revista Hombre no era ni insignificante ni ridículo y menos aún inofensivo.
Se titula “¿Madura el K.O.?”, seguido de un copete que advierte “Si ves a una mina golpeada y pensás ‘algo habrá hecho’, esto es para vos”. Luego comienzan el listado de preguntas y opciones de respuestas que tratan acerca de los motivos, métodos, frecuencia, marcas e intensidad de la violencia física dirigida contra las mujeres.
Algunas de las preguntas para responder por el lector-revista-Hombre/supuesto-agresor eran de la siguiente índole: “¿Qué excusa usás para golpear a tu mujer?” Las alternativas eran “a) Los fideos estaban fríos; b) Te miró 'con esa cara'; c) Tuviste un mal día de trabajo o d) No hace falta una excusa”. Otra pregunta se abocaba a los métodos utilizados para la agresión física, y el lector-complice podía contestar por algunas de las opciones: “a) Un puño envuelto en un repasador no deja marcas; b) El famoso cachetazo de proxeneta: con la cara externa de la mano derecha yendo en sentido diagonal de abajo hacia arriba y de izquierda a derecha; c) Tirás el plato (el de los fideos fríos, por ejemplo) al suelo y cuando se agacha a limpiar el enchastre la aleccionás con un puntapié en las costillas o d) Te gusta improvisar”. Habían otras, muy explícitas todas ellas. Siete en total.
El contenido sexista y discriminatorio hacia las mujeres es explícito; y como tal se constituye en apología de la violencia de género. Resulta espeluznante ir leyendo una pregunta tras otra, y peor las alternativas de respuesta. Los términos que se manejan resultan nefastos, incluso si los aislamos del sentido complejo que comporta el texto. Palabras como adoctrinamiento, lección, son muestra suficiente del concepto de mujer que se maneja. Analizados en su conjunto, no generan otra cosa que indignación y repulsión por quienes permitieron su publicación. Ni qué decir de quienes propusieron la idea y de quienes la redactaron.
La frase “algo habrán hecho”, no sólo justifica la acción de violentar a la mujer y avalar esa agresión; también evoca instintivamente el sentido común que preponderó en la última dictadura. En ambos casos las víctimas eran “culpables” y “merecedoras” de aquella violencia.
Una actitud misógina de la revista que naturaliza un comportamiento aberrante. Nada quedó librado al azar: “Test Tayson”, acompañaba el título. Sí, aquel boxeador que fue sentenciado por violar a una mujer.
El test no tuvo inocencia. Tampoco genera una sonrisa cómplice. No hay humor negro, ni blanco ni verde. No hay humor. No hay gracia. No hay chiste.
Por supuesto que respeto la libertad de expresión. Y por eso solicito ceder la palabra a las mujeres que son acalladas con esos “cachetazo de proxeneta”.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
N. del E.: El humor (o aquello que es leído como tal) tiene el efecto de cristalizar esterotipos, prejuicios, etc.: ideología, de un modo aparentemente "ingenuo", es decir, de un modo no racional pero altamente efectivo. No es ingenuo entonces, el que una publicación que desde su título-marca registrada se pregona como "el reducto del macho" utilice el procedimiento del "humor" para esto; y saben perfectamente que habrá quienes ("quienas", sobre todo) no leerán este test (?) como humorístico. Dicho de otro modo: saben, prevén este posteo, entre otros. No les interesa, ni les preocupa: es la retroalimentación que esperan, que desean, la que justifica su postura y cohesiona su colectivo de identificación: la insolente mujer que contesta debería de ser cagada a palos, para que aprenda. En realidad no es una mujer la que esperan como respuesta: es una mina, un término mucho más connotado y acorde con la ideología que sostiene la publicación. (Algún día tendríamos que publicar un artículo en que se deconstruya los sentidos de la palabra mina, ¿no?)
