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jueves, 8 de octubre de 2009

Nuevas tecnologías, lenguaje y pensamiento

Un viejo y querido amigo preguntó en una red social virtual si las nuevas formas de escritura asociadas a lo digital irían a modificar la forma en que fueran a pensar las futuras generaciones, asumiendo explícitamente que «en cierto modo las reglas de construcción del lenguaje inciden en el pensamiento». Solicitaba a dos personas, como contrapartida, si podían dar un sí o un no, y una de esas dos le escribió, escuetamente: Así planteado, no.

¿Por qué introducir el tema en cuestión con este relato íntimo-privado? Porque la misma anécdota permite esbozar el planteo que originó el amigo: la respuesta que se le dio puede ser entendida tanto como una negación al contenido del enunciado (v. gr. así planteado el tema, las nuevas modalidades de escritura digital no modificarán el pensamiento de las futuras generaciones), o como una negación a las reglas de enunciación que el mismo enunciado construía (v. gr., así planteado el marco de respuesta, no puedo emitir un parecer con un simple “sí” o “no”) . Esta ambigüedad se habría resuelto fácilmente en la oralidad, con una repregunta. En la escritura, en cambio, a partir de su característica básica de enunciación diferida, esto lleva a la complejización de los mecanismos inferenciales, a una actividad mental más profusa por parte del receptor, etc. Pero jamás se podría decir que la escritura, tal como la conocemos, es la que inventó las inferencias en el discurso.


• Soportes textuales, cambios de soporte y pensamiento

Es obvio –pero no siempre se tiene en cuenta– que la humanidad no escribe desde que se conformó como tal. Y menos aún, que escribió libros. Siendo generosos con las fechas, podríamos decir que el hombre, en tanto hombre, registra con convenciones lingüístico-gráficas sus mensajes desde anteayer: cinco o seis mil años. En ese lapso, vivió profundas, inmensas e interesantes modificaciones en los soportes textuales, que llevaron a cambios en esas convenciones lingüístico-gráficas (tablillas, papiros, rollos, códices, libro impreso, etc.). Sin embargo, en el mismo período, no verificamos un cambio ni lineal, ni automático, ni mecánico, etc., en su pensamiento, si por él entendemos el mecanismo mental de interacción de signos aplicados de modo novedoso en la resolución de un problema, a partir de operaciones como el análisis, la síntesis, la generalización, etc., en relación con ciertas funciones (la memoria y la imaginación, entre otras). Desde este punto de vista, podría decirse que es innegable que el cambio (más o menos drástico) en los soportes no supone que dejemos de designar como hombre a aquel que escribía en papiros, a aquel que publica mediante la imprenta o a aquel que, en cavernas prehistóricas, sencillamente no escribía. En cualquiera de los tres casos, seguimos distinguiendo al hombre del mono de las etapas previas.

Lo anterior permite desligar, así, lo que en el planteo inicial es el verdadero problema, y la falsa premisa que lo sostiene: las reglas de construcción del mensaje inciden en el pensamiento. La evidencia permite concluir en que, precisamente, los cambios en los soportes de los textos no inciden en el pensamiento como tal. Pero queda por deslindar qué se entiende por reglas (de construcción) del lenguaje, y qué es lo que éstas podrían modificar.


• Pensamiento, cognición y lenguaje

Con ánimo poco técnico, distingamos entre pensamiento y cognición, entendiendo a esta como la capacidad de conocer (en sentido amplio: el entorno), presumiblemente innata y presumiblemente –también– común a todos los seres vivos de todas las especies. Mediante la cognición, entonces, cualquier ser vivo, como tal, puede construirse un signo (una representación) y redes de signos (redes de representaciones) que se activan en la interacción con el entorno en función de su (re)conocimiento; mediante el pensamiento, el hombre logra aplicar todas las redes de signos necesarias para la resolución de problemas, desde los más “cotidianos” hasta los más “abstractos” y/o “científicos”. El aporte fundamental que el lenguaje le dio a la especie que lo posee, en comparación con todas las demás que no lo desarrollaron, fue, por un lado, permitir la construcción de signos más complejos, elaborados (abstractos), como las nociones de justicia y ley de la gravedad (por ejemplificar sólo dos) y, por otro lado, transmitir y almacenar esos signos, de modo que cada nueva generación dispuso del acervo de conocimientos de la anterior. Existe, así, una clara relación no determinística entre la cognición y el lenguaje. A esto parecía aludir ya San Agustín, cuando propugnaba por la lectura en voz alta contra la lectura silenciosa, que comenzaba a imponerse en la Edad Media: cómo y en qué contexto formarse los signos a partir del lenguaje.

