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Actualizaciones en lo que va del tiempo:

• El diálogo • Viejas locas • "Presidenta" (O cómo intentar el ninguneo incluso desde el nombre) • Perdonar es divino • Carta abierta a Fito • Macri y su viento en la cola • Soy empleado estatal • Consideración de la luna en el poniente • Ya tengo mis bodas (y mis bolas) de porcelana • Eros • Sacalo Crudo • Avisos clasificados, rubro "Varios" •Piza, birra, faso (soneto estrafalario) • Varela Varelita • Indómito destino




jueves, 18 de septiembre de 2008

Las encuestas, 8

Ya habíamos dicho que, cumplido el añito del Blog, no haríamos balances • He aquí, entonces, el comentario acerca de las encuestas del período


1) ¿Cuál de los siguientes figurones nacionales le está faltando a Tinelli para "Patinando por un sueño"?

Eduardo Feinmann
1 (5%)
María Martha Serra Lima
2 (11%)
Lía Crucet
3 (16%)
Carlos Saúl M.
4 (22%)
L. Carrió
1 (5%)
Santo Biasatti
1 (5%)
Mario Pergolini
2 (11%)
El mismísimo Tinelli
4 (22%)
Votos: 18

No hay caso, el público de este Blog es morboso... ¿Qué tiene que hacer el pobre Sultán de Anillaco en una pista de patinaje? Lo suyo son las pistas de aterrizaje, aunque deberían ser los barrotes. La sanción social debería de ser algo más que mofarse por su caída en una actuación televisiva (ya que tuvo varias, y ni se inmutó) En igual porcentaje, nuestras visitas consideraron que Tinelli, el conductor/productor del programa, debería de hacerlo. Le estamos tirando la idea: él verá. Si mide, seguramente lo hace, como ha hecho tantas indignidades en la pantalla. Sugeriríamos que fuera una pista de patinaje sobre hielo bien, pero bien quebradiza, y que las aristas de hielo estuvieran bien, pero bien filosas. Para más rating, ¿viste?
Ver balancear a Lía Crucet entre el hielo sería algo surrealista, pero simpático. Igual redimo a la Tetamanti, mentora de tantas ensoñaciones, fantasías y poluciones adolescentes... La pobre María Martha Serra Lima sería algo parecido, pero como no "mentó" nada a ningún adolescente (dicen que a Sandro: dicen), la mandamos a la pista sin remordimientos.
Creo que los que eligieron a Mario Pergolini fueron los que tuvieron una mentalidad más "televisiva". Si lo anterior es fruto del encono o de la mofa, esto sería pura evaluación objetiva de resultado del espectáculo televisivo. Igual, el añejo Pergolini no participaría (por ahora) Santo Biasatti tiene menos gracia que chupar un cubito de esa pista de hielo, así que menos mal que lo votó una sola persona; y a Lilita "Parravicini" Carrió mejor no verla... ni en estampitas. Al Edu Feinmann me encantaría verlo patinando, pero con los viejos patines de tierra, con calzs fucsias, peluca dorada y... en el barrio Don Juan, acá en Lafe.


2) Teniendo en cuenta el proyecto oficial para despenalizar el consumo personal de marihuana, según tu opinión

Se deberían despenalizar todos los consumos de drogas (es decir, penalizar al traficante pero asistir al adicto)
6 (40%)
Se deberían legalizar todas las drogas (es decir, comprar/vender libremente)
0 (0%)
Se debería despenalizar sólo el consumo de "drogas blandas"
0 (0%)
Se deberían legalizar sólo las "dorgas blandas"
1 (6%)
No se debería despenalizar ningún consumo
2 (13%)
No se debería legalizar ninguna droga
1 (6%)
Se debería penalizar todavía más, incluyendo las "dorgas sociales" legales (alcohol, tabaco)
0 (0%)
Se debería ilegalizar todavía más, incluyendo las "drogas sociales" (alcohol, tabaco)
0 (0%)
No sabe / No contesta
0 (0%)
Dejá de joder y armá otro porro...
5 (33%)
Votos: 15


¡Bien! ¡Qué bonito! Tenemos una manga de lectores/as que quieren que drogarse en paz sin que los lleven, y que en todo caso se coma el garrón quien se la vendió... Ni hablar de los/las que no respondieron y se fueron a buscar el "liyo" (lo "argentinizo" así, ya que aunque sería lillo (pape+lillo), esta palabra surgiría del argot rioplatense, donde la "ll" se ortografiza "y") La encuesta, tendenciosa como pocas, lo admito, polarizó entre todos/as los que pidieron el "yerba power" y tres almas impolutas que no quieren que se legalice o despenalice ningún consumo ni droga. Parece que la prédica del filósofo argentino contemporáneo Álvarez está dando efecto...