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Recién salida del horno
Años de esperarte
me han llevado a olvidar
para qué espero
y por qué, aún, lo intento:
corazón acorazado, ah,
sangre y fuego,
palabras y recuerdos,
y tu miedo,
infantil miedo del que ahora es hombre,
del que ahora es recuerdo,
del que está lejos,
y sin embargo –aún– espero.
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sábado, 24 de mayo de 2008
María Esther Duffau (a) Raulito falleció hace unos días • Morir es algo usual, pero en este caso quiero escribir acerca de protorreflexiones que me provoca esta muerte • Otro post que estaba en borrador y ahora, que empiezo a tener mis pocos tiempos libres habituales, aparece por acá
Raulito es un chico pobre, fanático de Boca Juniors, en los sesenta. No es genéticamente un nene, pero social y culturalmente sabe e intuye que ser mujer es (o puede ser) algo terrible. O que no quiere ser mujer, sencillamente. Por eso se viste y actúa como hombrecito.
Una novela televisiva, primero, y una película muy exitosa en los '70, después, se basaron en la vida de Raulito (nacido como María Esther Duffau) para encarar, creo que por primera vez de modo central, la temática homosexual (y travesti) en nuestro país. Poco después, la dictadura prohibió este film, lesivo al ser nacional, occidental y cristiano, y persiguió a sus actores, que se exiliaron fundamentalmente en España, donde inclusive se rodó una segunda parte.
Como se sabe, la liberación sexual de los '60 no llegó a las minorías, es decir que debería hablarse de una liberación sexual heterosexual, ya que se siguió impugnando las prácticas aberrantes (homosexuales, bisexuales, etc.) aunque, con esa hipocresía que sienta tan bien, muchos de los partidarios de la pureza sexual fuesen, puertas adentro, unas locas o unas tortas de atar...
Raulito era, precisando los conceptos, lesbiana. Un hombre encerrado en el cuerpo de una mujer, podríamos parafrasear. La película presenta esta cuestión en tensión con otra, tranquilizadora: la patología. Raulito es un ser socialmente inquietante, anormal, a quien el Estado, vía fuerzas represivas, judiciales, médicas, intenta rescatar, recuperar: enderezar. Lautaro Murúa, el director, no parece tomar partido en esta tensión, aunque se esmera por mostrar el lado humano de todo esto: una mujer-hombre que sufre por su condición, a la que se suma otra: ser pobre. Excluido materialmente de la sociedad, doble huella de la exclusión, Raulito vive en la calle, en el margen de su sexualidad y de su sociedad. No hay vida feliz para Raulito en la película, que recorta y estetiza la adolescencia-juventud de María Esther: una especie de melodrama sin héroe, ni heroína, una especie de tragedia griega (en la tragedia, sabemos, el asunto siempre apunta a las acciones que lleva el héroe trágico para cambiar su destino, siempre sin éxito) en Argentina, en los '70 (donde, obviamente, Ni Zeus ni Afrodita ni ningún otro dios intervino).
La película no pudo salirse de su contexto, sus condiciones de posibilidad: ya desde el título se coloca ambiguamente respecto de su tema ("la" Raulito no es "la": su elección fue haber sido "Raulito", a secas: el "la" es el plus que connota el estigma social); queriendo mostrar el lado humano, no pudo sino presentarlo desde el melodrama, la apelación fácil, la tragedia permanente. Queriendo humanizar a la lesbiana, no pudo resolver la tensión entre orientación sexual y patología. Sin embargo, tuvo el mérito de animarse a presentar (de un modo menos ingenuo y menos esquemático que el bodrio Adiós, Roberto... la película con que, década y pico después, el cine retomaría la cuestión homosexual) una historia no-convencional, interpelar a su sociedad respecto de sus límites, sus márgenes, sus prejuicios, sus ocultaciones.
