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jueves, 30 de junio de 2011
Ya tengo mis bodas (y mis bolas) de porcelana
0 Respuestas/comentarios Publicado por Esteban Cid a las 16:13Veinte años en la docencia, y todavía me faltan once...
Un día como hoy, hace exactos veinte años, entraba por primera vez en un aula, aquel 2º 4ª de la Media 15 de La Matanza.
A todos/as aquellos/as que, al leer esto, me hayan sufrido como docente sólo puedo decirles, simple y genuinamente: ¡GRACIAS!
Acá les subo una foto de 1992, el único año en que trabajé como maestro en una escuela primaria, como para que se rían conmigo. Y, sobre todo, de mí, también.
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domingo, 19 de junio de 2011
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VENDO litros de sangre (baratitos, baratitos; joya, nunca taxi)
para nobles hijos repentinamente decididos a cooperar con la justicia
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Hay algo en todo esto que es, objetivamente, "raro" o "sospechoso". Cualquiera de nosotros, más allá de su posicionamiento político-partidario, sabe que no sólo existen los hechos sino también el modo de presentarlos, de organizarlos y narrarlos y, eventualmente, de argumentarlos o justificarlos.Es altamente posible cooptar una voluntad del interior del Banco de Datos y obtener la base genética allí guardada (que según leí, cabría perfectamente en un pen drive). Si esto es probable, no menos probable es que se haya obtenido hace un mes, un año, seis meses o cuando fuera, pero no exactamente "ayer", porque saber que el resultado es negativo (o positivo) conlleva un lógico "uh, paremos, che, sentémonos y veamos qué hacemos ahora que tenemos esto": discusiones, reuniones de abogados, etc.
Si es probable, entonces, que esto se supo hace -por decir algo- una semana o diez días, resulta llamativo, también, que dos semanas atrás apareciera la otra data, la de Madres, los fondos y demás. Eso, también, se sabía hace mucho. Y no sólo Hebe: los mismos periodistas dicen que lo habían escuchado, pero que por una especie de respeto reverencial lo callaron. ¿Respeto reverencial, con Hebe? No jodamos: aun cuando fuera ciertamente una loca, el periodismo (cierto periodismo, mayoritario periodismo: no importa) se ha deleitado diciéndoselo, escribiéndolo cuanta vez pudo. Ahí está el nudo de lo "raro", lo "sospechoso": si no en los hechos en sí, seguramente en la oportunidad, en la trama de sucesión de "lo noticiable".
Esto, en definitiva, adolece de lo mismo que se acusa cuando se dice que se inaguran obras con propósitos electorales, en las vísperas de una elección: estrategias de intervención y disputa política, con cálculo de oportunidad y de beneficio. Desde este punto de vista, la necesidad de terminar ahora con los "padecimientos inenarrables", creo, no tiene mayor peso fáctico, salvo el consabido recurso retórico a los argumentos por el pathos, tan efectivos a veces.
Si es probable, entonces, que esto se supo hace -por decir algo- una semana o diez días, resulta llamativo, también, que dos semanas atrás apareciera la otra data, la de Madres, los fondos y demás. Eso, también, se sabía hace mucho. Y no sólo Hebe: los mismos periodistas dicen que lo habían escuchado, pero que por una especie de respeto reverencial lo callaron. ¿Respeto reverencial, con Hebe? No jodamos: aun cuando fuera ciertamente una loca, el periodismo (cierto periodismo, mayoritario periodismo: no importa) se ha deleitado diciéndoselo, escribiéndolo cuanta vez pudo. Ahí está el nudo de lo "raro", lo "sospechoso": si no en los hechos en sí, seguramente en la oportunidad, en la trama de sucesión de "lo noticiable".
Esto, en definitiva, adolece de lo mismo que se acusa cuando se dice que se inaguran obras con propósitos electorales, en las vísperas de una elección: estrategias de intervención y disputa política, con cálculo de oportunidad y de beneficio. Desde este punto de vista, la necesidad de terminar ahora con los "padecimientos inenarrables", creo, no tiene mayor peso fáctico, salvo el consabido recurso retórico a los argumentos por el pathos, tan efectivos a veces.