3) Al terminar una relación sentimental estable, en tu parecer lo mejor es:

No mantener ningún tipo de vínculo: "ya fue; murió para mí"
3 (23%)
Mantener y/o intentar mantener una relación de amistad
0 (0%)
Mantener y/o intentar mantener una relación de sencilla cordialidad
7 (53%)
Alguna de las dos anteriores, pero en realidad estar viendo qué hace y con quién
1 (7%)
La anterior, pero sólo para hablar mal a esas personas de tu ex
0 (0%)
Voltearte a todos sus amigos/as y/o conocidos/as, como para que pruebe su medicina o sufra como perro/a
1 (7%)
Voltearte a medio mundo, pero con ajenos/as a los círculos, como para que no se entere
0 (0%)
Votos: 13

Esta encuesta es una especie de profecía autocumplida, y no se me canta explicar por qué. Arrasó lo "políticamente correcto", es decir, el apego por la urbanidad y las buenas costumbres... Sólo quiero decir que cuando la pensé creía eso pero... ¡qué lindas son todas las demás!


4) Un simple ciudadano quiere declarar su pesimismo y desasosiego. ¿Con cuál de las siguientes opciones expresa correctamente su primer motivo?


Primeramente, tengo la convicción que el país quedó devastado para siempre
2 (15%)

En primer término, tengo la convicción de que el país quedó desvastado para siempre
3 (23%)

En primer término, tengo la convicción de que el país quedó desvastado por siempre
2 (15%)

En primer término, tengo la convicción de que el país quedó devastado por siempre
3 (23%)

Primeramente, tengo la convicción que el país quedó desvastado por siempre
2 (15%)

Votos: 13

Llegamos a la más linda: vos y tu lengua. Las cuestiones aquí involucradas son:
• *Primeramente: aunque frecuente, no existe este pseudo-ordinal, lo cual se corrobora intentando establecer la serie correlativa que implicaría: primeramente, segundamente, terceramente, etc. Utilícese entonces en primer lugar, o en primer término, etc.
• *Convicción que / convicción de que: el queísmo (algo de lo que hablamos anteriormente) es, a estas alturas, más que evidente; por lo tanto, excúsenme de reiterar argumentos
Devastado / *desvastado: por algún extraño motivo, ciertas gentes agregan esa s entre la base y el prefijo, pero la forma correcta es devastado, participio de devastar, cultismo que nos viene del latín devastäre
• Para / por: aquí volvemos a abogar por el correcto uso estilístico y/o gramatical de las preposiciones, tan marginales, tan minoría en el imperialismo nominal y verbal. Para significa, de modo fundamental, la finalidad de algo, generalmente una acción. Esta finalidad puede entenderse como un uso, para una capacidad, etc. Es raro que denote 'lugar' o 'tiempo', significaciones que poseen sus preposiciones específicas; y si lo hace, es marcando ese lugar o tiempo como el fin de ese espacio o período (lo haré para Pascuas, por ejemplo) En este caso particular, "siempre" no puede ser considerado como el fin de un período sino, obviamente, como la infinitud de tal lapso, motivo por el cual es más sutil, exacto y exquisito, el uso de por.