Es imperdible el magnífico trabajo de Marilina Ross, quien logró en esta cinta su mejor actuación, su más compenetrado papel, su más consustanciada composición. Y más elogioso es, todavía, el hecho de que una mítica lesbiana ("mítica" = supuesta: el runrún social se regodea con estas cosas, y de última qué carajo nos importa, supongo) se banque que el pacato público la homologue, de por vida, con un personaje de una ficción (una película lo es) pero con anclaje real (se sabía quién era María Esther). Algo que siempre los actores se encargan de recalcar: no soy puto, che, hice esa película pero soy bien machito (A buscar en archivo qué declararon Calvo y Laplace, acá, después de su película o Gyllenhaal y el fallecido Ledger, luego de Brockeback Mountain)
A quien corresponda: mi más sentido pésame.
Una novela televisiva, primero, y una película muy exitosa en los '70, después, se basaron en la vida de Raulito (nacido como María Esther Duffau) para encarar, creo que por primera vez de modo central, la temática homosexual (y travesti) en nuestro país. Poco después, la dictadura prohibió este film, lesivo al ser nacional, occidental y cristiano, y persiguió a sus actores, que se exiliaron fundamentalmente en España, donde inclusive se rodó una segunda parte.
Como se sabe, la liberación sexual de los '60 no llegó a las minorías, es decir que debería hablarse de una liberación sexual heterosexual, ya que se siguió impugnando las prácticas aberrantes (homosexuales, bisexuales, etc.) aunque, con esa hipocresía que sienta tan bien, muchos de los partidarios de la pureza sexual fuesen, puertas adentro, unas locas o unas tortas de atar...
Raulito era, precisando los conceptos, lesbiana. Un hombre encerrado en el cuerpo de una mujer, podríamos parafrasear. La película presenta esta cuestión en tensión con otra, tranquilizadora: la patología. Raulito es un ser socialmente inquietante, anormal, a quien el Estado, vía fuerzas represivas, judiciales, médicas, intenta rescatar, recuperar: enderezar. Lautaro Murúa, el director, no parece tomar partido en esta tensión, aunque se esmera por mostrar el lado humano de todo esto: una mujer-hombre que sufre por su condición, a la que se suma otra: ser pobre. Excluido materialmente de la sociedad, doble huella de la exclusión, Raulito vive en la calle, en el margen de su sexualidad y de su sociedad. No hay vida feliz para Raulito en la película, que recorta y estetiza la adolescencia-juventud de María Esther: una especie de melodrama sin héroe, ni heroína, una especie de tragedia griega (en la tragedia, sabemos, el asunto siempre apunta a las acciones que lleva el héroe trágico para cambiar su destino, siempre sin éxito) en Argentina, en los '70 (donde, obviamente, Ni Zeus ni Afrodita ni ningún otro dios intervino).
La película no pudo salirse de su contexto, sus condiciones de posibilidad: ya desde el título se coloca ambiguamente respecto de su tema ("la" Raulito no es "la": su elección fue haber sido "Raulito", a secas: el "la" es el plus que connota el estigma social); queriendo mostrar el lado humano, no pudo sino presentarlo desde el melodrama, la apelación fácil, la tragedia permanente. Queriendo humanizar a la lesbiana, no pudo resolver la tensión entre orientación sexual y patología. Sin embargo, tuvo el mérito de animarse a presentar (de un modo menos ingenuo y menos esquemático que el bodrio Adiós, Roberto... la película con que, década y pico después, el cine retomaría la cuestión homosexual) una historia no-convencional, interpelar a su sociedad respecto de sus límites, sus márgenes, sus prejuicios, sus ocultaciones.
Es imperdible el magnífico trabajo de Marilina Ross, quien logró en esta cinta su mejor actuación, su más compenetrado papel, su más consustanciada composición. Y más elogioso es, todavía, el hecho de que una mítica lesbiana ("mítica" = supuesta: el runrún social se regodea con estas cosas, y de última qué carajo nos importa, supongo) se banque que el pacato público la homologue, de por vida, con un personaje de una ficción (una película lo es) pero con anclaje real (se sabía quién era María Esther). Algo que siempre los actores se encargan de recalcar: no soy puto, che, hice esa película pero soy bien machito (A buscar en archivo qué declararon Calvo y Laplace, acá, después de su película o Gyllenhaal y el fallecido Ledger, luego de Brockeback Mountain)
A quien corresponda: mi más sentido pésame.
