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miércoles, 27 de febrero de 2008
Chico tiraba piedras a autos y lo hieren de tres tiros
3 Respuestas/comentarios Publicado por Esteban Cid a las 14:55Buenos Aires, 20 de febrero (Télam).- Un adolescente de 15 años que arrojaba piedras contra los autos que pasaban por una ruta provincial en el partido de Florencio Varela fue herido de tres balazos por un conductor que se enojó por la rotura de su parabrisas.
Fuentes policiales informaron que el episodio ocurrió esta madrugada en la ruta provincial 53 entre las calles 1314 y 1316 de ese partido del sur del conurbano, donde quedó herido de tres tiros el chico, mientras otros dos amigos del muchacho herido resultaron ilesos.
El episodio se originó cerca de las dos de esta madrugada cuando el adolescente y dos amigos comenzaron a arrojar piedras contra los autos que pasaban por la ruta, en la entrada al barrio Paraná, de la localidad de La Capilla.
Según las fuentes, los vehículos son habitualmente atacados a piedrazos en esa zona por chicos que aprovechan para robar a los automovilistas que se detienen y, luego, se refugian en las casas del asentamiento.
Los investigadores determinaron que esta madrugada, los chicos atacaron a al menos cinco automóviles, uno de ellos un auto rojo al cual le rompieron el parabrisas.
Ante esa situación, el conductor de ese vehículo retomó la ruta en sentido contrario hasta donde se hallaban los adolescentes y comenzó a disparar con un arma de fuego.
Fuentes policiales confirmaron que el chico de 15 años recibió un balazo en la cadera, otro en la pierna izquierda y otro en el brazo derecho.
El adolescente fue trasladado de inmediato a un centro asistencial de la zona, donde permanece internado aunque aparentemente fuera de peligro, dijeron las fuentes consultadas.
Al momento de ser interrogado por los médicos del centro asistencial, el chico dijo que había sido baleado al quedar en medio de un tiroteo entre policías y ladrones, pero luego los pesquisas determinaron que los balazos los recibió tras atacar a piedrazos al conductor.
En tanto, el conductor del auto huyó del lugar tras el ataque a balazos, por lo que está siendo buscado intensamente por la policía.
Los investigadores buscaban hoy testigos del hecho que pudieran aportar datos sobre el automóvil.
El caso es investigado por personal de la comisaría 5 de Florencio Varela y por un fiscal de turno del Departamento Judicial de Quilmes.
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sábado, 9 de febrero de 2008
– Eh, loco, ¿qué pasa?
– No aguanto más estar adentro, Tito. ¿Cómo hacés vos para estar siempre pila acá?
– No sé. Capaz que porque ya no pienso dónde estoy
– Pero… yo no puedo. Estamos todo el día al pedo, de acá para allá, no podés no pensar. Yo te juro, no quiero pensar pero así de repente me acuerdo algo y ya empiezo qué estará haciendo mi abuela, qué estarán haciendo los locos en el barrio
– Bueno pero otra no te queda, si no te tenés que matar.
– O pirarte a la mierda de acá…
– Sí, también pero es un bardo eso. Y un garrón si te vuelven a agarrar.
– Sos un cagón
– Eh ¿qué pasa, Lalo? Cagón no soy, te digo las cosas de frente. Vos porque… ¿cuánto hace que entraste? ¿Seis meses?
– Sí, maso.
– Bueh, mirá, yo ya hace once meses que estoy acá, y me quedan uno más. Si me limo la cabeza ahora…
– Bueno, vos porque salís… Un año se pasa re rápido…
– Seh
– Yo estuve pensando algo, ¿sabés?
– Algo… ¿qué?
– Para pegarme el palo de acá
– ¿Posta?
– Seh, no es tan difícil me parece…
– Te jugás la vida, Lalo
– Y si acá igual la vida se me pudre, Tito
– Bueno, pero…
– No jodas, me hacés ¿la segunda?
– No sé, Lalo, la verdad no sé
– Pasáme un careta, dale, cagón
– No soy cagón, boludo… Pero… cómo vas a hacer, ¿eh? A ver
– No te cuento una mierda, seguro me mandás al frente vos, cagón
– ¿Qué onda, gil, me llamás buchón?
– Y si arrugás… Tengo una idea re piola y vos me decís que te vas a quedar acá…
– ¿Y para qué querés que me raje con vos?
– No sé, te digo la verdad, no sé. A veces pienso que sos la única persona que tengo, ¿entendés? Con vos hablo piola, nos entendemos, te conté todo lo de mi viejo y no delirás, qué sé yo… ¿Vistes cuando tenés algo polenta y todos quieren tenerlo y vos te lo encanutás? ¿Vistes que sentís que todos te envidian y vos vas y se lo prestás solamente a uno, y los demás se ponen de la nuca? Yo ahora tengo un re plan, Tito, pero… lo pensé para los dos… Sos lo único que tengo…
– No digas eso, salame. Tu abuela… Vos me dijiste que tu abuela…
– ¡Vieja chota que ni vino!