Nos vemos en la próxima

Continuamos con la serie de publicaciones relacionadas con los "lugares comunes" acerca de la educación • Hoy quisiera que charláramos acerca de la "excelencia" y de los colegios privados


Según contaba mi viejo, cuando él era chico (hizo la primaria en la época del primer peronismo: llevó luto cuando murió Evita, tuvo un maestro que no quiso ponérselo y perdió el puesto, etc.), estudiar en una escuela pública era estudiar en una escuela "de calidad". Y viceversa: estudiar en un colegio privado era cosa de chantas, de reos sin redención, algo fácil y muy mal visto. Y no estamos hablando del Nacional Buenos Aires: él estudió la primaria y la secundaria en la zona de Devoto-Villa Luro-Liniers. Según les voy a contar a mis descendientes, cuando yo era chico (hice la primaria cuando promediaba la dictadura militar, con cancioncita todas las mañanas durante la Guerra de Malvinas), estudiar en una escuela pública era, todavía, ir a una escuela de calidad, y la opción de un colegio privado era -como fue siempre- una decisión confesional (siempre hablando de escuelas medio-pelo, escuelas de barrio) Según mis descendientes les van a contar a los suyos, cuando ellos hayan sido chicos las poquitas escuelas estatales que ofrecían una educación más o menos digna eran islitas dentro de un sistema diezmado y destruido. Y viceversa: estudiar en un colegio privado era percibido como la mejor opción para padres preocupados por sus hijos.

•••••

¿Qué evalúa una familia (qué evalúa una sociedad) cuando considera a qué escuela irán sus hijos? ¿Qué es la tan mentada "calidad" en la educación? Muchos padres asumen que el parámetro es que los docentes no falten: que no se enfermen, que no hagan paros, que tengan suplente rápido. Algunos o muchos de esos padres, en tanto padres, están invisibilizados en sus familias, por ejemplo, por sobreempleo, o se ausentan en sus trabajos cuando se enferman, o hacen paros. Pero el docente es un sacerdote de su vocación... Y por un trabajo de cuatro horas y tres meses de vacaciones, ¿qué más quiere? Otras familias toman en cuenta que los aprendizajes son mensurables, y asumen como criterio de medición las carpetas. Hacen una especie de relación directa que podría resumirse en: a carpetas abultadas, mucho estudio, y a mucho estudio, aprendizajes de calidad. Una clase de química en el laboratorio podría llevar a muchísimos aprendizajes, ya que cierto alumno podría mezclar y probar combinaciones de elementos de modos distintos, por su cuenta si quieren (el profesor faltó, pongámosle). Aprendería a formular hipótesis, controlar variables, confrontar resultados y establecer conclusiones. Todo eso en dos horas. Además, incorporaría cuestiones específicas de la química, amén de esas estrategias cognitivas de las que hablábamos antes: por ejemplo, a combinar nitroglicerina y bióxido de silicio. Y de pasó haría explotar ese laboratorio en el que se encontraba. Como verás, "aprendió" muchas cosas, pero en su carpeta sólo anotaría: trinitrato de 1,2,3-propanotriol / 4C3H5(NO3)3 (l) + SiO2. En realidad, ni siquiera haría falta esa carpeta, porque lo encontraría en Internet, como lo hice yo hace cinco minutos.

•••••

Un concejal recién llegado a cualquier Concejo Deliberante sabe que, en forma urgente, tiene que organizar empresas que terminen siendo prestatarias o contratistas de los negocios del municipio al que pertenece y a las que él, como concejal y como bloque, decidirá y autorizará. Los "cargos políticos" tienen ese no-sé-qué-qué-sé-yo en los cuales, aun cuando no transes con coimas y chanchullos, igual te llenás de guita. Hace un tiempo comenté que, según una alta fuente del gobierno municipal de La Matanza, las obras de ampliación de la Ruta 3 se detuvieron, en una primera etapa, porque la empresa que ganó la licitación era del Sultán de Anillaco, y que se frenó directamente en el Ministerio de Planificación, el cual impugnó y reacomodó las cosas para que el negocio quedara en k-asa. Un "cargo político" en educación tiene los mismos requisitos y los mismos conflictos de intereses. Acá en La Matanza ha habido casos antológicos de cierto Jefe de Inspectores de Rama Media casado con cierta representante legal de un colegio secundario privado de la zona de Laferrere, instituto que creció exponencialmente en el período en que su esposo supervisó ese mismo nivel educativo. Hay casos de directores de Polimodales públicos que a su vez son directores y/o representantes legales (dueños) de Polimodales privados, en la misma zona de influencia (yo hablo por Clemente, pero hay muchísimos). O estuvo Alfredito, un director de escuela media que supuso que podría construir su propio colegio distrayendo cositas de la obra de la escuela estatal que él dirigía (lamentablemente para él, se reincorporó Jorgito, el titular de ese cargo, y no sólo no pudo edificar su propia empresa, sino que tuvo que contemplar cómo el regresado se hacía, así de la nada, de una flota inicial de seis taxis, que a los seis meses le dio otros seis, y así exponencialmente)