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sábado, 12 de febrero de 2011
Decir el poder y poder decir • Apuntes acerca del uso de la lengua • Hacia una ética del discurso de las minorías
La visión generalizada (y, por ello mismo, ingenua, naturalizada) que tenemos acerca de la lengua —el idioma— es que ésta es un vehículo de comunicación, más o menos sencillo y simple, por ser un instrumento de uso cotidiano y casi automático; también, se la suele considerar la materia con la cual se forma el pensamiento (o que ES el pensamiento, a secas) Muchas veces, incluso, ambas características se involucran, y así es común escuchar, por ejemplo, que un adolescente de cultura rocha (un "pibe chorro") se expresa pobremente, y que esto se debe a ciertas carencias en sus estructuras de pensamiento. Ambas concepciones fueron planteadas sistemáticamente por primera vez en la filosofía griega, hace más de dos mil años, pero desde el segundo cuarto del siglo XX han sido fuertemente cuestionadas con argumentos que resultan irrebatibles¹. Las consecuencias de este modo de entender el lenguaje se hacen presentes incluso hoy por hoy, y esto abarca no solo aspectos de tipo sociolectal (es decir, variedades de lengua fundadas en variables sociales, como el anterior ejemplo del adolescente), sino también dialectal (variedades lingüísticas en correlación con cuestiones geográficas, como cuando se escucha a alguien decir que propinará "un sopapo por su cara", una influencia del sustrato guaraní en las características del español del Paraguay y de nuestra Mesopotamia) y hasta de registro (paradigmáticamente, ciertos usos de la escritura, como por ejemplo los mensajes de texto, donde se debe privilegiar la abreviación de palabras y la supresión de caracteres para un menor costo en el envío)
La naturalización de esta concepción de la lengua como instrumento de comunicación y de pensamiento orienta nuestra interpretación cotidiana de las interacciones discursivas y, por esto, de nuestra evaluación de quién es el que habla/escribe y quién el que escucha/lee: quiénes somos, en definitiva. Y no sólo en la dimensión más superficial: quiénes somos socialmente; quiénes somos para los otros y quiénes son los otros para nosotros; desde qué lugar (simbólico) participo o participan, etc. La lengua, aun aceptando que está involucrada en la comunicación y en el pensamiento, es otra cosa: en última instancia, el medio privilegiado que utiliza la humanidad, cualquier sociedad, para establecer, transmitir, conservar o combatir las relaciones de poder en su cultura².
En definitiva, estamos expuestos a nuestra visión del mundo, y esa visión se expresa en y por el lenguaje. Los parámetros con los cuales evaluamos el mundo de la vida constituyen la ideología, y la lengua es su usina: todo, en la lengua, expresa, construye, revierte, ideología; ni siquiera LA ideología, puesto que estamos cruzados por diversos sistemas de creencias a los que podríamos llamar, con Foucault, formaciones ideológicas³. Como ya afirmara V. Voloshinov (presumible seudónimo de M. Bajtin) en 1929, la lengua está conformada por signos ideológicos, es decir que más allá de su significado de diccionario, las palabras, las frases, las oraciones, vehiculizan el sistema de creencias desde el cual han sido producidas.
Es un hecho obvio que los sujetos establecemos de qué modo queremos ser nombrados: el padre de un niño, por ejemplo, corrige a su hijito cuando este lo llama por su nombre, en vez de decirle "papá". Esto es porque hemos incorporado la potencia que tiene la enunciación del lenguaje como constitutivo de la subjetividad y, con ello, la productividad que tiene en la instalación de determinadas relaciones (ideológicas) de poder. En este sentido, es explicable por qué le cuesta tanto a un adolescente, por ejemplo, asumirse como gay: esa asunción implica nombrarse, enunciarse, colocarse en determinadas relaciones sociales (y por esto, ideológicas), desde las cuales, a partir de entonces, ese adolescente hablará y escuchará, pero también se le hablará y se le escuchará.
Si el acto de nombrarme y de ser nombrado es constitutivo de mi yo, este será uno de los espacios privilegiados para la disputa (simbólica) del poder: estaremos los que tenemos derecho a nombrarnos y ser nombrados y los que no, aquellos/as que serán denominados de un modo como no quieren: precisamente, para marcarles la cancha, para cristalizar la etiqueta de la otredad. Y en este dinamismo, es seguro, los que "tenemos" ese derecho no lo gozaremos en otras ocasiones, aunque eso no suela ser fácilmente entendido cuando se ha naturalizado que el otro es EL OTRO, pero nunca mi propio YO.
El caso de las personas travestis, en este sentido, es paradigmático. Tomando en cuenta que "travesti", en tanto apócope de "travestido", no tiene en su morfología marcas de género (no existe la oposición travesti/travesto, travesto/travesta, etc.), hablar de UN travesti es hacer referencia a CUALQUIER HOMBRE ("un") que se ha travestido, es decir, ha traspado las vestimentas de hombre (y atendiendo a la clasificación genérica binaria, por lo tanto se ha vestido como mujer); UNA travesti sería, por las reglas gramaticales, CUALQUIER MUJER que se ha travestido, es decir, utiliza ropas de hombre. Pero, como hemos estado desarrollando anteriormente, la lengua no realiza simples e ingenuas rotulaciones de la realidad, sino que al mismo tiempo que clasifica, inserta las evaluaciones (ideológicas, sociales) de esa realidad: en su inalienable derecho a decidir cómo nombrarse y ser nombradas, los hombres travestis que piden ser denominados LAS travestis no sólo disputan contra las reglas (y la lógica) de la gramática del español. ¿Cuántos de nosotros, no obstante, nos empeñamos en no usar el artículo "la", y decirles "LOS travestis", y hasta damos explicaciones más o menos sofisticadas para justificar esto? ¿Quiénes somos, y desde qué lugar (de poder) nos constituimos en defensores de las reglas de concordancia nominal del español, en desmedro del modo como ciertas personas optan por ser denonimadas?