– Dale tiempo… Mirá… Yo… cuando … a los cinco seis meses de estar acá… también no aguantaba… quería matar a todos acá… y yo nunca bajé a ninguno… mis causas ya las conocés…
– Jaja, sí, rastrero roñoso… Acá el expediente poronga es el mío…
– Dale, pillo, qué te hacés… si sabrías en serio no estarías acá…
– Ya voy a aprender, gil, tengo un plan.
– Metéte el plan en el orto, si no me lo querés contar. Bueh, te decía… yo acá tampoco aguantaba una, son una manga de soretes todos, ni ranchear piola podés… Una manga de pendejos que se hacen los polenta… Vos por lo menos vas a ir a Batán, ahí te hacés hombre…
– O te cagan partiendo
– Y sí, pero ahí… si te hacés respetar…
– Yo no voy a ir a Batán, Tito, no voy a ir a Batán.
– Bueh, te decía… A los cinco meses maso, estaba re pelotudo acá… Lloraba… No le digas a nadie acá, no sabés cómo lloraba, parecía una mina…
– Yo también lloro a veces acá
– Sí, ¿te pensás que no me di cuenta?
– Ja, ¿qué sos psicólogo ahora?
– No boludo, pero estás durmiendo abajo, te escucho…
– Qué chabón raro que sos… Acá el que llora cagó… y vos…
– Sos un amigo, loco… Y yo no soy un violín…
– ¿Y vos por qué llorabas?
– …
– Eh, ¿vos por qué llorabas?
– Pasa que cuando entré, me creía re pija… Pero estaba re verde… Y bueh… ¿Viste el gil que anda todo el tiempo con la gorra, el Chómpiras?
– Seh
– Ése me agarró a la semana, una tarde, en las duchas…
– Qué hijo de puta, ¿en serio?
– ¿Qué te pensás, que te voy a mentir con eso?
– No… Sí… Bah, qué sé yo… ¿Entonces… vos…? ¿Y cómo zafaste?
– La primer vez pensé Y bueh se sacó la ganas ya está Pero no acá te agarran una vez como hembra y después cagaste hasta que no aparezca otro no zafás
– Yo entré y ninguno se mandó ninguna
– Vos entraste bien, piola. Nos avisaron que entrabas vos, el de la tele, ¿entendés? Acá ninguno tiene causa por achurar a los viejos…
– Jajajaja qué hijo de puta. Y te hacías el que no sabía nada y me preguntabas por qué caí y todo eso los primeros días.
– Era para hacer amistad, ¿qué querés que te diga eh, loco, sos re pillo, ranchá conmigo así de una?
– …
– …
– ¿En qué pensás?
– Nada ¿Y vos por que llorás, Lalo?
– No sé. Eso es lo peor. No sé qué mierda lloro. No hay nada afuera que realmente extrañe, los pibes son todos boludos, mis viejos… Bueno, ya sabés… Mi abuela, qué sé yo… La escuela, una mierda, siempre me suspendían, me echaban… Pero por lo menos afuera, qué sé yo… la peleás
– Sí, pero si salís, ¿vos te pensás que alguien te va a dar bola? No vas a poder laburar, a tu casa ni hablar, es el primer lugar donde van a estar los ratis buscándote… Encima, ¿vos te pensás que salís de acá y no pasa nada? De nuevo en la tele…
– Me chupan un huevo
– Sí, pero ¿qué vas a hacer?
– VAMOS a hacer…
– No, yo no sé Lalo… Al pedo jugármela…
– Por mí, loco, ¿no te la jugarías por mí? Si a vos tampoco tus viejos te vienen a ver, vos tampoco tenés nada…
– ¡Por eso! ¿Qué voy a salir, a chetear de nuevo a viejas en una esquina hasta que me agarren? Si cumplo la condena, qué sé yo…
– La cumplís y nadie te va a dar cabida igual, ni tus viejos, ni para laburar… Vas a terminar afanando de nuevo, y de nuevo adentro
– ¿Y vos cómo vas a vivir eh?
– Yo me voy a la mierda, ya lo pensé, me voy a Paraguay
– Jaja sí, así nomás de repente
– En serio. Allá sí cambio, hago otra vida… Acá nunca voy a poder
– ¿Y con qué vas a ir?
– Bueno, esa va a ser mi primer vez y mi última vez…
– No te entiendo
– Salgo, hago una bien bien piola, un buen despelote, que me deje buena guita, y me piro a Paraguay
– En una semana estás de nuevo acá ¿Te pensás que la gente no te conoce?