•••••

Todos los colegios privados (con mínimas excepciones) están subvencionados por el Estado, o sea, entre todos pagamos el ciento por ciento de los gastos de planta funcional (sueldos). Al representante legal (el "dueño") le queda asumir los gastos "operativos", tales como luz, gas, limpieza, etc. Generalmente, estos gastos son solventados a partir de pagos especiales (las "extraprogramáticas"), venta exclusiva de uniformes y distintivos, bonos contribuciones, etc. Esta misma lógica funciona en las escuelas públicas: el Estado se hace cargo de los sueldos, y los gastos operativos quedan a cargo de las Asociaciones Cooperadoras cuyo objetivo es, como su nombre lo indica, cooperar, pero jamás el de sostener la escuela pública ni mucho menos el de lucrar con ella.

En los '90, la Ley Federal de Educación consolidó legalmente lo que Austin nos había enseñado en los '60: que decir es hacer y, de este modo, al declarar que las escuelas eran todas "públicas" y que se diferenciaban sólo por su "gestión" (escuelas públicas de gestión estatal / escuelas públicas de gestión privada), hizo que "lo público", es decir, lo que sostenemos todos porque es de todos, se ampliara. La consecuencia, que jamás se ensayó ni se previó legalmente, es que siendo un colegio privado parte de lo público, pues entonces debería la comunidad educativa tener instancias de control, participación y decisión en dichas instituciones, algo que, por supus gordi, no ocurre. Dicho de otro modo: los colegios privados son "públicos" en cuanto a la responsabilidad del Estado pero "privados" en cuanto al manejo, las decisiones y las ganancias. El Estado, entonces, es responsable primero en ambos casos. Cuando alguien opta por un colegio privado, porque la escuela estatal es mala, está mandando a su hijo/a a una escuela del Estado, paradójicamente.

Vale decir que la inversión que hace 30 ó 40 años se hacía, y que iba directamente a cada escuela pública (y en definitiva a cada alumno), ahora está diversificada, ya que sostiene dos circuitos: en uno, el dueño o representante legal hace la diferencia, la plusvalía; en el otro, los funcionarios suprainstitucionales abultan los montos y -creatividades bonaerenses mediante- no "se quedan con el vuelto" sino con la cuenta completa (el "vuelto", con suerte, es lo que llega a las escuelas). Sin embargo, y como decíamos antes, como la escuela estatal sí fue, es y será parte de "lo público", en ella sí se dan instancias de participación, control y decisión, y no sólo de los docentes, sino de los padres y de la comunidad educativa en general. Los paros, las tomas de edificio, etc., son dos entre las múltiples interpelaciones que las comunidades educativas se realizan a sí mismas y al Estado, algo que, sin dudas, en tanto "valor" es mucho más "valioso" de aprender que el hecho de que el dueño haga y deshaga a su antojo. En definitiva, las escuelas públicas están para que cambiemos nuestra realidad y nuestro futuro, y son un semillero de participación para personas que, aunque la ley no los consagre aún como ciudadanos, participan como tales en sus ámbitos. Y si las escuelas públicas no son esto, es por simple desidia, pero están dadas las condiciones: algo que está obturado de antemano en un colegio privado.