Tomemos otro aspecto: el insulto. Incluso cuando se alude a la madre, o a la hermana (pertinentes también en lo que estamos tratando) la mayoría de los insultos hacen referencia o apuntan a cuestiones relacionadas con la sexualidad. Está claro que el insulto lo es porque clasifica de otro modo la realidad, una manera ofensiva y provocadora en la que se busca desajustar la (auto)percepción. Por ello, muchas veces se resignifica, y recubre espacios semánticos en los cuales atenúa el valor ofensivo, pero refuerza su función clasificatoria. Un caso notorio es el de "culo roto": no se trata de estigmatizar una modalidad de la sexualidad (la del sexo anal) que, por otra parte, es la panacea a la que todo varoncito quisiera acceder sino que, antes bien, lo que se busca es reforzar la idea de pasividad y con ella, la de minusvalor en la hombría (no se le dice "culo roto" a una mujer); paradójicamente, esta expresión (como otras, más o menos equivalentes: "Mi jefe es un culo roto" / "Mi jefe es un puto") es frecuentemente enunciada por hombres que se asumen como homosexuales pasivos, vale decir, personas atrapadas por una clasificación que, incluyéndolos, los ratifica y naturaliza en una relación de poder establecida socialmente como inferior. ¿Desde qué lugar el enunciador que, en sus prácticas sexuales cotidianas, se asume como homosexual pasivo, puede disputar o confrontar con las evaluaciones heterosexistas, cuando él mismo utiliza, para juzgar el mundo, ese sistema de categorías que lo clasifica y estigmatiza a él mismo? Algo similar sucede en la lengua de la cultura (el sociolecto) gay, al referirse a la mujer como "concha" (aludiendo a su genitalidad, no al caparazón de moluscos o crustáceos): por una operación de sinécdoque, la mujer es clasificada en su genitalidad y reducida a ella, focalizándola allí donde el hombre gay vendría a sentirse interpelado; la estrategia discursiva consiste en restarle rasgos humanos, cosificar a la mujer, reduciéndola. ¿Se refiere un gay del mismo modo a los hombres, diciendo, por ejemplo, "Entonces vino una pija y me dijo que me fuera"? ¿Es el mismo valor peyorativo y reduccionista que el que se vehiculiza cuando se los nombra como "un chongo"?
Un último caso que quisiéramos desarrollar tiene que ver con el uso de la palabra blanquear, cuyo significado de diccionario es «Poner blanco algo» y también «Ajustar a la legalidad fiscal el dinero procedente de negocios delictivos o injustificables» (D.R.A.E.) Por extensión, se suele decir que, por ejemplo, alguien ha blanqueado una relación extramatrimonial, es decir, la ha dado a conocer, le ha dado legalidad o visibilidad. En todos los casos, se parte del supuesto de que "lo blanco" es el símbolo por excelencia de la pureza (símbolo que, por su parte, es una típica construcción cultural) y por lo tanto blanquear se constituye en un verbo de naturaleza resultativa, es decir, una acción que denota el resultado de un proceso llevado a cabo por un agente, que afecta así a cierto objeto: alguien realiza una acción que da como resultado una transformación sobre algo que no necesariamente es el mismo agente. Dicho de otro modo: alguien efectúa algo que transforma lo negro (lo oscuro, lo impuro) en blanco (en puro). Así es como puede comprenderse que alguien diga de otra persona (o de sí misma) que "blanqueó que es gay": estando en un estado impuro, oscuro (gay a escondidas) ahora se ha purificado, pues ha dado a conocer su homosexualidad (ha permitido que se lo clasifique). Típica categoría (y por lo tanto, evaluación) heterosexista, ¿desde qué lugar alguien que se asume como gay puede afirmar que su condición de "gay no visible" era impura u oscura? ¿Era otro tipo de homosexualidad la que poseía antes de hacer su salida del armario? ¿Se consideraba "impuro" anteriormente, y se considera "purificado" ahora? ¿Con respecto a qué o a quiénes?
Como hemos intentado apuntar, el uso del lenguaje no es inocente, ni inocuo: no es un simple instrumento de comunicación ni de pensamiento. Comprender los mecanismos de esta lengua que nos constituye y sujeta, deconstuirlos y desautomatizarlos, es el primer paso para una verdadera política de reconocimiento. Se podría pensar que esto traería aparejado una situación de ilusoria igualdad discursiva, una especie de lenguaje políticamente correcto por el cual no se expresarían abiertamente las categorías de ver el mundo que, no obstante, seguirían estando presentes en la sociedad. Puede que así fuera, pero al menos no se las estaría reforzando en y por el discurso.
