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viernes, 7 de diciembre de 2007
Siguen las colaboraciones de Daniela de Turdera • Esta vez, la denuncia cede un poco el protagonismo a la intimidad, a la anécdota sabrosa • Regodeáte y enteráte qué hace (y cómo lo hace) Dani cuando no está por acá...
La semana pasada recibimos una invitación para participar en la conmemoración del 83° Aniversario de la Cámara Argentina de Comercio (CAC), agrupación que nuclea a cientos de cámaras sectoriales y regionales, extranjeras y binacionales, y a miles de empresas. La misión de esta Entidad consiste en “defender los intereses del conjunto de los empresarios, contemplando –por supuesto– el interés general”.
No estaba obligada a concurrir; demás está decir que sin mi presencia el evento se llevaría a cabo de todas formas, pero algo dentro de mí generaba esa inquietud que terminó con la acreditación al evento.
Martes, 18 horas, salida del trabajo. Nos acercamos humildemente a pie hasta el Hotel Sheraton junto a Mariana, una compañera de oficina. Majestuoso se veía de lejos. Luces, lujo, brillo, esplendor, estrellas (exactamente cinco estrellas). Era la primera vez que entraba a un hotel con semejantes características.
En el hall de entrada, nos recibieron elegantes y prolijos hombres; quienes nos indicaron que debíamos subir las escaleras que estaban a nuestra derecha, las que nos llevarían hasta el Salón El Libertador. Allí, unas diez chicas, vestidas en forma idéntica, se hacían responsables de dos o tres letras del abecedario para permitir la acreditación de los invitados en forma ordenada, según la inicial de su apellido. Al costado, la prensa también podía hacer lo mismo. Con solo identificarme, se me abrió paso a este nuevo mundo. “Adelante”, me dijo la responsable de la letra G.
Ya estábamos adentro. Aún no había demasiada gente, y las únicas “damas” ajenas a la organización éramos nosotras. En menos de diez minutos, la sala comenzó a llenarse. Algunas mujeres, y muchísimos hombres. Empresarios. Gente de plata, de poder. Personas instruidas, cultas, informadas, respetables, solemnes. ¡Qué presencias!. Muchos presidentes de las empresas más importantes de la Argentina y del exterior, muchos políticos nacionales y provinciales. Muchos empresarios. Entre ellos se daban “afectuosos y sinceros” saludos. Las conversaciones banales y superfluas eran constantes. Supongo que a eso le llaman “hacer sociales”. Todo era reluciente, refinado, delicado. Pura aristocrácia. Sonrisas por doquier.
El evento consistía principalmente en un “cocktail” (aprendí que ese vocablo de origen inglés debe ser pronunciado como palabra grave; si uno lo agudiza, pierde lo glamoroso), acompañado por las palabras del Presidente de la Cámara, Carlos de la Vega; el actual y futuro Ministro de Planificación, Julio De Vido; y el actual vicepresidente y gobernador electo de la Provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli. Cuando hablo de lujo, hablo de LUJO.
Copas de vino tinto y blanco de la Bodega neuquina auspiciante del evento recorrían el Salón principal. Nadie desperdiciaba el ofrecimiento del personal de catering. Una copa, dos copas y dos copas y dos copas. Ya empezaba a ver doble. Pero tuve la suficiente lucidez para escuchar los discursos. Comenzó De la Vega. No el zorro, pero no resultaría improcedente hacer una comparación (con las cualidades del animal, no con el personaje).
El presidente de la entidad comenzó señalando el crecimiento de la Argentina en los últimos años. Apuntó datos del “asombroso incremento del PBI”, de la “reducción de la desocupación” a un solo dígito, de la “disminución del nivel de pobreza e indigencia” y de la “recuperación del salario”. Continuó haciendo referencia a más números en las importaciones, en las exportaciones y en el superávit de las cuentas públicas. También mencionó la negociación de la deuda externa y a los “honrados” compromisos con el F.M.I. En fin, habló del conocido “crecimiento” de la economía nacional. No hacen falta más explicaciones.
Su discurso estaba inundado por distintas frases unidas como ser “acuerdos sociales”, “equilibrio”, “diálogo social”, “contribuciones” e “integración social”.
No faltó oportunidad para criticar a ciertos sectores políticos que “se preocupan más por detectar iniciativas empresarias exitosas para gravarlas con nuevos impuestos o tasas, antes que dar prioridad a la promoción de inversiones, la radicación de empresas y la creación de empleos”. Y al finalizar expuso que se buscará lograr “básicos sobre objetivos realistas y equitativos, que privilegien el bien común sobre las apetencias sectoriales, que permitan varias décadas de crecimiento, continuidad y estabilidad de las políticas, más allá de los gobiernos”; lo que significaría seguir ganando, esté quien esté en el sillón de Rivadavia.
Sin dejarme respirar aunque sea unos minutos de tanto país primer-mundista, De Vido tomó la palabra e inmediatamente empezó a repartir halagos a quien se cruzase por el escenario, e incluso a quienes no estaban allí. Relajante.
Y por último, Scioli. Con él sí estuve de acuerdo. Fue sensato. Entró en el recinto, se sentó en el asiento que ya tenía señalado, se levantó y se retiró. No expresó una sola palabra. No saludó ni felicitó. No hizo ni dijo nada. Supongo que algo de vergüenza ajena tuvo que haber sentido.