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Como las promesas se pagan en vida (con excepción del rigor mortis de las promesas testamentarias) acá va la continuación del post La escuela nivela para abajo • Lo útil, lo inútil y la educación • "Estudiar para..." y "¿Para qué estudiamos esto?" • Más apuntes de un no-especialista involucrado (¿quién no está involucrado en este tema?)
Es posible suponer que la generación del '80, cuando diseñó la educación pública en el siglo XIX (fundamentalmente, Sarmiento), tendría conciencia de que estaba sentando las bases de un proyecto en mayor o menor medida trascendental (o sea, que los trascendía como generación). Lo que es difícil inferir es que creyeran que el suyo sería el único proyecto relativamente sólido y coherente que se postularía en toda la historia de la Confederación Argentina.
En aquel entonces, ciertos lineamientos ideológicos de base dieron como resultado cierto sistema educativo: (1) que había que obturar las experiencias secesionistas previas a 1853; (2) que de algún modo debía ser acotado el poderío de Buenos Aires; (3) que el mal que aquejaba a la Argentina era la extensión, y por lo tanto se debía poblar la pampa (y, de paso cañazo, apropiarse de la renta de la agricultura); (4) que tanto gaucho e indio suelto eran obstáculos para esta apropiación; y (5) que por una puta mala suerte del destino, Argentina era un país europeo anclado en América. Más adelante, se sumó el problema de la inmigración y la contaminación del ser nacional que esa inmigración provocaba (y provoca actualmente: pensemos qué se piensa de bolivianos, chinos, etc.)
Ante este análisis, el sistema educativo de la Generación del '80 se propuso: (1) centralizar la administración de la educación (sobre todo, la educación media, que proveía al Estado de pequeños burócratas, intelectuales, científicos, etc. -tengamos en cuenta que con la primaria, en aquel entonces, estaba ya más que bien formada (alfabetizada) una persona) para evitar la intromisión de las provincias y sus bárbaros caudillos; (2) diseminar escuelas en todo el país, en relación con (1); (3) importar educadores con ideas modernas, que transplanten acá ideas europeas y erradiquen las culturas bárbaras (autóctonas); (4) ampliar la base de la población alfabetizada, como modo de ilustrar al ciudadano (obviamente, burgués: recordá que hasta 1916 no votó jamás un analfabeto, y sólo desde 1951 vota la mujer, alfabetizada o no); (5) considerar la educación como la materialidad de la identidad nacional, con su nosotros (la civilización) y su otros (el gaucho, el indio) y su simbología fundacional (los próceres padres de la patria, el himno, la bandera, etc.); (6) esmerilar el poder terrenal de la iglesia católica, muy presente en la política autóctona desde siempre, logrando una especie de dogma laico entrelazado con ese Estado fundacional (se recita la Oración a la Bandera hasta hoy, deificando colectivamente un símbolo tal como se le reza a una divinidad).
Así fue como se establecieron los lineamientos del sistema educativo secundario en Argentina, y fundamentalmente su currículum, es decir, los contenidos para enseñar efectivamente en las aulas, los programas de estudio, que implicaron el recorte por el cual se daba, lógicamente, el entronque de nuestra nación con la alta cultura occidental greco-romana (excluida la cultura española, porque era la Madre Patria, y encima venida a menos en el siglo XIX). Hay una pasmosa coherencia cuando uno revisa los planes de estudio de esa época, en los que se verifica una cuidadosa selección y operación de legitimación incluso hasta en las lecturas, y en los recortes de qué textos/autores se debía leer y estudiar, y qué textos/autores quedaban excluidos.