Por otra parte, como hemos afirmado, dado que el lenguaje es ese espacio de disputa de las formaciones ideológicas, ser un enunciador crítico permitiría esbozar claramente esos espacios de tensión, y al delimitarlos, confrontarlos mejor. Si la opción no es militante, es decir, no es confrontar, al menos es válido ser conciente de esos mecanismos, y desembarazarse de naturalizaciones que colocan al OTRO en el lugar donde las minorías sexuales también son colocadas: la reproducción acrítica del discurso y de sus signos ideológicos. No obstante esta actitud ética frente al discurso, es posible pensar en el uso del lenguaje como actividad humana que transforma la praxis. Con la reforma a la ley de matrimonio civil, por ejemplo, ¿qué impide —una vez despojada la institución matrimonial de su relación con lo biológico-genital— llamar "madre" o "padre", indistintamente, a cada uno de los dos varones o mujeres que conforman esa pareja, según los roles —culturales, afectivos, etc.— que cada uno de ellos asuma al interior de esa familia? César Aira, en su excelente nouvelle Cómo me hice monja, extrema esta posiblidad, insertándola en las condiciones de posiblidad de la sociedad de hace unos treinta o cuarenta años:
Como queda claro, si las condiciones materiales de una sociedad no están dadas, de nada serviría el cambio lingüístico. Sin embargo, no menos cierto es que, de no operarse una inversión en el valor de ciertos signos ideológicos, como "matrimonio", "padre" o "madre", seguirán cristalizados y fortalecidos esos sentidos que obturan la ocurrencia de otros, más acordes a la situación social (ideológica) deseada, y con ellos, al cambio. Es curioso que este tipo de usos lingüísticos de los que hemos estado tratando aquí se den u ocurran incluso entre personas homosexuales, en sus foros de discusión, sus redes sociales, etc.: esto vendría a confirmar que la potencia del lenguaje no radica en ser un simple vehículo de comunicación o la herramienta para la expresión del pensamiento pues, si fuera así, podría ser abordado, reflexionado, e intervenido políticamente de un modo más sencillo. Y es aquí donde la ética que hemos propuesto anteriormente debería materializarse.
Pero este, lamentablemente, dista de ser el caso.
NOTAS
La naturalización de esta concepción de la lengua como instrumento de comunicación y de pensamiento orienta nuestra interpretación cotidiana de las interacciones discursivas y, por esto, de nuestra evaluación de quién es el que habla/escribe y quién el que escucha/lee: quiénes somos, en definitiva. Y no sólo en la dimensión más superficial: quiénes somos socialmente; quiénes somos para los otros y quiénes son los otros para nosotros; desde qué lugar (simbólico) participo o participan, etc. La lengua, aun aceptando que está involucrada en la comunicación y en el pensamiento, es otra cosa: en última instancia, el medio privilegiado que utiliza la humanidad, cualquier sociedad, para establecer, transmitir, conservar o combatir las relaciones de poder en su cultura².
En definitiva, estamos expuestos a nuestra visión del mundo, y esa visión se expresa en y por el lenguaje. Los parámetros con los cuales evaluamos el mundo de la vida constituyen la ideología, y la lengua es su usina: todo, en la lengua, expresa, construye, revierte, ideología; ni siquiera LA ideología, puesto que estamos cruzados por diversos sistemas de creencias a los que podríamos llamar, con Foucault, formaciones ideológicas³. Como ya afirmara V. Voloshinov (presumible seudónimo de M. Bajtin) en 1929, la lengua está conformada por signos ideológicos, es decir que más allá de su significado de diccionario, las palabras, las frases, las oraciones, vehiculizan el sistema de creencias desde el cual han sido producidas.
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Es un hecho obvio que los sujetos establecemos de qué modo queremos ser nombrados: el padre de un niño, por ejemplo, corrige a su hijito cuando este lo llama por su nombre, en vez de decirle "papá". Esto es porque hemos incorporado la potencia que tiene la enunciación del lenguaje como constitutivo de la subjetividad y, con ello, la productividad que tiene en la instalación de determinadas relaciones (ideológicas) de poder. En este sentido, es explicable por qué le cuesta tanto a un adolescente, por ejemplo, asumirse como gay: esa asunción implica nombrarse, enunciarse, colocarse en determinadas relaciones sociales (y por esto, ideológicas), desde las cuales, a partir de entonces, ese adolescente hablará y escuchará, pero también se le hablará y se le escuchará.
Si el acto de nombrarme y de ser nombrado es constitutivo de mi yo, este será uno de los espacios privilegiados para la disputa (simbólica) del poder: estaremos los que tenemos derecho a nombrarnos y ser nombrados y los que no, aquellos/as que serán denominados de un modo como no quieren: precisamente, para marcarles la cancha, para cristalizar la etiqueta de la otredad. Y en este dinamismo, es seguro, los que "tenemos" ese derecho no lo gozaremos en otras ocasiones, aunque eso no suela ser fácilmente entendido cuando se ha naturalizado que el otro es EL OTRO, pero nunca mi propio YO.