– Ya fue, hace seis meses…
– Sí, puede ser…
– Dale, veníte conmigo, sos lo único que tengo, Tito… Si fueras una mina… Me caso con vos, jajaja
– Tocá de acá, gil, yo no me la como… Vos vas a ser la mujer
– Ni en pedo, acá el que tiene el culo roto sos vos, pibe
– Tomatelás… ¡Forro, para qué mierda te cuento!
– Una joda, Tito… Dale, veníte conmigo.
– Si ni me contaste cómo mierda vas a hacer.
– No es difícil, escuchá…
Era un día de insoportable calor de diciembre. Leonardo había estado las seis noches anteriores en vela, durmiendo entrecortadamente, cuando podía, entre libros, apuntes, imágenes, y más libros. Patología II era complicada, todos lo sabían, y había que dedicarle tiempo. Dos días enteros pasó sin ver a Sofía, encerrado con Álvarez estudiando, leyendo y viviendo apenas. A los ojos de cualquier desprevenido, era un fantasma, un dejo espectral de sí mismo, demacrado y absorto.
Se hablaban por teléfono con llamadas rápidas, en las que ella prestaba su oído a nombres interminables y enfermedades extrañas y síntomas exóticos; Leonardo, a cambio, escuchaba de ella las visicitudes del guion que debía terminar urgentemente y de un profesor de Historia del cine que se mofaba permanentemente de sus alumnos y alguna que otra anécdota similar. Él rendiría su último examen el 19 de diciembre; ella tendría que presentar el 22 su guion. A ambos convenía esta exigua separación, pero Leonardo la sufría como el peor de los obstáculos dentro de su carrera, la peor situación, la pregunta más complicada de su examen: hasta tal punto se había acostumbrado, ya, a entender la vida como un conglomerado de hechos y de voces en las que, invariablemente, estaba –o debía estar– Sofía.
La madrugada del 19, Leonardo decidió que era un buen momento para terminar con los libros: de nada sirve estudiar a partir de ahora, un médico también se recibe con un cuatro, se dijo, recordando, una vez más, una conversación con Sofía. Esas charlas eran curiosas, porque ella aportaba la irrealidad propia del arte, y él pretendía las pruebas irrefutables de la empiria. A ambos gustaba el hecho de azuzar al otro, con frases más convincentes y absolutas que valederas. La que Leonardo recordó esa madrugada, en particular, quedó por mucho tiempo como un eco irresuelto en su mente, aunque obviamente frente a ella la redujo a un puñado de falacias: No puede ser que un médico, alguien que resuelve si vivo o si muero, se haya recibido con un promedio de cuatro en su carrera, Leonardo; alguien que sabe un cuarenta por ciento de lo que tendría que haber aprendido pretende curarme, le había arrojado, Sofía, a la cara, divertida, burlona. Prefiero un cineasta –continuó– que aprendió el cuarenta por ciento: ahí el único problema es volver a la boletería y exigir que te devuelvan la plata de la entrada.
Leonardo cerró el libro que para ese momento era, no cabía dudas, un mamotreto de datos incomprensibles, y se dispuso a darse una ducha. El agua caía pesada sobre su espalda contracturada, sobre sus brazos debilitados y cansados, las musculosas piernas que no soportaban el peso de su cuerpo. El examen sería al mediodía, por suerte, y tendría tiempo de dormir, o al menos de retomar su estadía en el mundo de los vivos.
Salió del baño mojado y desnudo, evitando mojar los papeles desparramados en su departamento chiquito de estudiante universitario. A la vez que caminaba a la cocina se iba secando el cuerpo, retirando como una turba enfurecida las gotas de agua que habían decidido alojarse, plácidas, en cada uno de los vellos de su cuerpo. Si pretendía tomar este lapso como un momento de relajamiento anterior al final, no lo estaba logrando, pues actuaba con la aceleración propia de quien decidirá, en unas horas, su suerte, su destino. Actuaba acelerado, frenético, ansioso: prendió la hornalla mientras también encendía un cigarrillo mientras ponía la pava al fuego mientras también pensaba que cuando Sofía quedara embarazada dejaría el cigarrillo mientras terminaba de secarse el cuerpo mientras se debatía en llamarla o no llamarla mientras también preparaba el mate mientras iba al baño a dejar la toalla húmeda mientras repasaba si había memorizado bien las enfermedades que producía el cigarrillo mientras también acomodaba los papeles de la mesa de la cocina mientras apagaba la pava y se sentaba a la mesa. Allí se detuvo, de repente, extasiado, en seco: habría que decidir la fecha de casamiento. Ese mediodía se definía su futuro, su verdadero futuro, aquello que le trazaría el sendero de la dicha de por vida: recibirse. Casarse. Todo cambiaría en apenas veiticuatro horas, en ese mismo día, que comenzaba con la ansiedad de una ducha y unos mates, terminaría en brazos de Sofía, en ese mismo departamento, formalizando así la unión que más adelante el registro civil legalizaría: esa noche, técnicamente hablando, ellos estarían casados, puesto que el único requisito que se habían impuesto ambos era que él, Leonardo Molina, se recibiera. Habían decidido, también, postergar los festejos, las salidas con amigos, la cena, hasta después de que Sofía presentara su trabajo en el Instituto: tengo la idea, pero no puedo escribir el guion, le había dicho bastante angustiada en la última conversación que habían tenido. Esta noche el doctor Molina te lo escribe, le contestó él, feliz, sintiendo próximo el momento del reencuentro, a un paso del futuro que había empezado a soñar y que se estaba concretando, el perfecto movimiento de la pieza en tablero de su vida. Los dioses, él no lo sabía, enmarañaban pícaramente los escaques, por el sólo hecho de desafiarse y de guardar nuevas partidas memorables en los anales del Olimpo.