Finalizado los discursos, formalizaban la apertura del servicio de lunch. Quedé impresionada. No sólo por lo que servían, sino por la actitud de la gente de “buenos modales” con la que creí cruzarme en el hall principal, apenas llegué. Se produjo una especie de avalancha contra las mesas. No había respeto ni compasión. Al parecer solo había hambre. ¡Y yo que me preocupaba por cómo tenía que agarrar la copa de vino! Ahora sí puedo hablar de coctel. Nuevamente se me había engañado. Llegué a creer que ese nivel actitudinal de los empresarios podía mantenerse durante toda la noche. En absoluto. Logré descubrir que la primera apariencia con la que me encontré al llegar al hotel era sólo eso: una fachada. Era una de esas caras que veías a tu alrededor, estiradas, transformadas, irreales. Una máscara, que escondía lo que eran verdaderamente. Empresarios sí, pero con sus grandes penurias encubiertas.
Me fui mucho más distendida. Una es quien sabe que es, y tiene la fortuna de poder actuar y ser en función de eso, en todo momento y lugar. Sin necesidad de disimular. Me retiré del Hotel, esquivando los lujosos autos importados. Me fui a tomar el subte que me lleva hasta Plaza Constitución, y de allí hacer combinación con mi adorable Roca...
No estaba obligada a concurrir; demás está decir que sin mi presencia el evento se llevaría a cabo de todas formas, pero algo dentro de mí generaba esa inquietud que terminó con la acreditación al evento.
Martes, 18 horas, salida del trabajo. Nos acercamos humildemente a pie hasta el Hotel Sheraton junto a Mariana, una compañera de oficina. Majestuoso se veía de lejos. Luces, lujo, brillo, esplendor, estrellas (exactamente cinco estrellas). Era la primera vez que entraba a un hotel con semejantes características.
En el hall de entrada, nos recibieron elegantes y prolijos hombres; quienes nos indicaron que debíamos subir las escaleras que estaban a nuestra derecha, las que nos llevarían hasta el Salón El Libertador. Allí, unas diez chicas, vestidas en forma idéntica, se hacían responsables de dos o tres letras del abecedario para permitir la acreditación de los invitados en forma ordenada, según la inicial de su apellido. Al costado, la prensa también podía hacer lo mismo. Con solo identificarme, se me abrió paso a este nuevo mundo. “Adelante”, me dijo la responsable de la letra G.
Ya estábamos adentro. Aún no había demasiada gente, y las únicas “damas” ajenas a la organización éramos nosotras. En menos de diez minutos, la sala comenzó a llenarse. Algunas mujeres, y muchísimos hombres. Empresarios. Gente de plata, de poder. Personas instruidas, cultas, informadas, respetables, solemnes. ¡Qué presencias!. Muchos presidentes de las empresas más importantes de la Argentina y del exterior, muchos políticos nacionales y provinciales. Muchos empresarios. Entre ellos se daban “afectuosos y sinceros” saludos. Las conversaciones banales y superfluas eran constantes. Supongo que a eso le llaman “hacer sociales”. Todo era reluciente, refinado, delicado. Pura aristocrácia. Sonrisas por doquier.
El evento consistía principalmente en un “cocktail” (aprendí que ese vocablo de origen inglés debe ser pronunciado como palabra grave; si uno lo agudiza, pierde lo glamoroso), acompañado por las palabras del Presidente de la Cámara, Carlos de la Vega; el actual y futuro Ministro de Planificación, Julio De Vido; y el actual vicepresidente y gobernador electo de la Provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli. Cuando hablo de lujo, hablo de LUJO.
Copas de vino tinto y blanco de la Bodega neuquina auspiciante del evento recorrían el Salón principal. Nadie desperdiciaba el ofrecimiento del personal de catering. Una copa, dos copas y dos copas y dos copas. Ya empezaba a ver doble. Pero tuve la suficiente lucidez para escuchar los discursos. Comenzó De la Vega. No el zorro, pero no resultaría improcedente hacer una comparación (con las cualidades del animal, no con el personaje).
El presidente de la entidad comenzó señalando el crecimiento de la Argentina en los últimos años. Apuntó datos del “asombroso incremento del PBI”, de la “reducción de la desocupación” a un solo dígito, de la “disminución del nivel de pobreza e indigencia” y de la “recuperación del salario”. Continuó haciendo referencia a más números en las importaciones, en las exportaciones y en el superávit de las cuentas públicas. También mencionó la negociación de la deuda externa y a los “honrados” compromisos con el F.M.I. En fin, habló del conocido “crecimiento” de la economía nacional. No hacen falta más explicaciones.
Su discurso estaba inundado por distintas frases unidas como ser “acuerdos sociales”, “equilibrio”, “diálogo social”, “contribuciones” e “integración social”.
No faltó oportunidad para criticar a ciertos sectores políticos que “se preocupan más por detectar iniciativas empresarias exitosas para gravarlas con nuevos impuestos o tasas, antes que dar prioridad a la promoción de inversiones, la radicación de empresas y la creación de empleos”. Y al finalizar expuso que se buscará lograr “básicos sobre objetivos realistas y equitativos, que privilegien el bien común sobre las apetencias sectoriales, que permitan varias décadas de crecimiento, continuidad y estabilidad de las políticas, más allá de los gobiernos”; lo que significaría seguir ganando, esté quien esté en el sillón de Rivadavia.