El caso de las personas travestis, en este sentido, es paradigmático. Tomando en cuenta que "travesti", en tanto apócope de "travestido", no tiene en su morfología marcas de género (no existe la oposición travesti/travesto, travesto/travesta, etc.), hablar de UN travesti es hacer referencia a CUALQUIER HOMBRE ("un") que se ha travestido, es decir, ha traspado las vestimentas de hombre (y atendiendo a la clasificación genérica binaria, por lo tanto se ha vestido como mujer); UNA travesti sería, por las reglas gramaticales, CUALQUIER MUJER que se ha travestido, es decir, utiliza ropas de hombre. Pero, como hemos estado desarrollando anteriormente, la lengua no realiza simples e ingenuas rotulaciones de la realidad, sino que al mismo tiempo que clasifica, inserta las evaluaciones (ideológicas, sociales) de esa realidad: en su inalienable derecho a decidir cómo nombrarse y ser nombradas, los hombres travestis que piden ser denominados LAS travestis no sólo disputan contra las reglas (y la lógica) de la gramática del español. ¿Cuántos de nosotros, no obstante, nos empeñamos en no usar el artículo "la", y decirles "LOS travestis", y hasta damos explicaciones más o menos sofisticadas para justificar esto? ¿Quiénes somos, y desde qué lugar (de poder) nos constituimos en defensores de las reglas de concordancia nominal del español, en desmedro del modo como ciertas personas optan por ser denonimadas?
Tomemos otro aspecto: el insulto. Incluso cuando se alude a la madre, o a la hermana (pertinentes también en lo que estamos tratando) la mayoría de los insultos hacen referencia o apuntan a cuestiones relacionadas con la sexualidad. Está claro que el insulto lo es porque clasifica de otro modo la realidad, una manera ofensiva y provocadora en la que se busca desajustar la (auto)percepción. Por ello, muchas veces se resignifica, y recubre espacios semánticos en los cuales atenúa el valor ofensivo, pero refuerza su función clasificatoria. Un caso notorio es el de "culo roto": no se trata de estigmatizar una modalidad de la sexualidad (la del sexo anal) que, por otra parte, es la panacea a la que todo varoncito quisiera acceder sino que, antes bien, lo que se busca es reforzar la idea de pasividad y con ella, la de minusvalor en la hombría (no se le dice "culo roto" a una mujer); paradójicamente, esta expresión (como otras, más o menos equivalentes: "Mi jefe es un culo roto" / "Mi jefe es un puto") es frecuentemente enunciada por hombres que se asumen como homosexuales pasivos, vale decir, personas atrapadas por una clasificación que, incluyéndolos, los ratifica y naturaliza en una relación de poder establecida socialmente como inferior. ¿Desde qué lugar el enunciador que, en sus prácticas sexuales cotidianas, se asume como homosexual pasivo, puede disputar o confrontar con las evaluaciones heterosexistas, cuando él mismo utiliza, para juzgar el mundo, ese sistema de categorías que lo clasifica y estigmatiza a él mismo? Algo similar sucede en la lengua de la cultura (el sociolecto) gay, al referirse a la mujer como "concha" (aludiendo a su genitalidad, no al caparazón de moluscos o crustáceos): por una operación de sinécdoque, la mujer es clasificada en su genitalidad y reducida a ella, focalizándola allí donde el hombre gay vendría a sentirse interpelado; la estrategia discursiva consiste en restarle rasgos humanos, cosificar a la mujer, reduciéndola. ¿Se refiere un gay del mismo modo a los hombres, diciendo, por ejemplo, "Entonces vino una pija y me dijo que me fuera"? ¿Es el mismo valor peyorativo y reduccionista que el que se vehiculiza cuando se los nombra como "un chongo"?
Un último caso que quisiéramos desarrollar tiene que ver con el uso de la palabra blanquear, cuyo significado de diccionario es «Poner blanco algo» y también «Ajustar a la legalidad fiscal el dinero procedente de negocios delictivos o injustificables» (D.R.A.E.) Por extensión, se suele decir que, por ejemplo, alguien ha blanqueado una relación extramatrimonial, es decir, la ha dado a conocer, le ha dado legalidad o visibilidad. En todos los casos, se parte del supuesto de que "lo blanco" es el símbolo por excelencia de la pureza (símbolo que, por su parte, es una típica construcción cultural) y por lo tanto blanquear se constituye en un verbo de naturaleza resultativa, es decir, una acción que denota el resultado de un proceso llevado a cabo por un agente, que afecta así a cierto objeto: alguien realiza una acción que da como resultado una transformación sobre algo que no necesariamente es el mismo agente. Dicho de otro modo: alguien efectúa algo que transforma lo negro (lo oscuro, lo impuro) en blanco (en puro). Así es como puede comprenderse que alguien diga de otra persona (o de sí misma) que "blanqueó que es gay": estando en un estado impuro, oscuro (gay a escondidas) ahora se ha purificado, pues ha dado a conocer su homosexualidad (ha permitido que se lo clasifique). Típica categoría (y por lo tanto, evaluación) heterosexista, ¿desde qué lugar alguien que se asume como gay puede afirmar que su condición de "gay no visible" era impura u oscura? ¿Era otro tipo de homosexualidad la que poseía antes de hacer su salida del armario? ¿Se consideraba "impuro" anteriormente, y se considera "purificado" ahora? ¿Con respecto a qué o a quiénes?