•••••

Si querés estudiar, tenés que estudiar, podríamos concluir. Siempre ocurrió que se estudiaba en, sobre, y por debajo de la institución "escuela". Cuando hablamos de "estudiar", abarcamos ciertas aptitudes, condiciones,
actitudes, posibilidades y facilitaciones, todas ellas bien materiales. La cuestión de "escuela pública" o "colegio privado" tiene que ver con los circuitos de ganancia y corruptela, que se sostienen creando en el imaginario social la idea de que en los colegios privados la clase media/medio-alta puede estudiar tranquilita y anestesiada, mientras el vecino pobre de la cuadra "va a la estatal". En ambos casos, el que instruye y destruye es el Estado. En ambos casos, los requisitos para el ingreso en la docencia son los mismos (en los privados, incluso, son mucho más laxos, ya que entran estudiantes con el solo designio del representante legal, y todos lo hacen por "colocación directa", es decir, no hay concurso de títulos ni actos públicos de oposición). Y en ambos casos, hecho fundamental, el docente que quiere realmente "abrir cabezas" lo hace, y el alumno/a que quiere "pensar" también lo hace. ¿Cuál es la diferencia, entonces? Que en la escuela pública, (que es verdaderamente nuestra,) nosotros, ese colectivo amplio que nos involucra a todos, podemos meternos y transformar. Y eso no se hace con uniformes Rebelde Way. Lo otro... Lo otro es pura apariencia, pura pantomima mientras se abultan los bolsillos de los empresarios farsantes.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Abandonamos el fantástico y volvemos a la narrativa de los '60-'70. Y regresamos con Walsh, quien por muchos motivos abarca buena parte de las claves de lectura de la literatura de este período.

El cuento que sigue está íntimamente vinculado con los hechos (y relatos) en torno al destino del cadáver de Eva Duarte, "Evita", luego de la dictadura militar de 1955. Y esto es, en sí mismo, una clave de interpretación de la historia reciente. Por ello, creo, aparece "innominado" en el texto, en tanto el proceso de construcción de ese mito excede el anclaje que un cuento en particular pudiera dar de él. Por otra parte, el sintagma "esa mujer" era, despectivamente, el modo de designar a Eva Duarte que tenían las burguesías urbanas que la aborrecían.

El cuento es en realidad un diálogo. Un diálogo de sordos, podríamos agregar, es decir, un diálogo en el que cada cual utiliza los dichos y posicionamientos del otro para sostener los suyos y creerlos confirmados en, por, o contra el otro. Es un diálogo casi onírico, una situación de tensión permanente en la cual los preconceptos, los implícitos, valen y pesan su espesor en lo explícito, en lo dicho.

Dentro de mi biblioteca, no puedo dejar de leer este cuento sin atravesarlo (ay, Bajtin, Bajtin, para qué inventaste la polifonía) con algunos textos de Perlongher. Pero eso se viene en la próxima...