Sin dejarme respirar aunque sea unos minutos de tanto país primer-mundista, De Vido tomó la palabra e inmediatamente empezó a repartir halagos a quien se cruzase por el escenario, e incluso a quienes no estaban allí. Relajante.
Y por último, Scioli. Con él sí estuve de acuerdo. Fue sensato. Entró en el recinto, se sentó en el asiento que ya tenía señalado, se levantó y se retiró. No expresó una sola palabra. No saludó ni felicitó. No hizo ni dijo nada. Supongo que algo de vergüenza ajena tuvo que haber sentido.
Finalizado los discursos, formalizaban la apertura del servicio de lunch. Quedé impresionada. No sólo por lo que servían, sino por la actitud de la gente de “buenos modales” con la que creí cruzarme en el hall principal, apenas llegué. Se produjo una especie de avalancha contra las mesas. No había respeto ni compasión. Al parecer solo había hambre. ¡Y yo que me preocupaba por cómo tenía que agarrar la copa de vino! Ahora sí puedo hablar de coctel. Nuevamente se me había engañado. Llegué a creer que ese nivel actitudinal de los empresarios podía mantenerse durante toda la noche. En absoluto. Logré descubrir que la primera apariencia con la que me encontré al llegar al hotel era sólo eso: una fachada. Era una de esas caras que veías a tu alrededor, estiradas, transformadas, irreales. Una máscara, que escondía lo que eran verdaderamente. Empresarios sí, pero con sus grandes penurias encubiertas.
Me fui mucho más distendida. Una es quien sabe que es, y tiene la fortuna de poder actuar y ser en función de eso, en todo momento y lugar. Sin necesidad de disimular. Me retiré del Hotel, esquivando los lujosos autos importados. Me fui a tomar el subte que me lleva hasta Plaza Constitución, y de allí hacer combinación con mi adorable Roca...
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jueves, 6 de diciembre de 2007
Algo extraño, muy extraño, que escribí hace mucho -no sé cuándo, no le puse fecha • Supuestamente, era el primer acto de algo que nunca seguí • Así como está es autónomo, pero... ¿es un cuento? • ¿Es teatro? • ¿Es un ave, es un avión?
Personajes:
(Interior de una casa. A la izquierda -del espectador- una puerta y, más atrás, una ventana con cortinas pesadas, opacas. A la derecha, otra ventana, con los mismos cortinajes. Atrás, dominando todo el fondo hay una pared blanca, con una arcada a cada lado. En ella cuelga un cuadro de la MADRE, que puede ser el retrato de Margarita Xirgu en la representación de La casa de Bernarda Alba, en Buenos Aires. Cierto sector del piso (donde apoya la pared) está sobrerrelieve. En la parte baja, levemente a la izquierda, hay una mesa y unas sillas, como un juego de jardín. La decoración general es sobria, con pocos elementos, algo abandonada, pero de buen aspecto general. Por las ventanas entra mucha luz (es media mañana) pero las cortinas la atenúan. Entra, por la puerta que da a la calle, el HIJO)
HIJO: -Madre, ya llegué.
(Viene enfundado con un sobretodo largo, bufanda y gorra. Así vestido, sólo tiene descubiertos apenas, los ojos)
HIJO: - No sabés la cantidad de gente que había hoy en las calles... ¿Qué fecha es ?...
(Deja las bolsas en el piso. Se saca la bufanda, el gorro y el abrigo, que deja en un perchero. Es bastante joven, y bien parecido. Todos sus parlamentos son tímidos e inseguros, como de alguien que intuye que está solo pero, de cualquier modo, se esforzara en hablar con alguien).
HIJO: -...La vi a Mercedes; cruzaba la calle. Por suerte, no me reconoció. Últimamente nadie me reconoce... Qué suerte, ¿no?. No quisiera tener que explicarle a nadie... (Cortándose de repente). No conseguí repollo, pero igual mucho no te gusta. A papá sí le gustaba... ¿Te acordás? ¡Cómo se enojaba si no comprabas! Esa vez que nos mandó a los dos a dormir, porque no teníamos la cena lista, con su ensaladita de repollo preparada...
(Ha ido diciendo esto, mientras sacaba las cosas de las bolsas. A partir de ahora, hablará yendo y viniendo hacia adentro, llevando los objetos, por una de las arcadas)
HIJO: -¿Vino alguien?. Bah, no sé para qué pregunto: nunca viene nadie. ¿El cartero?. ¿Quién nos va a mandar una carta?. La última fue la del estudio de los abogados esos. La rompí, ¿sabías?. Qué me importa lo que ellos digan. Si quieren hacer su negocio, que defiendan presos. A mí no me interesan sus sucesiones, timbres y sellos...
(Se sienta)
HIJO: -¡Ah!. Estoy molido... Y todavía queda preparar la comida... limpiar. (Entusiasmado). ¿Y si hoy no almorzamos?. ¿Vos tenés hambre?... Puedo cocinar algo rápido... ¿Qué te parece?. Mejor no, y a la noche hacemos una rica sopa...