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Como hemos intentado apuntar, el uso del lenguaje no es inocente, ni inocuo: no es un simple instrumento de comunicación ni de pensamiento. Comprender los mecanismos de esta lengua que nos constituye y sujeta, deconstuirlos y desautomatizarlos, es el primer paso para una verdadera política de reconocimiento. Se podría pensar que esto traería aparejado una situación de ilusoria igualdad discursiva, una especie de lenguaje políticamente correcto por el cual no se expresarían abiertamente las categorías de ver el mundo que, no obstante, seguirían estando presentes en la sociedad. Puede que así fuera, pero al menos no se las estaría reforzando en y por el discurso.
Por otra parte, como hemos afirmado, dado que el lenguaje es ese espacio de disputa de las formaciones ideológicas, ser un enunciador crítico permitiría esbozar claramente esos espacios de tensión, y al delimitarlos, confrontarlos mejor. Si la opción no es militante, es decir, no es confrontar, al menos es válido ser conciente de esos mecanismos, y desembarazarse de naturalizaciones que colocan al OTRO en el lugar donde las minorías sexuales también son colocadas: la reproducción acrítica del discurso y de sus signos ideológicos. No obstante esta actitud ética frente al discurso, es posible pensar en el uso del lenguaje como actividad humana que transforma la praxis. Con la reforma a la ley de matrimonio civil, por ejemplo, ¿qué impide —una vez despojada la institución matrimonial de su relación con lo biológico-genital— llamar "madre" o "padre", indistintamente, a cada uno de los dos varones o mujeres que conforman esa pareja, según los roles —culturales, afectivos, etc.— que cada uno de ellos asuma al interior de esa familia? César Aira, en su excelente nouvelle Cómo me hice monja, extrema esta posiblidad, insertándola en las condiciones de posiblidad de la sociedad de hace unos treinta o cuarenta años:
En el grado éramos cuarenta y dos (cuarenta y tres conmigo, pero a mí la maestra no me tomaba asistencia ni me dirigía la palabra ni me mencionaba nunca); eran cuarenta y dos en mi grado imaginario. Cuarenta y dos casos distintos. Cuarenta y dos novelas. Restar uno siquiera, para tener menos trabajo, me habría resultado inconcebible. Y era un trabajo titánico. Porque a cada dislexia, encima, le había dado una génesis familiar distinta y adecuada, en los términos algo delirantes en que yo me manejaba. Pero eso muestra una curiosa intuición en una niña de seis años. Por ejemplo, el chico que dibujaba las letras en espejo tenía un papá mujer y una mamá hombre. Lo cual, además, tenía efectos sobre su rendimiento escolar, ya porque tuviera que ayudar a su mamá a hacer la comida (su mamá era un hombre, por lo tanto no sabía cocinar), y por ello no tenía tiempo de hacer los deberes, ya porque la miseria en su hogar fuera excesiva (su papá era mujer, y fallaba en el mundo del trabajo) y entonces yo debía ocuparme de que la cooperadora lo proveyera de útiles. Y así cada uno de los otros cuarenta y uno.
Como queda claro, si las condiciones materiales de una sociedad no están dadas, de nada serviría el cambio lingüístico. Sin embargo, no menos cierto es que, de no operarse una inversión en el valor de ciertos signos ideológicos, como "matrimonio", "padre" o "madre", seguirán cristalizados y fortalecidos esos sentidos que obturan la ocurrencia de otros, más acordes a la situación social (ideológica) deseada, y con ellos, al cambio. Es curioso que este tipo de usos lingüísticos de los que hemos estado tratando aquí se den u ocurran incluso entre personas homosexuales, en sus foros de discusión, sus redes sociales, etc.: esto vendría a confirmar que la potencia del lenguaje no radica en ser un simple vehículo de comunicación o la herramienta para la expresión del pensamiento pues, si fuera así, podría ser abordado, reflexionado, e intervenido políticamente de un modo más sencillo. Y es aquí donde la ética que hemos propuesto anteriormente debería materializarse.
Pero este, lamentablemente, dista de ser el caso.