Todo esto funcionó, digamos, hasta entrada la década de 1940, cuando un retoque menor dentro de este vasto sistema supuso, a partir de una nueva concepción del país, más industrial, el establecimiento de la educación secundaria técnica, siempre dentro de la égida de la Nación, para un país compuesto por aproximadamente diez millones de habitantes, todavía bastante desparramados en todo el territorio y sus ciudades. En el plano curricular, la ampliación de la burguesía, de la clase media, supuso la reformulación de contenidos, ahora ligados ya no a un país en formación, sino un país en que se estableció su tradición y en que se disputaba ingresar en ese podio del canon (disputa social que, obviamente, se tradujo con sus contradicciones en los currículos de la educación secundaria) La incorporación de la educación técnica, polivalente, o como se la llamara, fue el último gran cambio en el sistema educativo argentino.
Desde entonces, la educación sufrió cambios más o menos superficiales, más o menos cosméticos, aun cuando desde la década del '60 se comenzó a escuchar que la educación estaba en crisis. La mayoría de los cambios que cristalizó, en ese período, tuvo que ver con modificaciones en los planes de estudios y en los programas (actualizaciones de contenidos) y en los sistemas de evaluación. Fue en la década del '90 cuando se propuso, así declamada, la mayor reforma desde 1880. Aunque denominada transformación educativa, esta reforma supuso una puesta a punto entre el nuevo (y fatal) proyecto de país que se comenzó a fortalecer desde 1976, y el nuevo (y fatal) proyecto educativo, es decir: (1) el regreso a la economía primarizada; (2) la centralidad en la producción de bienes y servicios, de renta rápida, poca mano de obra intensiva y poca infraestructura, o muy tecnologizada; (3) la desarticulación y atomización de los factores de poder y de los colectivos sociales; (4) el abandono de cualquier proyecto de integración político-económica con Latinoamérica, ahora con la excusa de los procesos de globalización; y (5) la necesidad de calificación hiperespecializada de la mano de obra, concordante con la precarización y inestabilidad de esos saberes, en conjunción con un mercado laboral precarizado, inestable y -todos lo sabemos- escaso.
La diferencia entre aquel proyecto educativo, el de los '80 del siglo XIX, y el siguiente, de los '90 del siglo pasado, estuvo dada -creo- en la explicitación de los supuestos. En el XIX, lo que se decía que se esperaba de la educación era, más o menos, lo que se hacía; en el siglo XX, lo que se decía que se esperaba de la educación fue lo inverso de lo que en realidad se hizo y propició.
¿Por qué esta larga perorata histórica? Porque, a mi modo de ver, acá están los verdaderos "para qué" de la educación, los que todos, en tanto ciudadanos, tenemos que pensar y repensar. Cuando un alumno/a te pregunta, en clase, para qué aprendo esto, o para qué serviría en mi carrera, está -o debería estar- interpelando el proyecto educativo, que es lo mismo que decir el proyecto político.
La situación actual es que las acciones políticas de los '80 y los '90 llevaron a que la educación fuera percibida como el espacio simbólico en que la sociedad simplemente cumple con un requisito de acreditación, antes que cristalizar un proyecto (político) colectivo. Nadie se preguntaba por qué se estudiaba tal o cual contenido en -digamos- 1950, porque era obvio (estaba naturalizado) que eso que se estudiaba era el medio para. El vaciamiento del país, en toda dimensión posible en que pueda considerarse un saqueo, operado en la última década del siglo pasado implicó, en términos educativos, el borramiento de esa ilusión homogeneizadora, reparadora, igualizadora, de ascenso y movilidad social que tenía la educación: algo así como un no hay camino, macho, ahora mando yo y el juego es este: no sos nadie, ni valés nada; por lo tanto, no aprendés nada.