(Se para. Intenta ir hacia adentro, pero se queda a medio camino. Se vuelve, desorientado)
HIJO: -Aunque, pensándolo bien, ¿qué voy a hacer toda la mañana?. Mejor cocino algo, así mato el tiempo... ¿Qué te parece?
(Vuelve a sentarse. Hace todo muy pausadamente: no tiene apuro)
HIJO: No sabés el calor que hace afuera... Ya comienzan los días lindos... Y yo con esta ropa, por la calle... ¿Hasta cuándo tengo que usarla?. Sí, no me lo digas... Siempre te pregunto lo mismo... Es que no me hago a la idea... Me canso de tener que ocultarme todo el tiempo... A veces quisiera que no hubiese pasado; pero todos cargamos con algo. Si pudiera dejar de esconderme... (habla en una ensoñación) Si pudiera salir desnudo a la calle... ¡Qué risa me daría!. "Mirá, mami -dirían los nenes- ese señor con esa cosa". Ja ja... Las viejas horrorizadas contestarían "No mires, nene; caca, caca. Eso contagia". Y yo andaría por ahí, con mi cruz a cuestas y a la vista... (Volviendo a la realidad) No hubo cura, ¿no?. Pero, por lo menos, algo... qué sé yo; una forma de disimularlo. Es tan feo andar oculto... Eso te lo debo a vos, madre. Me enseñaste a esconderme. Yo hubiera querido salir desnudo, madre, y no me dejaste: me hiciste miedoso, le temo a la calle. Y yo hubiera querido ser como todos, madre (cada vez más encolerizado). Madre: es un reproche; yo hubiera querido ser como todos, pero me hiciste así, y ahora ya es tarde, ahora ya no sé cómo sería una vida al desnudo... (Dulce) ¿Te acordás cuando íbamos al cine, cuando era chico?. Yo era como todos, y pensaba que sería siempre así... Y quizás ya llevaba el germen adentro, ese bichito que fue anidándose, y me fue llevando a esto. ¿Hubiera podido cargar mi peso, madre? (Enojado) ¿Hubiera?. Nunca me lo respondiste. Pero me escondiste, eso sí, bien guardado: que los demás no se enteren. "Es por tu protección -me decías" ¿Protegerme era esconderme, madre?. Era protegerte, a vos, temerosa, prejuiciosa. Yo quizás hubiera podido; no me ayudaste. (Cada vez más enojado y con rencor seco, áspero). A veces me miro al espejo y pienso si yo mismo debo verme, y me asusto. Soy la bestia, y no sé si soy esa bestia en el espejo, si es ese cuerpo, si en realidad soy o me hicieron. No tengo amigos. Los fue dejando... "Es por tu bien" me decías. ¿Era por mi bien?. ¿Éste es el bien que me dejaste?. (Parándose en un arrebato) Esto es mi bien. (Girando rápido sobre sí mismo, extendiendo los brazos, como en cruz) Véanlo todos, La vida ha hecho esto de mí. Cada hueso mío, cada parte de mi cuerpo se pudre sin remedio, y mi madre dice "Es por tu bien". (En un arranque de furia correrá hacia el cuadro mientras dice) A veces creo que te odio. (Se para frente al cuadro). Sí. A veces creo que te odio con toda mi alma, con toda la podredumbre que ocultaste en mí. (Toma el cuadro violentamente, con ambas manos, le pega un puñetazo a la foto y la arroja al piso con furia). Y no poder gritar a los cuatro vientos: "Mírenme. No soy extraño..." (dulce) "...No soy extraño" (Confundido, casi llorando, mirando al cuadro destruido en el piso). ¿Madre?. (Se acerca hacia el cuadro) ¿Madre?. No quise hacerlo. (Cada vez más fuerte) ¿Madre?. ¿Madre?. ¿Mamá?. (Arrodillado frente al cuadro, llorando) ¿Mami? (Gritando desconsolado, de frente al público) ¿Mamá?
- Hijo
- Madre
(Interior de una casa. A la izquierda -del espectador- una puerta y, más atrás, una ventana con cortinas pesadas, opacas. A la derecha, otra ventana, con los mismos cortinajes. Atrás, dominando todo el fondo hay una pared blanca, con una arcada a cada lado. En ella cuelga un cuadro de la MADRE, que puede ser el retrato de Margarita Xirgu en la representación de La casa de Bernarda Alba, en Buenos Aires. Cierto sector del piso (donde apoya la pared) está sobrerrelieve. En la parte baja, levemente a la izquierda, hay una mesa y unas sillas, como un juego de jardín. La decoración general es sobria, con pocos elementos, algo abandonada, pero de buen aspecto general. Por las ventanas entra mucha luz (es media mañana) pero las cortinas la atenúan. Entra, por la puerta que da a la calle, el HIJO)
HIJO: -Madre, ya llegué.
(Viene enfundado con un sobretodo largo, bufanda y gorra. Así vestido, sólo tiene descubiertos apenas, los ojos)
HIJO: - No sabés la cantidad de gente que había hoy en las calles... ¿Qué fecha es ?...
(Deja las bolsas en el piso. Se saca la bufanda, el gorro y el abrigo, que deja en un perchero. Es bastante joven, y bien parecido. Todos sus parlamentos son tímidos e inseguros, como de alguien que intuye que está solo pero, de cualquier modo, se esforzara en hablar con alguien).