Queda por despejar cuáles son las «reglas del lenguaje» y, entre ellas, cuáles son inherentes a él, y por lo tanto, podrían (o no) influir en la cognición. Es indiscutible que, de todas las posibles “reglas del lenguaje”, las convenciones notacionales de la escritura son las más débiles en términos lingüísticos, y las más evidentes en lo social-cultural (convencional): surgieron para un-otro, están para facilitar el proceso de comprensión, y no la escritura en sí. Le ahorran al lector tiempo, esfuerzos, espacios; le organizan la lectura. Cuando ésta se realizaba en voz alta, en torno al maestro, como en los primeros siglos de la Edad Media, no era necesario utilizar una tecnología de signos notacionales complejos como los que hoy en día se usa; al mismo tiempo, las posibilidades del soporte hacían necesarios o impensables a otros. Todo esto, claro está, afecta al modo como se percibe el mensaje, y la percepción es la puerta de entrada de la cognición. Pero por ser lo menos lingüístico de la cuestión, y lo más social-cultural (y por lo tanto, históricamente variable) es dinámico y, medido en perspectiva histórica, lo más efímero: cambió, cambia y va a cambiar, y eso no significa degradación, salvo que asumiéramos a priori una postura de tipo conservadora al estilo de San Agustín, por la cual todo pasado es mejor. Se cognoce (es decir, se semiotiza, se interactúa con el entorno), de otro modo, con lo bueno y lo malo que todo otro modo posibilita.

Otro tipo de reglas del lenguaje (es decir, de cualquier lengua pasada presente o futura, existente o por existir) son eminentemente lingüísticas, es decir, propias de ese dispositivo que –en la actualidad–, es considerado mayoritariamente de base genética y universal. Son las reglas (más precisamente, los principios y los parámetros) que sostienen la sintaxis, la morfología, la fonología y la conformación de las relaciones léxicas de cualquier lengua, y que permiten decidir la formación incorrecta (agramaticalidad) de oraciones como: (1) *Juan vengo; (2) *Verdes ideas incoloras duermen furiosamente; (3) *A Pedro parece; (4) *¿Qué trajo María la torta?; etc. Estos principios son independientes del contexto, o sea, son permanentes y específicos del lenguaje (no así su calibración en los parámetros correspondientes según la gramática de cada lengua, aunque una vez establecidos, probablemente también lo sean). En cambio, por ejemplo, la asignación de referentes a los ítems léxicos –el diccionario mental– es idiosincrática y convencional: se aprende y se modifica constantemente (así es como hablamos en la actualidad de los caballos de fuerza de un motor de explosión cuando, técnicamente, no posee equinos en su interior)


• Lengua y (reglas de la) gramática

La gramática (el conjunto de valores que asumen los parámetros de una lengua en función de los principios generales del lenguaje) es fijada socialmente; los principios, por la biología. El paso de los tres géneros gramaticales (masculino, femenino y neutro) del latín, a los dos géneros del español (masculino y femenino) fue una reducción operada por la(s) (sub)comunidad(es) lingüísticas que habitaron ciertas regiones de Europa entre los siglos V y IX. En este período, el latín se conservó o, mejor dicho, se modificó mucho más lentamente, en su versión escrita, por el mismo principio que regula, aun en la actualidad, la escritura: no se escribe como se habla, y el habla de un sujeto es mucho más dinámica y “distinta” en la oralidad que en sus escritos. La escritura, en sí misma, es conservadora: busca mantener las convenciones que facilitan el acceso a un número amplio de (potenciales) lectores, y en esa búsqueda resigna innovaciones y características de coyuntura (siempre considerando la escritura instrumental, no la artística).