NOTAS
¹ El lingüista que mejor presentó, en la década del '60, argumentos contra la idea de la lengua como instrumento de comunicación fue E. Benveniste, en su artículo "De la subjetividad en el lenguaje", publicado en Problemas de lingüística general. Allí planteó que en tanto un instrumento es una extensión de las capacidades del hombre, la lengua no podría ser considerada de este modo, ya que constituye al hombre como tal, y no es un producto exterior a él: la subjetividad se construye como tal en y a partir del lenguaje y, de este modo, sujeto y lengua no podrían ser disociados. La concepción de la lengua como modeladora o como manifestación del pensamiento fue cuestionada a partir de la llamada hipótesis de Sapir-Whorf, por la cual estos lingüistas sostienen el punto de vista conocido como relativismo lingüístico, por el cual se postula que cada lengua refleja las condiciones de su cultura, de su forma de organizar el mundo (pero, nótese, no EL pensamiento). Sin embargo, fue la lingüística generativa impulsada por N. Chomsky, a partir de 1959, la que postuló al lenguaje como un dispositivo de base genética y universal, vale decir que no tendría relación con la conformación y desrrollo de capacidades del pensamiento.
² Pensemos, por ejemplo, qué nos ocurriría si alguien —digamos, la empleada que limpia nuestra casa—, nos dice, el primer día de trabajo en nuestro domicilio, "Che, hoy no voy a limpiar los vidrios" Paradójicamente, es probable que lo primero que pensáramos no estaría relacionado con los argumentos que fundamentan esa decisión —en última instancia, el contenido del mensaje transmitido, lo cual estaría a tono con la idea del lenguaje como vehículo de comunicación, y de expresión del pensamiento—, sino algo así como "Y esta quién se cree para estar hablándome así", "Yo soy el patrón" o cuestiones por el estilo, es decir, impugnaríamos ese enunciado no por lo que dice, sino por cómo lo dice, pues esa forma subvertida de decir las cosas del mundo estaría, voluntaria o involuntariamente, confrontando con NUESTRA idea de quién somos y de qué poder (social, simbólico) tenemos.
³ Una formación ideológica puede ser entendida como el espacio donde se producen y reproducen sistemas de creencias, valoraciones, etc., que regula la aparación (o no) de otros sistemas de valores, vale decir que es un esquema axiológico en un doble sentido: al interior de la formación, estableciendo qué es lo socialmente correcto (adecuado, aceptable) y al exterior de la formación, estableciendo qué otros sistemas ideológicos son inaceptables (inadecuados, aberrantes)
² Pensemos, por ejemplo, qué nos ocurriría si alguien —digamos, la empleada que limpia nuestra casa—, nos dice, el primer día de trabajo en nuestro domicilio, "Che, hoy no voy a limpiar los vidrios" Paradójicamente, es probable que lo primero que pensáramos no estaría relacionado con los argumentos que fundamentan esa decisión —en última instancia, el contenido del mensaje transmitido, lo cual estaría a tono con la idea del lenguaje como vehículo de comunicación, y de expresión del pensamiento—, sino algo así como "Y esta quién se cree para estar hablándome así", "Yo soy el patrón" o cuestiones por el estilo, es decir, impugnaríamos ese enunciado no por lo que dice, sino por cómo lo dice, pues esa forma subvertida de decir las cosas del mundo estaría, voluntaria o involuntariamente, confrontando con NUESTRA idea de quién somos y de qué poder (social, simbólico) tenemos.
³ Una formación ideológica puede ser entendida como el espacio donde se producen y reproducen sistemas de creencias, valoraciones, etc., que regula la aparación (o no) de otros sistemas de valores, vale decir que es un esquema axiológico en un doble sentido: al interior de la formación, estableciendo qué es lo socialmente correcto (adecuado, aceptable) y al exterior de la formación, estableciendo qué otros sistemas ideológicos son inaceptables (inadecuados, aberrantes)
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sábado, 9 de octubre de 2010
Otro cuento
Para algunos –los menos–, era un excéntrico. Los más lo consideraban un ser abominable, horrendo, viscosamente sombrío. Para mí, sencillamente, su fundamento era patológico, y sólo con eso lograba despertarme una masoquista conmiseración. Era capaz de pagar una fortuna (que no tenía) por ver a Julio Iglesias, sabiendo que con ello ofendería a alguien, a quien fuera. Aunque también era capaz de realizar actos realmente odiosos, malignos, inhumanos.