HIJO: -...La vi a Mercedes; cruzaba la calle. Por suerte, no me reconoció. Últimamente nadie me reconoce... Qué suerte, ¿no?. No quisiera tener que explicarle a nadie... (Cortándose de repente). No conseguí repollo, pero igual mucho no te gusta. A papá sí le gustaba... ¿Te acordás? ¡Cómo se enojaba si no comprabas! Esa vez que nos mandó a los dos a dormir, porque no teníamos la cena lista, con su ensaladita de repollo preparada...
(Ha ido diciendo esto, mientras sacaba las cosas de las bolsas. A partir de ahora, hablará yendo y viniendo hacia adentro, llevando los objetos, por una de las arcadas)
HIJO: -¿Vino alguien?. Bah, no sé para qué pregunto: nunca viene nadie. ¿El cartero?. ¿Quién nos va a mandar una carta?. La última fue la del estudio de los abogados esos. La rompí, ¿sabías?. Qué me importa lo que ellos digan. Si quieren hacer su negocio, que defiendan presos. A mí no me interesan sus sucesiones, timbres y sellos...
(Se sienta)
HIJO: -¡Ah!. Estoy molido... Y todavía queda preparar la comida... limpiar. (Entusiasmado). ¿Y si hoy no almorzamos?. ¿Vos tenés hambre?... Puedo cocinar algo rápido... ¿Qué te parece?. Mejor no, y a la noche hacemos una rica sopa...
(Se para. Intenta ir hacia adentro, pero se queda a medio camino. Se vuelve, desorientado)
HIJO: -Aunque, pensándolo bien, ¿qué voy a hacer toda la mañana?. Mejor cocino algo, así mato el tiempo... ¿Qué te parece?
(Vuelve a sentarse. Hace todo muy pausadamente: no tiene apuro)
HIJO: No sabés el calor que hace afuera... Ya comienzan los días lindos... Y yo con esta ropa, por la calle... ¿Hasta cuándo tengo que usarla?. Sí, no me lo digas... Siempre te pregunto lo mismo... Es que no me hago a la idea... Me canso de tener que ocultarme todo el tiempo... A veces quisiera que no hubiese pasado; pero todos cargamos con algo. Si pudiera dejar de esconderme... (habla en una ensoñación) Si pudiera salir desnudo a la calle... ¡Qué risa me daría!. "Mirá, mami -dirían los nenes- ese señor con esa cosa". Ja ja... Las viejas horrorizadas contestarían "No mires, nene; caca, caca. Eso contagia". Y yo andaría por ahí, con mi cruz a cuestas y a la vista... (Volviendo a la realidad) No hubo cura, ¿no?. Pero, por lo menos, algo... qué sé yo; una forma de disimularlo. Es tan feo andar oculto... Eso te lo debo a vos, madre. Me enseñaste a esconderme. Yo hubiera querido salir desnudo, madre, y no me dejaste: me hiciste miedoso, le temo a la calle. Y yo hubiera querido ser como todos, madre (cada vez más encolerizado). Madre: es un reproche; yo hubiera querido ser como todos, pero me hiciste así, y ahora ya es tarde, ahora ya no sé cómo sería una vida al desnudo... (Dulce) ¿Te acordás cuando íbamos al cine, cuando era chico?. Yo era como todos, y pensaba que sería siempre así... Y quizás ya llevaba el germen adentro, ese bichito que fue anidándose, y me fue llevando a esto. ¿Hubiera podido cargar mi peso, madre? (Enojado) ¿Hubiera?. Nunca me lo respondiste. Pero me escondiste, eso sí, bien guardado: que los demás no se enteren. "Es por tu protección -me decías" ¿Protegerme era esconderme, madre?. Era protegerte, a vos, temerosa, prejuiciosa. Yo quizás hubiera podido; no me ayudaste. (Cada vez más enojado y con rencor seco, áspero). A veces me miro al espejo y pienso si yo mismo debo verme, y me asusto. Soy la bestia, y no sé si soy esa bestia en el espejo, si es ese cuerpo, si en realidad soy o me hicieron. No tengo amigos. Los fue dejando... "Es por tu bien" me decías. ¿Era por mi bien?. ¿Éste es el bien que me dejaste?. (Parándose en un arrebato) Esto es mi bien. (Girando rápido sobre sí mismo, extendiendo los brazos, como en cruz) Véanlo todos, La vida ha hecho esto de mí. Cada hueso mío, cada parte de mi cuerpo se pudre sin remedio, y mi madre dice "Es por tu bien". (En un arranque de furia correrá hacia el cuadro mientras dice) A veces creo que te odio. (Se para frente al cuadro). Sí. A veces creo que te odio con toda mi alma, con toda la podredumbre que ocultaste en mí. (Toma el cuadro violentamente, con ambas manos, le pega un puñetazo a la foto y la arroja al piso con furia). Y no poder gritar a los cuatro vientos: "Mírenme. No soy extraño..." (dulce) "...No soy extraño" (Confundido, casi llorando, mirando al cuadro destruido en el piso). ¿Madre?. (Se acerca hacia el cuadro) ¿Madre?. No quise hacerlo. (Cada vez más fuerte) ¿Madre?. ¿Madre?. ¿Mamá?. (Arrodillado frente al cuadro, llorando) ¿Mami? (Gritando desconsolado, de frente al público) ¿Mamá?