Pero, ¿es tan cierto esto? ¿Llegó a solidificarse ese proyecto de país en ese proyecto educativo? Las escuelas son como elefantes en un bazar, corriendo una carrera montado en una tortuga: los cambios son lentos, las macropolíticas se disuelven en la dinámica de lo cotidiano, y una sola década no llegó a garantizar que ese nuevo proyecto político-educativo se enraizara en lo concreto, en cada aula. A pesar de todo -y por suerte, a veces- las escuelas son espacios plagados de contradicciones donde las transformaciones diseñadas por los niveles centrales se cocinan a fuego muy lento, por lo que el proyecto neo-liberal no cuajó totalmente. A pesar de todo -y por suerte, a veces- las escuelas son resistentes a los cambios espasmódicos que en nuestro país pendulean cada diez o veinte años (la famosa falta de "políticas de estado") y son espacios muy poco porosos a estos cambios, aunque -paradójicamente- sí son permeables a las demandas sociales directas, sin las mediaciones de la burocracia educativa. A pesar de todo -y por suerte, a veces- las escuelas siguen siendo un espacio de contención en medio de una sociedad que fue compulsivamente rediseñada para el individualismo, para la no-contención, para la libre competencia (o sea, para el sálvese quien pueda y mátense entre todos,en definitiva). A pesar de todo -y por suerte, a veces- las escuelas quedan como el único refugio de la modernidad, en medio de una impronta postmoderna hipercomunicada, el espacio posible para los grandes relatos unificadores que -todavía- dan cuenta del mundo de la vida. A pesar de todo -y por suerte, a veces- los alumnos aprenden y los docentes enseñan, en un contexto de vaciamiento de sentido de la educación, que se intentó imponer y que casi entró (por suerte, nada más que la puntita, y como dolió nos resistimos). A pesar de todo -y por suerte, a veces- las escuelas sirven para algo, que no es algo menor: infiltrar proyectos macabros, contrarrestar sus efectos, seguir enseñando y aprendiendo.
¿No sirve para nada? Pensálo mejor: sirvió para mucho, aunque por fuera de esa lógica que a lo mejor compraste, lógica naturalizada que te dice que algo (la educación, por ejemplo) tiene que servirte a vos, solito/a (cagáte en el resto) y ya mismo (sabías que vas a vivir muchos, muchísimos años, ¿no?). La educación no es solamente que vos hayas (o no hayas) aprendido algo: es eso, pero fundamentalmente intervenir hoy, tomar decisiones hoy, acerca de futuros que involucran a tus hijos/as y tus nietos/as inclusive: es algo bien, pero bien, bien político. ¿Viste que de política entendés mucho? ¿Viste que decís boludeces cuando decís que la política no te interesa?
Alguna vez haremos la tercera parte...
En aquel entonces, ciertos lineamientos ideológicos de base dieron como resultado cierto sistema educativo: (1) que había que obturar las experiencias secesionistas previas a 1853; (2) que de algún modo debía ser acotado el poderío de Buenos Aires; (3) que el mal que aquejaba a la Argentina era la extensión, y por lo tanto se debía poblar la pampa (y, de paso cañazo, apropiarse de la renta de la agricultura); (4) que tanto gaucho e indio suelto eran obstáculos para esta apropiación; y (5) que por una puta mala suerte del destino, Argentina era un país europeo anclado en América. Más adelante, se sumó el problema de la inmigración y la contaminación del ser nacional que esa inmigración provocaba (y provoca actualmente: pensemos qué se piensa de bolivianos, chinos, etc.)
Ante este análisis, el sistema educativo de la Generación del '80 se propuso: (1) centralizar la administración de la educación (sobre todo, la educación media, que proveía al Estado de pequeños burócratas, intelectuales, científicos, etc. -tengamos en cuenta que con la primaria, en aquel entonces, estaba ya más que bien formada (alfabetizada) una persona) para evitar la intromisión de las provincias y sus bárbaros caudillos; (2) diseminar escuelas en todo el país, en relación con (1); (3) importar educadores con ideas modernas, que transplanten acá ideas europeas y erradiquen las culturas bárbaras (autóctonas); (4) ampliar la base de la población alfabetizada, como modo de ilustrar al ciudadano (obviamente, burgués: recordá que hasta 1916 no votó jamás un analfabeto, y sólo desde 1951 vota la mujer, alfabetizada o no); (5) considerar la educación como la materialidad de la identidad nacional, con su nosotros (la civilización) y su otros (el gaucho, el indio) y su simbología fundacional (los próceres padres de la patria, el himno, la bandera, etc.); (6) esmerilar el poder terrenal de la iglesia católica, muy presente en la política autóctona desde siempre, logrando una especie de dogma laico entrelazado con ese Estado fundacional (se recita la Oración a la Bandera hasta hoy, deificando colectivamente un símbolo tal como se le reza a una divinidad).