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viernes, 1 de febrero de 2008
Mi sueño más lindo no es uno que tuve, es uno que quiero tener. Yo a veces sueño que soy un pajarito y que un gato me quiere comer, aunque por suerte mi mami siempre está mirando desde la ventana y me salva, pero ese sueño no me gusta, por eso quiero soñar algún día este otro.
Yo sueño con ser una buena persona, crecer y ser bueno con los demás. Quiero ayudar a la gente y cuando sea grande quiero ser peluquero. Ese es mi sueño.
Y quiero llegar a viejito siendo bueno y cortándole el pelo a los señores y a los chicos. Y el día que me tenga que morir, sueño que mi alma va a entrar en el cuerpo de un bebé recién nacido y va a seguir estando entre la gente, para seguir siendo bueno y ayudar a los demás.
4º A Turno Mañana
Publicación en el periódico mural escolar
Mire, don Nino. Usted es una buena persona, su señora también. Eso quiero que lo sepa. Pero su hijo, el Gonzalo, es una porquería de pibe y si usted no hace nada yo le juro, Nino, le juro que se lo hago pudrir en la cárcel. Yo ayer a la tarde hablé con su esposa, estaba muy nerviosa yo ¿vio? Imaginesé, cómo estaría usted si usted encontraría esta carta y se enteraría de todo esto, ¿ve? Yo al principio no quise creer nada de lo que dice acá… No puede ser, me decía, pero no, era todo verdad, cuando le pregunté al Facundito se puso todo rojo, la cara toda colorada se le puso y se notaba que no quería llorar, pero de repente se largó con todo, mire, de un modo que me parte el corazón recordar cómo. Eso a una madre le dice que su hijo no está mintiendo, además Facundito a mí jamás, me entiende, jamás me mintió. Yo no sé si usted puede decir lo mismo de su hijo. Además el Gonzalo es un pibe grande… ¿Qué tiene? Catorce, quince años tiene ¿no? Es un hombre, usted me entiende, y las hormonas tiran, eso se lo acepto… Pero ahí usted, como padre, tendría que haberlo hablado, decirle cómo son las cosas, tomar cartas en el asunto… para que no termine siendo un degenerado…¡Y menos con mi hijo! Tantos otros pibes que hay por ahí, de última, que las madres no se ocupan, que están todo el día en la calle, vagueando.. No es por hablar mal de ustedes, ojo, cada uno cría a su hijo como quiere o como puede… Usted me entiende a qué voy… ¡Y viene a agarrarme al mío! Mire, lea.
– ¡Esta letra no es de mi hijo, doña Chiche!
– ¡Vamos! ¿No sabe leer usted? ¿No vio todo lo que dice? Y lo firma Gonzalo, ¿qué otro Gonzalo puede ser, ¿eh? Digamé
– No sé, señora, en serio estoy confundido… No le conozco mucho la letra a mi hijo, de esas cosas se encarga la María… Pero el Gonzalo tiene la letra más… despareja
– ¡Bueno! ¡La habrá hecho prolija para esta carta!
– Mire, no se enoje… Pero tendría que mostrarle la carta a mi mujer para que ella opine… Yo… Yo estoy confundido…
– ¡Yo ya le mostré la carta a la María, Nino! ¡Y me salió con las mismas boludeces que usted! ¡Es de Gonzalo! ¡O habla con su hijo hoy mismo y arreglan esto, o se van a acordar toda la vida de mí!