TELÓN RÁPIDO
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X
Su hijo es un monstruo señora un monstruo abusa de mi hijo mi hijito que tiene nueve años se mete en mi casa le hace bueno usted ya sabe no hace falta que le explique señora lo que esa bestia le hace a mi hijo y yo que no estoy en todo el día pero le aviso señora le aviso y escuchemé bien porque Facundo es lo único que me queda y voy a a pelear con toda mi furia me entiende le meto tres tiros se lo acuchillo señora yo se lo mato escuchemé bien no quiero que pase ni siquiera por el frente de casa su hijo me entendió que ni se asome porque se queda sin hijo señora y digaseló a su marido para que le explique qué hacen los hombres señora bah su hijo un hombre su hijo es una mierda señora y si no se lo mato le juro por lo que más quiera que se lo hago pudrir en la cárcel
XI
Viejo, tengo que hablarte, viejo, despertáte, viejo, te digo que es importante, che, dale... Vino la Chiche, che, y dijo algo asqueroso, algo del Gonzalo... Viejo, ¿me escuchás?. Pero, che, al fin y al cabo también es tu hijo, aunque no lo podás dominar. Che, viejo, vino la Chiche, y dice que Gonzalo se lo mueve, el asqueroso, viejo, el nene nos salió trolo. Ahí entra, viejo, ¿le hablás vos o le digo yo? No, cómo que después, dejá de dormir, che, cómo que no es el momento... ¿Qué querés, dejarlo para el postre?. ¡Gonzalo, vení para acá!. Vino la Chiche, ¿qué le hacés a su hijo vos, degenerado? ¡No ves que es un nene, tiene nueve años, hijo de puta! ¿No tenés vergüenza vos? Te aprovechás porque el nene no tiene padre y de tanto estar entre mujeres le salió amanerado a la Chiche. Trolo, trolo de mierda, ¿qué le hacés al Facundito de la Chiche?
XII
¿Así que está viviendo en la casa de los López? Buena gente los López, aunque medios solitarios. Venían poco al pueblo, la mujer y las hijas no faltaban nunca a misa, pero el viejo aparecía poco; a veces se tomaba unas cañas en el bar y veía jugar a las cartas. Lo invitaban pero hacía que no con la cabeza, se mandaba la copita y salía, como si se hubiera asustado por la invitación o como si de repente se hubiera acordado que tenía que volver a su casa –Este es más callado que el viejo– ¿Bueno qué otra cosita quiere llevar?
El almacenero, fuerza viva de Montecarlo, acomodaba sobre el mostrador las cosas, indispensables, mínimas necesidades para subsistir; el empleado de la inmobiliaria llegó a husmearlas y la decepción por la frugalidad de los alimentos pedidos, por la previsilidad de la compra, que hacían de Leonardo casi un habitante más, desde siempre, nacido y criado en Montecarlo, lo llevó a pensar que había sido una mala idea hacerle de chofer a este porteñito creído que ni se interesaba por integrarse a su nuevo lugar ni se desarmaba en pasos en falso propios de un inexperto capitalino. Cuando Leonardo pagó, cargó las cosas sin saludar, con una mueca que no se esforzó demasiado en ser gentil, y salió hacia el auto, sin siquiera mirar al ocasional chofer. Éste lo siguió, con efusiones para el tendero, y subió al auto.
–¿Le hago una recorrida por el pueblo, maestro?
–Prefiero llegar pronto– contestó sin descifrar, sin advertir -o intuyéndola pero sin darle importancia- la entonación sarcástica en el maestro con que lo habían designado.
–Mire que no siempre voy a estar yo para llevarlo, no soy remisero. Igual no hay mucho para ver.
Sin esperar respuesta, empezó: ahí está el banco, de 8 a 13; allá el correo; ahí tiene un supermercado bastante completo, allá hay unos billares, “Bola 8”, ¿ve?. Si sigue por esta calle, que se llama Blandengues, acuérdese, para abajo, hay una casa de techo en aguas, aparentemente una casa de familia, pero si mira bien las ventanas nunca se abren: es la casa de la Loly, las chicas de ahí son limpias, ¿me entiende?, nada que ver con otros puteríos… Lástima que esté tan metido en el centro, pero… Igual se puede entrar por los fondos, que dan al parque, es lo mejor para que no te vean, eso. La otra vez salía el intendente, tan en pedo estaba que salió a las 9 de la noche por la puerta principal, por Blandengues. Quiso explicar que entró para ver si se estaba dañando la moral y el orden públicos, pero se le trababan las palabras y no tuvo más remedio que irse rápido. Y pobre tipo, la mujer es diputada, está en Posadas, viene cada tanto. La misma mina seguramente se lo perdonó, porque bueno, el hombre es hombre… Y de última lo otro fueron habladurías, ¿me entiende? Cada uno que te la cuenta te la vende cambiada, y si fuera por todos los que dicen que estaban ahí, en el pueblo ese día no había nadie laburando, no estaba ninguno en su casa... Qué sé yo, esas cosas son delicadas, porque… ¿quién no pasó alguna vez por un puterío, maestro? Como dice el dicho, el que esté libre de culpas que dispare el primer tiro.