El problema inicial, entonces, va quedando circunscripto no al lenguaje y el pensamiento, ambos aptitudes, capacidades o propiedades de tipo biológica, natural, que definen a la especie humana, sino a la cognición y la lengua. Hemos mencionado reglas surgidas de convenciones sociales (las notaciones gráficas y las convenciones de un escrito); queda por indagar la relación entre las reglas de tipo gramatical (es decir, surgidas del componente biológico, del lenguaje) y lo social.

Es una cuestión de lenguaje el hecho de que, por ejemplo, las palabras deban ajustarse, acomodarse unas a otras, atendiendo a lo que se denomina concordancia. En español, como se sabe, la concordancia es un fenómeno de ajuste entre sustantivos y verbos (persona y número), o entre sustantivos y adjetivos (género y número); en otras lenguas, se concuerdan más o menos elementos (en latín se añade el caso, en inglés generalmente se pierde el género, etc.) Esto, repetimos, está determinado por al menos uno de los principios generales del lenguaje (denominado principio de proyección, pero no sólo por él). No obstante, el modo específico que asume en cada lengua (la parametrización) es productivo en términos sociales, de interacción y, por eso mismo, de cognición.


• La gramática como dispositivo cognitivo

La gramática de una lengua opera en una doble dirección: por un lado permite organizar y transmitir los contenidos (semánticos, proposicionales) de un mensaje, de una comunicación, pero por otro lado opera una reducción del mundo, lo ajusta a unos moldes que esa gramática provee: clasifica. Nuestras oraciones en español están determinadas en la flexión (tiempo, modo, persona, etc.) y, por ello, concordadas. En aymara, en cambio, las oraciones deben señalar la fuente de validación de los conocimientos que se transmiten (para decirlo rápidamente: deben incluir marcas –palabras, o terminaciones al final de palabra, etc.– que indiquen de dónde se saca lo que se afirma: la experiencia directa o la experiencia indirecta –dicho/escrito por otro) Y no conocen la categoría género, aplicada a referentes no sexuados (por lo cual les cuesta comprender cómo, en español, una hoja es hembra, y un lápiz, macho) Podríamos decir que una hoja tiene cualidades que comparte con muchísimos otros objetos, como el hecho de ser lisa, y no posee la característica de ser hembra; sin embargo, los hablantes del español hemos convenido en categorizar (o en recibir la categorización, y continuarla) el objeto del mundo denominado hoja, mediante la gramática de nuestra lengua, como hembra, y no como liso. En contrapartida, hemos decidido no clasificar las emisiones según la fuente de conocimiento, algo que a un hablante del aymara le resulta –fatalmente– la puerta de acceso a la mentira. La gramática, entonces, opera clasificaciones, y con ellas distorsiones y reducciones del mundo, por lo que se puede afirmar que, en última instancia, construye, vehiculiza y cristaliza ideología.