…mierda por qué no puedo dormir qué calor que hace qué soretes que son estos vigilantes podrían poner un ventilador pero es mejor porque se pueden zarpar si ponen ventiladores acá cualquiera hace un fusil con el palito de un chupetín qué mierda hago yo acá en casa ahora estaría bah en casa no estaría era mejor no estar en casa la gorda chota esa siempre dándole la razon al forro que si ella supiera lo que era su querido marido seguro sabía a mí no me cagan diez veces los volvería a matar y a él más todavía se hacía la que no sabía nada ella pero bien que a la abuela esa vez que casi se le escapó la miró fija a los ojos que si no se callaba la achuraba con la mirada la gorda turra por suerte al Gonzalo lo empecé a cuidar yo cuando era chiquito dijo la abuela viejo sucio hacerle eso a un nene a un bebé a mí que era su hijo hice bien en achurarlo tendría que haberlo cortado en pedazos y buscar un criadero de chanchos como decían en la película esa que vimos con los pibes esa vez y la abuela me miraba y como que quería pedirme perdón ella que fue la única que me cuidó que me quería bien cómo estará la abuela ahora pobre no vino nunca a verme debe estar sufriendo saber que estoy en cana que voy a estar toda la vida en cana por matar a su hijo ella bien que lo refugió también porque si no lo habría denunciado por más que sería el hijo si vamos al caso a mí él me dijo que me iba a denunciar con la yuta cualquiera se comió viejo mugriento se creía que todos son como él mirá si yo me lo iba a comer al Facundito el pendejo choto me invitaba a jugar con la Play y me decía que la madre lo dejaba y yo toda la tarde metido ahí aguantándome al pendejo y sus pelotudeces de mariconcito que si la tengo con pelos que si a él le va a crecer que si me la mostrás salí de acá pendejo que te cago a piñas dejáme jugar y traé más pan con manteca y él contento que yo era su mejor amigo y que cuando sea grande quiero ser como vos sí como yo fijáte vas a terminar adentro como yo si querés ser como yo y seguro que no te vas a andar cuidando a la noche durmiendo boca arriba y con un ojo siempre abierto para que no se zarpen con vos seguro que vas a dormir bien boca abajo y con el culito para arriba que si yo no te paraba vos siempre estabas que si la tengo así que si la tengo asá pendejo sucio y asqueroso cómo se nota que no tenés padre yo de chico igual me supe defender y acá estoy bien hombrecito qué tiene que ver no tener padre el pendejo salió trolo nomás por enfermo si no yo sería re puto decí que a la tarde yo estaba siempre al pedo y en la casa de él nunca estaba la madre rompiendo las pelotas te cambio la madre pendejo bah yo zafé ya fue la cagada es que acá no es lo mismo que estando en casa yo solo tendría que haberlos hecho desaparecer con chanchos y decía que se fueron de viaje y que me dejaron solo total eso se lo comían todos si todos sabían que no me pasaban cabida en el fondo seguro todos en el barrio sabían lo que el viejo asqueroso me hacía cuando yo era guacho en cambio en la casa del pendejo estaba siempre todo tranquilo cuando se ponía molesto lo mandaba a hacer la tarea y listo y el pendejo se hacía el que no sabía hacer algo qué no va a saber si era re ortiva buchón de la maestra sacaba siempre diez y venía y me preguntaba a mí cómo se hacía qué sé yo qué mierda es eso dejáme jugar y traé más mermelada en serio tu mamá te deja que yo venga acá a jugar con la Play y yo todos los días ahí si no tenía otra cosa mejor total al pendejo enseguida lo ponía en su lugar aparte a veces no era tan molesto dependía el día esa vez que me preguntó si yo soñaba porque él nunca soñaba cómo puede ser que nunca sueñe no es normal será que los maricones no sueñan por eso son así blanditos como que se la pasan todo el día soñando despiertos ojalá yo no soñaría así ni en las pesadillas se aparece el gordo hijo de puta ese a venir a pisarme ayudarme a sacar al gato y después pisarme hasta en eso me caga la vida me caga el sueño como ahora que no puedo dormir aunque ahora prefiero aunque sea dormirme y soñar de nuevo con el gato y mi viejo y matarlo también en el sueño y listo o si no ese otro sueño que había empezado a tener el pendejo me lo espantó ese sueño qué bueno si sería verdad que uno se muere y el alma flota mirando a todos saludando escupiendo desde arriba buscar una embarazada y meterse rápido en el bebé para empezar una nueva vida con una madre que te quiera y un padre que te cuide y así terminar siendo un buen tipo criado por buenos padres cuando se lo conté al pendejo se puso a llorar qué mierda llorás si no estás viendo una telenovela qué querés impresionarme guacho se quería hacer el vivo conmigo con nueve años y se quería hacer el vivo gil te pensás que yo nací ayer yo maté a mis viejos y vos no aguantás un minuto acá adentro a mí por lo menos ya en estos meses me gané mi respeto me miran y se corren en la primera de cambio lo dejo sentado de culo al salame ese del Trapito y listo soy el poronga del penal que me vengan a buscar a la noche cuando duermo boca abajo van a ver cómo salen pidiendo clemencia a Dios como dijo el otro día el mariconazo ese del cura…
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Bersuit Vergarabat en la Fiesta del Mar y el Acampante
0 Respuestas/comentarios Publicado por Esteban Cid a las 8:40Un pacto para vivir,
odiándonos sol a sol
revolviendo más,
en los restos de un amor,
con un camino recto
a la desesperación.