Así fue como se establecieron los lineamientos del sistema educativo secundario en Argentina, y fundamentalmente su currículum, es decir, los contenidos para enseñar efectivamente en las aulas, los programas de estudio, que implicaron el recorte por el cual se daba, lógicamente, el entronque de nuestra nación con la alta cultura occidental greco-romana (excluida la cultura española, porque era la Madre Patria, y encima venida a menos en el siglo XIX). Hay una pasmosa coherencia cuando uno revisa los planes de estudio de esa época, en los que se verifica una cuidadosa selección y operación de legitimación incluso hasta en las lecturas, y en los recortes de qué textos/autores se debía leer y estudiar, y qué textos/autores quedaban excluidos.
Todo esto funcionó, digamos, hasta entrada la década de 1940, cuando un retoque menor dentro de este vasto sistema supuso, a partir de una nueva concepción del país, más industrial, el establecimiento de la educación secundaria técnica, siempre dentro de la égida de la Nación, para un país compuesto por aproximadamente diez millones de habitantes, todavía bastante desparramados en todo el territorio y sus ciudades. En el plano curricular, la ampliación de la burguesía, de la clase media, supuso la reformulación de contenidos, ahora ligados ya no a un país en formación, sino un país en que se estableció su tradición y en que se disputaba ingresar en ese podio del canon (disputa social que, obviamente, se tradujo con sus contradicciones en los currículos de la educación secundaria) La incorporación de la educación técnica, polivalente, o como se la llamara, fue el último gran cambio en el sistema educativo argentino.
Desde entonces, la educación sufrió cambios más o menos superficiales, más o menos cosméticos, aun cuando desde la década del '60 se comenzó a escuchar que la educación estaba en crisis. La mayoría de los cambios que cristalizó, en ese período, tuvo que ver con modificaciones en los planes de estudios y en los programas (actualizaciones de contenidos) y en los sistemas de evaluación. Fue en la década del '90 cuando se propuso, así declamada, la mayor reforma desde 1880. Aunque denominada transformación educativa, esta reforma supuso una puesta a punto entre el nuevo (y fatal) proyecto de país que se comenzó a fortalecer desde 1976, y el nuevo (y fatal) proyecto educativo, es decir: (1) el regreso a la economía primarizada; (2) la centralidad en la producción de bienes y servicios, de renta rápida, poca mano de obra intensiva y poca infraestructura, o muy tecnologizada; (3) la desarticulación y atomización de los factores de poder y de los colectivos sociales; (4) el abandono de cualquier proyecto de integración político-económica con Latinoamérica, ahora con la excusa de los procesos de globalización; y (5) la necesidad de calificación hiperespecializada de la mano de obra, concordante con la precarización y inestabilidad de esos saberes, en conjunción con un mercado laboral precarizado, inestable y -todos lo sabemos- escaso.
La diferencia entre aquel proyecto educativo, el de los '80 del siglo XIX, y el siguiente, de los '90 del siglo pasado, estuvo dada -creo- en la explicitación de los supuestos. En el XIX, lo que se decía que se esperaba de la educación era, más o menos, lo que se hacía; en el siglo XX, lo que se decía que se esperaba de la educación fue lo inverso de lo que en realidad se hizo y propició.