La ideología, entendida como (sistema de) creencias, es el fundamento de la cognición, ya que nuestras representaciones no son neutras, no son simples signos. La gramática es un poderoso sistema de formación de ideología, en tanto naturaliza las clasificaciones, las presenta como «dadas de antemano»: inocentes y ahistóricas. Una emisión es un complejo entramado lingüístico sostenido en una capacidad innata y biológica que sirve a los fines de la comunicación. Pero no se detiene allí, pues opera construcciones mentales y, por lo tanto, permite el intercambio de dichas construcciones. Es común afirmar que Caín mató a Abel, del mismo modo que es infrecuente que se diga Abel fue matado por Caín. Y esto no obedece simplemente a convenciones de estilo, o de que “así se dijo siempre”: más exactamente, cabe indagar por qué aquel y no éste es “el estilo” o por qué de aquél y no de este modo “siempre se ha dicho”. La razón estriba en el hecho de que la gramática suele asociar la función gramatical de Sujeto a la función semántica (temática) de Agente, algo que en la segunda oración no sucede. Esta segunda posibilidad de emisión no es agramatical; por el contrario, es frecuente y habitual; sin embargo, el evento de la muerte de Abel ha sido clasificado por la gramática y almacenado como conocimiento, asociando las funciones gramaticales de determinado modo. Obsérvese, además, que en el sintagma la muerte de Abel, directamente, se ha borrado o elidido al Agente. Las tres posibilidades ejemplificadas posibilitan tres modos de clasificar un evento del mundo, y como tal, cristalizan determinadas relaciones entre actores y procesos. Basta con leer detenidamente, por ejemplo, los titulares de un periódico para comprender las infinitas posibilidades discursivo-ideológicas de esta cuestión.


• En qué incidirán los nuevos soportes textuales

Llegados a este punto, estamos en condiciones de retomar el problema inicial de un modo más específico, pues ahora se comprende por qué es inválida la premisa según la cual «en cierto modo las reglas de construcción del lenguaje inciden en el pensamiento». Al mismo tiempo, circunscribe la cuestión de «las nuevas formas de escritura asociadas a lo digital», en tanto (1) una posibilidad de reconfiguración notacional asociada a un nuevo soporte; y (2) una posibilidad de reconfiguración gramatical que derivara de (1).

Puede afirmarse que (1) es una consecuencia más o menos lineal y mecánica del cambio de soporte, y de las potencialidades que éste propicia u obtura. No obstante, este aspecto es el más externo a la lengua en sí, el más social y, en última instancia, influirá en nuevos procesos de cognición (social e individual) tanto como participan de ellos cualquier cambio en una sociedad. Nada de específico tiene un cambio en las convenciones de escritura, nada de lingüístico; desde este punto de vista es comparable la modificación del proceso de cognición de las prescripciones de notación de un escrito con, por ejemplo, una posible modificación en el modo como los semáforos ordenan el tránsito (dejar de usar tres luces para considerar cinco, u otro tipo de señales): sencillamente habrá más signos, más afinados, más complejos, más inútiles. Nada de esto afectará al pensamiento, ni al lenguaje en sí. Dado que la cognición es sumamente dinámica, permanentemente incorpora más signos, más complejos y más interrelacionados. Si no hubiera cambios de soporte del texto escrito, de cualquier modo la cognición seguiría siendo dinámica y provisionalmente estable.

El supuesto (2) es de más difícil comprobación. Es un rasgo innato el que las gramáticas clasifiquen, aunque también es dinámicamente modificable el contenido de cada una de esas clasificaciones/representaciones. Es probable que el componente léxico-referencial de la gramática se modifique, como se ha modificado antes de los soportes virtuales y como seguirá haciéndose después de ellos. Es menos probable que los mecanismos gramaticales (la asignación de la función Agente, Sujeto gramatical, etc.) vayan a cambiar por causa de los cambios de soporte, aunque no es imposible que ocurra. El caso de la reducción de la categoría de género del latín al español, por ejemplo, no obedeció a un cambio de soporte, aunque de un modo muy indirecto estuvo relacionado con él, con los nuevos modos de leer, con las nuevas posibilidades de economización lingüística que el soporte permitió: nuevos procesos de cognición social. En última instancia, es posible predecir que los cambios de soporte operarán transformaciones en el modo como los individuos, en tanto sociedad, conocen, interpretan y se representan lo socio-cultural, y desde allí, sea necesario reconfigurar el sistema de clasificación (de construcción de ideología): la gramática. En cualquier caso, los cambios de soporte no serán condición sine qua non para la modificación de la cognición que ésta vehiculiza o posibilita. Además, es seguro que no implicarán cambios en los principios generales que la sostienen, es decir, el lenguaje, (serán reajustes de parámetros), ni en el pensamiento.

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