¿Desenlace?
En un cuento de terror.
Seis años así,
escapándome a otro lugar
con mi fantasía.
Buscando otro cuerpo, otra voz,
fui consumiento infiernos
para salir de vos,
intoxicado, loco,
sin humor...
Si hoy te tuviera aquí,
cuando hago esta canción,
me sentiría raro.
No tengo sueño, mi panza vibra.
Tuve un golpe energético,
milagro y resurrección.
Y eso que estaba tieso,
bajo control...
El poder siempre manda:
si para tenerte aquí
habría que maltratarte,
no puedo hacerlo: sos mi Dios,
te veo, me sonrojo y tiemblo.
¿Qué idiota te hace el amor?
Y hoy quiero darle rienda
a esta superstición...
La Fiesta del Mar y el Acampante es un evento que, desde hace unos años, viene realizando la Municipalidad de la ciudad de Viedma (Río Negro). El año pasado, por caso, se presentó en el acto inaugural, también gratis, Divididos, y al término de esta edición (del viaje de regreso, bah) cerraban los festejos los pachangueros muchachos de Kapanga. Obviamente, este tipo de eventos es el comentario de la gente y de la prensa patagónicas, y bienvenido sea que una Secretaría de Cultura, a más de 1000 km de la jungla, se encargue de organizarlos gratuitamente.
En un pequeño escenario enclavado en la playa central del balneario El Cóndor, en el medio de dunas y médanos, a las 22.30 puntual comenzó el show. El sonido, para los que estábamos adelante, bien adelante, fue bueno, aunque el viento (siempre hay un poco de viento en aquellos lares) no ayudó a los que quisieron o tuvieron que escuchar desde atrás, bien atrás. El público era, en su mayoría, rionegrino, de toda la provincia, y su forma de vivir la fiesta fue, a los ojos de un alienado de estas coordenadas, muy patagónico, muy tranqui, aunque no por eso menos intenso.
Las características del escenario fueron, supongo, el condicionante principal por el cual, desde la puesta en escena, el espectáculo fue demasiado sobrio, demasiado calmo, demasiado medido. El repertorio, a su vez, incluyó mucho tema nuevo, mucho último disco, eso que desconocemos aquellos que seguimos a la Bersuit desde ...Y punto, y que notamos un viraje un tanto indigesto después de De la cabeza. Obviamente, es más que lícito que un grupo musical desee promocionar su/s último/s trabajo/s, pero quizás tendrían que haber tenido en cuenta que su presencia en vivo en aquellas tierras no es un hecho usual, y que por ello mismo el público habría de estar esperando más clásicos (Los Stones, que en esto de repetirse y perdurar han hecho el doctorado, bien lo saben cuando eligen el repertorio que desarrollan en estas pampas y el que arman para el Norte). Iluminación y sonido, como hemos dicho, suponemos estuvieron relacionados con las posibilidades del escenario, por lo que no insistiremos en sus carencias y sobriedades.
La banda sonó, en líneas generales, bien: ajustada, sincronizada, afinada. Quizás faltaron guitarras al palo, y quizás por eso al cierre del show el violero se mandó al frente y tiró un lindo solo de guitarra al viento, como para despertar a los loros barranqueros que fueron, sin duda los protagonistas de la noche, junto con la luna redonda que coronaba el cielo: el Pelado les dedicó a ellos, en cada intermedio, una a una las canciones del show. A esta presentación le siguió la de Mar del Plata, que quizás fuiste a ver o tal vez veas este sábado en La Viola, por TN. Pero, como siempre, te lo adelantó tu blog favorito, que te regala, completito, el último tema del recital:
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domingo, 20 de enero de 2008
El sol caía a pleno cuando llegué a la Comarca. El viento enredaba las olas en el mar y las mezclaba con la arena arremolinada de la playa. Yo ocultaba mi rictus de nuevo rico contratista patagónico en ademanes de turista excéntrico y solitario, y cuando entré en aquella estratégica casa de familia me presenté como un porteño decepcionado por la gran ciudad. Íntimamente sabía que aquela gente desconocería, o intuiría vagamente, casi como nueva e inasible mitología, cuestiones esenciales de nuestra idiosincracia, tales como TV de plasma, MP4, notebook, spa y terapias Pilates; por ello en mis palabras dejé trasuntar, aunque sin humillar demasiado aún, estos saberes y la natural superioridad de la clase.