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lunes, 3 de diciembre de 2007
Efectos de edición o la verdadera cara del voto (foto de Cristina a cara lavada)
0 Respuestas/comentarios Publicado por Esteban Cid a las 22:23Sin comentarios • Nuestra futura presidenta, tal como la vida la trajo al mundo
Esta foto apareció en Bloc de periodistaEtiquetas de esta entrada: Mass-media
Palabras a la madre que se ha jubilado
1 Respuestas/comentarios Publicado por Esteban Cid a las 17:50Este viernes 30 de noviembre, mi vieja se jubiló • La homenajearon con una fiesta de despedida en la escuela donde fue directora durante 15 años • Estas son las palabras que me hicieron decir • Como me gustaron, las comparto • Ya se van a jubilar ustedes, también, algún día...
Es curioso. Me acaban de presentar como el director de la E. S. B. Nº 25 pero acá, para todos, soy "el hijo de Susana". Será por eso que cuento con varias ventajas esta noche, en este acto: por suerte no estamos acá para celebrar que mi madre se jubile… como madre. O sea que ustedes van a dejar de escuchar los clásicos “piruli”… tal cosa, pero yo no voy a dejar de oír en todo momento “nene”… tal otra.
Tengo otra ventaja a mi favor: conozco mucho de lo que aquí se vivió, aun cuando jamás trabajé en este lugar. Si es cierto que esta escuela es una especie de fraternidad profesional, en buena medida me siento parte de ustedes, un pariente lejano quizás, porque la 148 estuvo presente en mi propia familia desde antes, incluso, de que Susana Díaz ocupara esta Dirección: ya deseaba trabajar acá cuando todavía lo hacía en otras escuelas.
Otras ventajas son íntimas y personales: las opiniones acerca de hechos, situaciones y personas de esta escuela. Todos sabemos que se junta un grupo de docentes y hablan de eso, de su ser docente. Imagínense todos los temas que hablaríamos en casa los tres, docentes todos en escuelas de la zona.
En la trayectoria de mi madre, vista desde mi lugar de hijo, puedo leer un poco qué pasó con la educación en estos últimos veinte años. Qué fue y qué nos queda. Desde cuando todavía ser director era algo parecido a un título nobiliario, algo “importante” que se adosaba al nombre y engrosaba la dignidad de la persona, a hoy, cuando ser director es intentar construir un liderazgo, siempre fugaz, en los equipos de trabajo de la escuela, en el medio de problemas, problemas, y… problemas.
Es probable que cualquiera de los docentes que tuve en mi vida, de los que nada supe después, esté ya jubilado o jubilada. Por eso quiero rememorar acá, porque es propicia la ocasión, a mi primera maestra.
Suele decirse que la maestra es la segunda madre. Yo tengo pantallazos de recuerdos de ella: era joven, tenía el pelo como se usaba en esa época, morocha y alta, muy alta. La veo dulce y seria, ayudándome con las sutilezas del eme más a ma, eme más e me, etc. Y las sumas y las restas, con palitos, le pido al compañero y cuántos caramelos me quedan.
Yo escribo con la mano izquierda, y nuestro sistema de escritura fue inventado por diestros. O por zurdos, pero en épocas en que con los rollos y las tablillas no se sufría como ahora. Las hojas quedan simpáticamente decoradas con “orejas”, en mis tiempos hasta se compraban “orejeras” para evitarlas. Mi primera maestra, con devoción, me arrancaba las hojas borroneadas, y me exigía pasarlas prolijamente. Ni hablar cuando empecé con la lapicera de pluma fuente… Mi leal compañero era, debía ser, el papel secante. Y mi primera maestra controlaba mis progresos, y a veces hasta me daba algún amoroso tironcito de pelo, para que fuera prolijo.
No estoy diciendo que yo fuera un santo: si Freire escribió la pedagogía del oprimido, mi primera maestra podría haber postulado, teniéndome como caso testigo, la pedagogía del forajido. Vivía de florero en Dirección porque, misterios de la educación, pararte una hora o más en la puerta de ese despacho te llena de influjos benévolos que deberán transformarte en un buen pibe… Recuerdo una vez, en particular, en la que mi primera maestra pasó por allí, por la galería donde estaba yo parado, en penitencia, y con esas caras que sólo se ponen frente al forajido acorralado me dijo: “Ya vas a ver…” Y eso era todo: aprendí con ella el valor de los implícitos, aprendí el significado y el peso de cada palabra y de cada silencio.
Mi primera maestra, más allá de las anécdotas que relaté, me mimaba bastante. Supo acompañarme en el camino de la vida, cerca para sostenerme, lejos sin dejar de acompañar mis pasos. Lo que cada uno de nosotros entienda por la idea de una infancia feliz, eso es lo que mi primera maestra me dio.
Hay algo que sí me interesa rescatar, porque tiene mucho que ver con el hecho de que estemos hoy acá. Mi primera maestra fue, también, la primera que se opuso tenazmente a que yo fuera docente. Recuerdo que una tarde, contento, muy contento, se lo anuncié: cuando sea grande quiero ser maestro. Me miró muy seria, se sentó, y me puso la mano en el hombro, como pensando una respuesta, un argumento. Yo, que esperaba su aprobación inmediata, intuí en ese gesto algo malo. Le dio forma en su mente a una cruda verdad, enunciada con toda la atenuación posible, con toda la metáfora de que fue capaz: Te vas a cagar de hambre, me dijo. Y me abrazó, como sabiendo que no me había convencido; sé que orgullosa en su interior.