Esa mujer
El coronel elogia mi puntualidad:
­Es puntual como los alemanes ­dice.
­O como los ingleses.
El coronel tiene apellido alemán.
Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.
­He leído sus cosas ­propone­. Lo felicito.
Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.
Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido.
El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga.
Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.
Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra.
El coronel sabe dónde está.
Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen y Cantón. Sonrío ante el Jongkind falso, el Fígari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.
El bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.
­Esos papeles ­dice.
Lo miro.
­Esa mujer, coronel.
Sonríe.
­Todo se encadena ­filosofa.
A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal está rajada. El coronel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba.
­La pusieron en el palier. Creen que yo tengo la culpa. Si supieran lo que he hecho por ellos, esos roñosos.
­¿Mucho daño? ­pregunto. Me importa un carajo.
­Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Tiene doce años ­dice.
El coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento.
Entra su mujer, con dos pocillos de café.
Contale vos, Negra.
Ella se va sin contestar; una mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. Su desdén queda flotando como una nubecita.
­La pobre quedó muy afectada ­explica el coronel­. Pero a usted no le importa esto.
­¡Cómo no me va a importar!... Oí decir que al capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia después de aquello.
El coronel se ríe.
­La fantasía popular -dice-. Vea cómo trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen más que repetir.
Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa.
-Cuénteme cualquier chiste -dice.
Pienso. No se me ocurre.
­Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostraré que estaba inventado hace veinte años, cincuenta años, un siglo. Que se usó tras la derrota de Sedán, o a propósito de Hindenburg, de Dollfuss, de Badoglio.
-¿Y esto?
­La tumba de Tutankamón -dice el coronel-. Lord Carnavon. Basura.
El coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda.
-Pero el mayor X tuvo un accidente, mató a su mujer.
­¿Qué más? ­dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso.
-Le pegó un tiro una madrugada.
­La confundió con un ladrón ­sonríe el coronel . Esas cosas ocurren.
­Pero el capitán N. . .
­Tuvo un choque de automóvil, que lo tiene cualquiera, y más él, que no ve un caballo ensillado cuando se pone en pedo.
­¿Y usted, coronel?
­Lo mío es distinto ­dice­. Me la tienen jurada.
Se para, da una vuelta alrededor de la mesa.
­Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir la historia. A lo mejor la va a escribir usted.
­Me gustaría.
­Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero sí ante la historia, ¿comprende?
­Ojalá dependa de mí, coronel.
­Anduvieron rondando. Una noche, uno se animó. Dejó la bomba en el palier y salió corriendo.
Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores.
-Mire.
A la pastora le falta un bracito.
­Derby -dice. Doscientos años.
La pastora se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El coronel tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida.
­¿Por qué creen que usted tiene la culpa?
­Porque yo la saqué de donde estaba, eso es cierto, y la llevé donde está ahora, eso también es cierto. Pero ellos no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió.
El coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método.
-Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel.
­¿Qué querían hacer?
­Fondearla en el río, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en ácido. ¡Cuanta basura tiene que oír uno! Este país está cubierto de basura, uno no sabe de dónde sale tanta basura, pero estamos todos hasta el cogote.
­Todos, coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper todo.
-Y orinarle encima.
­Pero sin remordimientos, coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! -digo levantando el vaso.
No contesta. Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan azul mercurio. De a ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueño. El coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa.
­Esa mujer ­le oigo murmurar­. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada.
El coronel bebe. Es duro.
­Desnuda ­dice­. Éramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitán de navío, y el gallego que la embalsamó, y no me acuerdo quién más. Y cuando la sacamos del ataúd -el coronel se pasa la mano por la frente­, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso...
Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del coronel es casi invisible. Sólo el whisky brilla en su vaso, como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos. La puerta del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierto más cerca. El enorme edificio cuchichea, respira, gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvientas, Y ahora el coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la escalera, donde no hay absolutamente nadie y regresa despacio, arrastrando la metralleta.
­Me pareció oír. Esos roñosos no me van a agarrar descuidado, como la vez pasada.
Se sienta, más cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparecido y el coronel divaga nuevamente sobre aquella gran escena de su vida.
­...se le tiró encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones. Le di una trompada, mire -el coronel se mira los nudillos­, que lo tiré contra la pared. Está todo podrido, no respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad?
­No.
­Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor.
Vuelve a servirse un whisky.
­Pero esa mujer estaba desnuda -dice, argumenta contra un invisible contradictor-. Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano.
Bruscamente se ríe.
­Tuve que pagar la mortaja de mi bolsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra.
Repite varias veces "Eso le demuestra", como un juguete mecánico, sin decir qué es lo que eso me demuestra.
-Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llamé a unos obreros que había por ahí. Figúrese como se quedaron. Para ellos era una diosa, qué sé yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.
­¿Pobre gente?
­Sí, pobre gente.­El coronel lucha contra una escurridiza cólera interior­. Yo también soy argentino.
­Yo también, coronel, yo también. Somos todos argentinos.
­Ah, bueno ­dice.
­¿La vieron así?
­Sí, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo...
La voz del coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez más rémova encuadrada en sus líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción o qué. Yo también me sirvo un whisky.
­Para mí no es nada -dice el coronel­. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y hombres muertos. Muchos en Polonia, el 39. Yo era agregado militar, dése cuenta.
Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas más hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no me da... Con un solo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua.
­A mí no me podía sorprender. Pero ellos...
­¿Se impresionaron?
­Uno se desmayó. Lo desperté a bofetadas. Le dije: "Maricón, ¿ésto es lo que hacés cuando tenés que enterrar a tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo." Después me agradeció.
Miró la calle. "Coca" dice el letrero, plata sobre rojo. "Cola" dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa crece, círculo rojo tras concéntrico círculo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo. "Beba".
­Beba ­dice el coronel.
Bebo.
­¿Me escucha?
-Lo escucho.
Le cortamos un dedo.
­¿Era necesario?
El coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la alza.
­Tantito así. Para identificarla.
-¿No sabían quién era?
Se ríe. La mano se vuelve roja. "Beba".
­Sabíamos, sí. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico, ¿comprende?
­Comprendo.
-La impresión digital no agarra si el dedo está muerto. Hay que hidratarlo. Más tarde se lo pegamos.
­¿Y?
­Era ella. Esa mujer era ella.
­¿Muy cambiada?
­No, no, usted no me entiende. lgualita. Parecía que iba a hablar, que iba a... Lo del dedo es para que todo fuera legal. El profesor R. controló todo, hasta le sacó radiografías.
­¿El profesor R.?
-Sí. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacía falta alguien con autoridad científica, moral.
En algún lugar de la casa suena, remota, entrecortada, una campanilla. No veo entrar a la mujer del coronel, pero de pronto esta ahí, su voz amarga, inconquistable.
­¿Enciendo?
­No.
­Teléfono.
­Deciles que no estoy.
Desaparece.
­Es para putearme ­explica el coronel-. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.
-Ganas de joder ­digo alegremente.
­Cambié tres veces el número del teléfono. Pero siempre lo averiguan.
­¿Qué le dicen?
­Que a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos. Basura.
Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano.
­Hice una ceremonia, los arengué. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy a enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme.
El coronel está de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre él como grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata.
­La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiéndola, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tapé con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban qué era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de la Libertad.
Ya no sé dónde está el coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal vez ambula entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la cuna, remedios, cigarrillos, vida, muerte.
-Llueve -dice su voz extraña.
Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión.
­Llueve día por medio ­dice el coronel-. Día por medio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano.
Dónde, pienso, dónde.
­¡Está parada! -grita el coronel­. ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!
Entonces lo veo, en la otra punta de la mesa. Y por un momento, cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lágrimas le resbalan por la cara.
­No me haga caso -dice, se sienta­. Estoy borracho.
Y largamente llueve en su memoria.
Me paro, le toco el hombro.
­¿Eh? -dice­ ¿Eh? -dice.
Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido.
-¿La sacaron del país?
-Sí.
­¿La sacó usted?
­Sí.
-¿Cuántas personas saben?
­DOS.
­¿El Viejo sabe?
Se ríe.
-Cree que sabe.
­¿Dónde?
No contesta.
­Hay que escribirlo, publicarlo.
­Sí. Algún día.
Parece cansado, remoto.
­¡Ahora! ­me exaspero­. ¿No le preocupa la historia? ¡Yo escribo la historia, y usted queda bien, bien para siempre, coronel!
La lengua se le pega al paladar, a los dientes.
-Cuando llegue el momento... usted será el primero...
­No, ya mismo. Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera.
Se ríe.
­¿Dónde, coronel, dónde?
Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntarme quién soy, qué hago ahí.
Y mientras salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras mi dedo índice inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras sé que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del coronel me alcanza como una revelación.
­Es mía -dice simplemente­. Esa mujer es mía.

Lo saqué de acá

lunes, 15 de septiembre de 2008

Mi amiga Silvia

Mi amiga Silvia a veces firma como "Silvia", y a veces como "yo", según con cuántos fantasmas esté luchando. Si es un hermoso día de sol ella va a estar triste y si es un día nublado, también, porque la tristeza, como la alegría, le vienen de adentro y no de afuera.

Mi amiga Silvia es hábil como el halcón frente a la presa, pero se deja atrapar como un pichón frente al ave que la rapiña, porque la vida es así de contradictoria y ella carga dialécticamente con esas fuerzas en su interior.

Mi amiga Silvia dice que extraña a Esteban y cuando le respondo que yo también añoro a ese que llaman "Esteban", ella opta por decirme que me extraña, a secas.

Mi amiga Silvia es otra sobreviviente de sí misma, y eso nos reúne cada día.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Para todos aquellos/as que lo son, o los que quieren serlo "cuando sean grandes"... FELIZ DÍA. Olvidemos que conmemoramos a Sarmiento, y escuchemos a un verdadero maestro