La casa era una digna construcción colonial que se esforzaba por permanecer. Años de empaches y añadidos, de ampliaciones innecesarias y nocivas, y de sabios retrocesos, no habían logrado cristalizar, por suerte, en un proyecto homogéneo, y por eso sus cimientos decimonónicos le conferían, definitivamente, su perfecta amalgama. No venía específicamente por ella, es cierto, ni venía por ninguna en particular: andaba detrás de mi proyecto, que suele ser lo importante, lo que siempre nos distinguió, y nos fortaleció. Sin embargo, su ubicación era estratégica, y ello colaboró en mi decisión. Sus moradoras, fatalmente, también fueron componente para confirmar mi capricho. La casa tenía que volver a ser mía. Nuestra, mejor dicho. Porque nunca actuamos solos, claro está.
Una niña con ojos profundos me balbuceó en su media lengua que podía pasar, y pronto estuvo su hermana atendiéndome, explicándome costos de alojamiento, servicios, beneficios. Tomé la última habitación y me di una rápida ducha. Poco después, estaba sentado a la mesa familiar, conversando con la mujer de la casa y sus hijas. La que me había recibido merodeaba los veinte años, deseosa de dejarlos sin saber bien para qué. La niña hablaba en un rincón, sola, con seres imaginarios, que su desarrollo detenido habría de fabricar deformados y felices; desde allí me escrutaba, indescifrable, en su mundo, con esos ojos, ay, que habrían subvertido la paz y mis planes, de no haber sido por su genética incapacidad. Los rasgos evidentemente europeos que las generaciones le habían heredado a esta familia no habían eliminado la ancestral inocencia mapuche, la confianza, el buen trato. Dialogábamos animadamente, y escuchaban embelezadas las excentricidades que les inventaba en retahílas inspiradas. De este sutil modo logré, apenas dos días después, ser un integrante más de esa familia sin padre, esa familia de dos mujeres solas y una niña mongoloide en el medio de la nada, ofreciendo hospedaje a un desconocido del que nada sabían (aunque podrían haberlo buscado en la Historia) en una casa que había sido pensada en grande, demasiado grande, para pocas personas que, así y todo, sobraban allí.
Mi dormitorio estaba al final de un pasillo, rodeado por otras tres habitaciones vacías, a la derecha; a la izquierda, el baño, y dos dormitorios para la familia. En el otro extremo del corredor había un comedor y a su lado, la cocina. La habitación que había elegido era un amplio espacio con todo lo necesario para recluirse y ser feliz: para cualquier turista desvariado y solitario eran suficientes esa cama, ese armario, esa mesa de luz, esa lámpara, ese baño, esa ventana al mar, esa intimidad familiar. Para cualquier turista; pero, se sabe: no para los dueños de la tierra. Como el General Roca entonces, yo ahora pretendía no ser un simple viajante y, fundamentalmente, desplegaba un plan, que poco a poco fue cumpliéndose: está en nuestra naturaleza, sin dudas, siempre conquistar y tener más.
Cierta mañana, la niña de los ojos profundos se despertó, y me encontró en la cocina. Ajena a la realidad y a la sumisión de su clase, balbuceó "tecito", espoloneando un vasito de plástico, rémora de algún juguete. Cuando la mujer y su hija se levantaron, se encontraron con un desayuno innominado para su cosmos, y con la niña jugando en un rincón, siempre ajena, siempre observándome con la rebeldía aletargada. Devoraron los alimentos sin preguntarse de dónde provenían esas dádivas exquisitas, a aquellas horas de la temprana mañana. Fue entonces cuando me sentí en condiciones de ocupar la cocina, con la promesa de proveerlas de futuros e inciertos manjares. Ellas accedieron gustosas, y fue así como expandí mis dominios desde la habitación hacia el ala norte, la de la cocina.
Una tarde, alabado sea Dios, pergeñé una guerra de guerrillas que anticipó, sin dudas, mi victoria. La mujer de la casa no estaba y su hija mayor lavaba ropa. Sólo tenía por testigo a la niña, pero sabía que no tomarían por ciertas las realidades que ella relatara, en su eterna irrealidad. Ataqué entonces en el baño: aflojé el botón de descargas del inodoro, obturé una canilla, desconecté los filamentos del cable de una lámpara. Cuando la mujer regresó, el campo de batalla que yo había propuesto la abatió, y maldiciendo a sus supersticiosas deidades (que quizás fuesen las mismas que las nuestras pero, se sabe desde tiempos inmemoriales, la Cruz y la Espada siempre estuvieron de nuestro lado), evaluó, estoy seguro, el costo de las reparaciones y comprendió, lo sé, que era más de lo que sumaba entre lo que yo le pagaba por mi hospedaje, el pequeño subsidio social de que se la proveía. Solícito, gentil, desprendido, me ofrecí a solucionar yo mismo los desperfectos, aunque aclaré que desconocía por completo dichas tareas y que, por lo tanto, no podía asegurarles cuánto tiempo me llevaría arreglarlos. Pedí, claro está, que nadie, excepto yo, utilizara las instalaciones, por lo que con telúrica resignación aceptaron gustosas ir a lo retirado del jardín, donde una pequeña pileta circular, algo así como la fuente de una plaza, les permitiría aliviar sus necesidades de higiene y refresco, allí donde la tierra arenosa no permitía crecer el pastizal.