Y así es como llego hoy, acá. En la celebración de que la directora de la 148 se está jubilando. Y diciéndole a ella, delante de todos ustedes, que también la quieren bien, que es mentira que la maestra sea la segunda madre. Porque en mi caso, esta noche, como dije, juego con ventajas: mi primera maestra fuiste vos, vieja. Vos que hoy, para mí, por suerte, no te jubilás.
Tengo otra ventaja a mi favor: conozco mucho de lo que aquí se vivió, aun cuando jamás trabajé en este lugar. Si es cierto que esta escuela es una especie de fraternidad profesional, en buena medida me siento parte de ustedes, un pariente lejano quizás, porque la 148 estuvo presente en mi propia familia desde antes, incluso, de que Susana Díaz ocupara esta Dirección: ya deseaba trabajar acá cuando todavía lo hacía en otras escuelas.
Otras ventajas son íntimas y personales: las opiniones acerca de hechos, situaciones y personas de esta escuela. Todos sabemos que se junta un grupo de docentes y hablan de eso, de su ser docente. Imagínense todos los temas que hablaríamos en casa los tres, docentes todos en escuelas de la zona.
En la trayectoria de mi madre, vista desde mi lugar de hijo, puedo leer un poco qué pasó con la educación en estos últimos veinte años. Qué fue y qué nos queda. Desde cuando todavía ser director era algo parecido a un título nobiliario, algo “importante” que se adosaba al nombre y engrosaba la dignidad de la persona, a hoy, cuando ser director es intentar construir un liderazgo, siempre fugaz, en los equipos de trabajo de la escuela, en el medio de problemas, problemas, y… problemas.
Es probable que cualquiera de los docentes que tuve en mi vida, de los que nada supe después, esté ya jubilado o jubilada. Por eso quiero rememorar acá, porque es propicia la ocasión, a mi primera maestra.
Suele decirse que la maestra es la segunda madre. Yo tengo pantallazos de recuerdos de ella: era joven, tenía el pelo como se usaba en esa época, morocha y alta, muy alta. La veo dulce y seria, ayudándome con las sutilezas del eme más a ma, eme más e me, etc. Y las sumas y las restas, con palitos, le pido al compañero y cuántos caramelos me quedan.
Yo escribo con la mano izquierda, y nuestro sistema de escritura fue inventado por diestros. O por zurdos, pero en épocas en que con los rollos y las tablillas no se sufría como ahora. Las hojas quedan simpáticamente decoradas con “orejas”, en mis tiempos hasta se compraban “orejeras” para evitarlas. Mi primera maestra, con devoción, me arrancaba las hojas borroneadas, y me exigía pasarlas prolijamente. Ni hablar cuando empecé con la lapicera de pluma fuente… Mi leal compañero era, debía ser, el papel secante. Y mi primera maestra controlaba mis progresos, y a veces hasta me daba algún amoroso tironcito de pelo, para que fuera prolijo.
No estoy diciendo que yo fuera un santo: si Freire escribió la pedagogía del oprimido, mi primera maestra podría haber postulado, teniéndome como caso testigo, la pedagogía del forajido. Vivía de florero en Dirección porque, misterios de la educación, pararte una hora o más en la puerta de ese despacho te llena de influjos benévolos que deberán transformarte en un buen pibe… Recuerdo una vez, en particular, en la que mi primera maestra pasó por allí, por la galería donde estaba yo parado, en penitencia, y con esas caras que sólo se ponen frente al forajido acorralado me dijo: “Ya vas a ver…” Y eso era todo: aprendí con ella el valor de los implícitos, aprendí el significado y el peso de cada palabra y de cada silencio.
Mi primera maestra, más allá de las anécdotas que relaté, me mimaba bastante. Supo acompañarme en el camino de la vida, cerca para sostenerme, lejos sin dejar de acompañar mis pasos. Lo que cada uno de nosotros entienda por la idea de una infancia feliz, eso es lo que mi primera maestra me dio.
Hay algo que sí me interesa rescatar, porque tiene mucho que ver con el hecho de que estemos hoy acá. Mi primera maestra fue, también, la primera que se opuso tenazmente a que yo fuera docente. Recuerdo que una tarde, contento, muy contento, se lo anuncié: cuando sea grande quiero ser maestro. Me miró muy seria, se sentó, y me puso la mano en el hombro, como pensando una respuesta, un argumento. Yo, que esperaba su aprobación inmediata, intuí en ese gesto algo malo. Le dio forma en su mente a una cruda verdad, enunciada con toda la atenuación posible, con toda la metáfora de que fue capaz: Te vas a cagar de hambre, me dijo. Y me abrazó, como sabiendo que no me había convencido; sé que orgullosa en su interior.
Y así es como llego hoy, acá. En la celebración de que la directora de la 148 se está jubilando. Y diciéndole a ella, delante de todos ustedes, que también la quieren bien, que es mentira que la maestra sea la segunda madre. Porque en mi caso, esta noche, como dije, juego con ventajas: mi primera maestra fuiste vos, vieja. Vos que hoy, para mí, por suerte, no te jubilás.
Etiquetas de esta entrada: Biografía polifónica
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