¿Por qué esta larga perorata histórica? Porque, a mi modo de ver, acá están los verdaderos "para qué" de la educación, los que todos, en tanto ciudadanos, tenemos que pensar y repensar. Cuando un alumno/a te pregunta, en clase, para qué aprendo esto, o para qué serviría en mi carrera, está -o debería estar- interpelando el proyecto educativo, que es lo mismo que decir el proyecto político.
La situación actual es que las acciones políticas de los '80 y los '90 llevaron a que la educación fuera percibida como el espacio simbólico en que la sociedad simplemente cumple con un requisito de acreditación, antes que cristalizar un proyecto (político) colectivo. Nadie se preguntaba por qué se estudiaba tal o cual contenido en -digamos- 1950, porque era obvio (estaba naturalizado) que eso que se estudiaba era el medio para. El vaciamiento del país, en toda dimensión posible en que pueda considerarse un saqueo, operado en la última década del siglo pasado implicó, en términos educativos, el borramiento de esa ilusión homogeneizadora, reparadora, igualizadora, de ascenso y movilidad social que tenía la educación: algo así como un no hay camino, macho, ahora mando yo y el juego es este: no sos nadie, ni valés nada; por lo tanto, no aprendés nada.
Pero, ¿es tan cierto esto? ¿Llegó a solidificarse ese proyecto de país en ese proyecto educativo? Las escuelas son como elefantes en un bazar, corriendo una carrera montado en una tortuga: los cambios son lentos, las macropolíticas se disuelven en la dinámica de lo cotidiano, y una sola década no llegó a garantizar que ese nuevo proyecto político-educativo se enraizara en lo concreto, en cada aula. A pesar de todo -y por suerte, a veces- las escuelas son espacios plagados de contradicciones donde las transformaciones diseñadas por los niveles centrales se cocinan a fuego muy lento, por lo que el proyecto neo-liberal no cuajó totalmente. A pesar de todo -y por suerte, a veces- las escuelas son resistentes a los cambios espasmódicos que en nuestro país pendulean cada diez o veinte años (la famosa falta de "políticas de estado") y son espacios muy poco porosos a estos cambios, aunque -paradójicamente- sí son permeables a las demandas sociales directas, sin las mediaciones de la burocracia educativa. A pesar de todo -y por suerte, a veces- las escuelas siguen siendo un espacio de contención en medio de una sociedad que fue compulsivamente rediseñada para el individualismo, para la no-contención, para la libre competencia (o sea, para el sálvese quien pueda y mátense entre todos,en definitiva). A pesar de todo -y por suerte, a veces- las escuelas quedan como el único refugio de la modernidad, en medio de una impronta postmoderna hipercomunicada, el espacio posible para los grandes relatos unificadores que -todavía- dan cuenta del mundo de la vida. A pesar de todo -y por suerte, a veces- los alumnos aprenden y los docentes enseñan, en un contexto de vaciamiento de sentido de la educación, que se intentó imponer y que casi entró (por suerte, nada más que la puntita, y como dolió nos resistimos). A pesar de todo -y por suerte, a veces- las escuelas sirven para algo, que no es algo menor: infiltrar proyectos macabros, contrarrestar sus efectos, seguir enseñando y aprendiendo.
¿No sirve para nada? Pensálo mejor: sirvió para mucho, aunque por fuera de esa lógica que a lo mejor compraste, lógica naturalizada que te dice que algo (la educación, por ejemplo) tiene que servirte a vos, solito/a (cagáte en el resto) y ya mismo (sabías que vas a vivir muchos, muchísimos años, ¿no?). La educación no es solamente que vos hayas (o no hayas) aprendido algo: es eso, pero fundamentalmente intervenir hoy, tomar decisiones hoy, acerca de futuros que involucran a tus hijos/as y tus nietos/as inclusive: es algo bien, pero bien, bien político. ¿Viste que de política entendés mucho? ¿Viste que decís boludeces cuando decís que la política no te interesa?
Alguna vez haremos la tercera parte...
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