Mis dominios confederados se extendieron, así, desde el fondo de la casa, recorriendo una bisectriz que dejaba aislados sus dormitorios. Yo vigilaba mis posesiones, y había establecido mi fuerte en el dormitorio, que ahora era el principal, la sede; había obtenido, del baño y otra de la cocina, que ya eran míos, sendas llaves, que nunca habría que haber arrojado a la calle, por supuesto. Faltaban sus dormitorios, apenas eso, el núcleo de las tolderías. Desde la ventana de mis fortalezas se veía cómo el mar refulgía y parecía lamer los médanos, arrancándoles orgasmosque llegaban a mi ventana, traducidos por los loros de las barrancas. La casa se enclavaba en el confín del desierto y se abarcaba, desde ella, toda la Comarca: era su puerta de acceso, mi caballo de Troya.
Restaban los dormitorios ocupados, ínfimos espacios de pertenencia, últimos terrenos de tiempos equívocos, cuando no sabíamos cómo. Ahora, claro está, con una mano amagamos y con la otra, la misma de siempre, embolsamos, pero aprendimos, cooptamos, aliamos. Quedaba, así, la avanzada más difícil de mi campaña, y supuse, acertadamente, que el de la mujer sería el terreno más vulnerable. El brillo en sus ojos marcaba, sin equivocación, la ausencia prolongada de un hombre en su vida, al menos en su lecho, y su deseo. Siempre tuvimos la habilidad de detectar la necesidad, y provocarla hasta límites vitales. Y con el tiempo aprendimos también que donde hay una necesidad hay un derecho, pero torcido. Por ello, obré como la estirpe lo indica, regalándole fatuas baratijas que estimó preciosas y justas a su valía, puesto que estaba carente de todo aquello que yo representaba y tenía, y que hábil, maliciosa, implícitamente, le prometía en silencios que ella creía comprender de modo cabal. Le hice el amor brutalmente, domándola, clavando en las ancas de su espíritu mis espuelas terratenientes, prodigándole placeres que excedían los del sexo, que simulaban borrar fronteras y acotar las distancias que siempre existieron y existirán, Cruz y Espada en mano. Antes de dormirme, orondo y saciado, le ordené que fuera a dormir con sus hijas, porque necesitaba pensar y estar solo. Lo comprendió, o no lo comprendió, poco importa, pero se alejó, cabizabaja y silenciosa. Antes que cerrara la puerta, le exigí la llave del dormitorio a que la había confinado, y pedí secamente que por la mañana no hubiera ruidos que alteraran mi descanso.
Cuando me levanté actué naturalmente, como el verdadero patrón que siempre fui, en una estancia que poco a poco estaba reconstruyéndonos. Temerosas, la madre y sus dos hijas no habían salido de su habitación, esperando mis indicaciones. Con un golpe seco abrí la puerta, y les dije que ellas comprenderían, seguramente, que lo mejor era que se mantuvieran allí, encerradas, hasta que yo decidiera qué sería de ellas, lo mejor para ellas, claro está. Di las dos vueltas de llave casi de modo automático, intentando no mirar los profundos ojos de la niña, del color de la generación venidera, rebeldemente adormecidos, los ojos que vociferaban "señor malo" y "tecito", con una voz sin emociones. Inmediatamente salí, y cambié el cartel que identificaba la casa: ahora habría de designarse con el portentoso "La Argentina" de antaño. Fui a mi cocina, a tomar unos mates. Cada tanto interrumpía mis cavilaciones algún sollozo seco, que provenía del interior. Alcanzaba, apenas, con un nuevo duro golpe seco, un puñetazo en la puerta, para que esas mujeres de negras cabezas quedaran en un prolongado y nuevo silencio. Más tarde decidiría su suerte, minimizaría aún más su mínima pero molesta presencia. Algo era seguro, aunque ellas todavía estuvieran físicamente allí: la casa nunca estuvo tomada. Siempre fue nuestra, desde los comienzos. Aunque en alguna ocasión, orondos y saciados como estábamos, nos hayamos descuidado un poquito. Unos infelices y equívocos, pero por suerte pocos, años en la Historia.
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