Para evitar tener que reconocerse, salía poco y nada de su habitación. Siendo él su propio y único centro, su propio y único ombligo del mundo, no se necesitaba más que a sí mismo para vivir. Estaba convencido de que, por ejemplo, el oxígeno era un elemento más o menos accesorio en sus pulmones, en tanto cualquier objeto, sin su sujeto cognoscente (básicamente, su mente clasificadora y organizadora), no era más que un caos. El resto de las personas tenían, aproximadamente, un estatus menos importante que, siguiendo con el ejemplo, el oxígeno. Amaba abusar de la palabra caos, y la interponía –sin entender realmente– en cuanta explicación del mundo-(des)ajustado-a-su-yo exponía: el precio del barril del crudo en boca de pozo es un caos, o es un caos esa aberración que comenzó a ser denominada “pernil de cerdo”. No estoy exagerando, para nada: el caos funcionaba como condición de posibilidad de una mente, la suya, que había sido traída al mundo para ordenarlo y disciplinario ab aeterno o, con mesiánico acierto, in saecula seculorum.
A pesar de esto, era un bicho simpático y –sigo diciéndolo–, inofensivo: era cuestión de tomar su lógica como la de un relato: una especie de parodia de Kafka. Me topé con él por intermedio de otras personas, más luminosas y por ello, con bastante rencor acumulado, tanto que sólo atinaban a recomendarme, tajantes y misteriosos, No le hables, Ni se te ocurra, Es un enfermo. Particularmente, me gusta decidir por mí mismo y las experiencias de otros me resultan una referencia, pero no una enciclopedia en sí: de hecho, buena parte de la gente está enferma, también loca, desviada, aunque tampoco lo admite. Sostuvimos un breve intercambio discursivo; aún conservo la mayoría de sus textos –aunque no los últimos, donde ya, sencillamente, se había decidido a dar rienda suelta a su psicosis, creyéndose avalado a hacerlo debido a mi repentina y diaria predisposición a su escritura– que son, en buena medida, páginas casi geniales –y digo “casi” porque se detienen allí donde la locura se desvirtúa en catarsis vacua–. No obstante, una vez conocidos los dispositivos de su enunciación, se me había hecho borgeanamente repetitivo y, por esto, comencé a tener menor tolerancia a sus agresiones manuscritas, a ese modo tan particular de sopapear al mundo para ordenarlo un poco según su particularísima vida encerrada en la habitación.
Quizás lo estuviera ensalzando demasiado si dijera que era una especie de Gregorio Samsa a la inversa, aunque mis elogios para él siempre fueron genuinos: algún día habré de regular o comprender el porqué de mi deslumbramiento por lo sórdido, las profundidades barrosas y las escorias. Una sola vez lo vi en persona, cara a cara, más allá de su caligrafía abigarrada y prolija: fue un extenso encuentro en que llenó las horas parloteando, increíblemente, acerca de música – lo único en que, evidentemente, se sentía seguro para hablar sin la intermediación, sin el ocultamiento de la letra–. Parecía un ser humano más, y diríase que si te lo cruzabas por la calle nadie pensaría de él Qué desperdicio de hombre: esa ratificación de la escisión paranoico-psicótica, y esa posibilidad de participación nocturna de los dos en el mismo mundo posible, me confundieron: lo sé. Al poco tiempo, quizás no tan sorpresivamente, fue él quien profirió sus habituales insultos, más duros, y decidió cesar en con el intercambio de mensajes: seguramente evaluó que pisaba en terreno en falso, y que era más sencillo mantenerse en la reclusión flagelante de sus cuatro paredes.
No lo culpo: en su condición, creo que cualquiera haría lo mismo. No obstante, a veces un remedo de su presencia, más virtual que real, me invade en mi interior. A veces, incluso, siento que me metamorfoseo en él, o él en mí, todavía. Abandonarme es abandonarlo, pero no puedo. Y, por eso, me lanzo a la escritura.
9/10/10
Para evitar tener que reconocerse, salía poco y nada de su habitación. Siendo él su propio y único centro, su propio y único ombligo del mundo, no se necesitaba más que a sí mismo para vivir. Estaba convencido de que, por ejemplo, el oxígeno era un elemento más o menos accesorio en sus pulmones, en tanto cualquier objeto, sin su sujeto cognoscente (básicamente, su mente clasificadora y organizadora), no era más que un caos. El resto de las personas tenían, aproximadamente, un estatus menos importante que, siguiendo con el ejemplo, el oxígeno. Amaba abusar de la palabra caos, y la interponía –sin entender realmente– en cuanta explicación del mundo-(des)ajustado-a-su-yo exponía: el precio del barril del crudo en boca de pozo es un caos, o es un caos esa aberración que comenzó a ser denominada “pernil de cerdo”. No estoy exagerando, para nada: el caos funcionaba como condición de posibilidad de una mente, la suya, que había sido traída al mundo para ordenarlo y disciplinario ab aeterno o, con mesiánico acierto, in saecula seculorum.
A pesar de esto, era un bicho simpático y –sigo diciéndolo–, inofensivo: era cuestión de tomar su lógica como la de un relato: una especie de parodia de Kafka. Me topé con él por intermedio de otras personas, más luminosas y por ello, con bastante rencor acumulado, tanto que sólo atinaban a recomendarme, tajantes y misteriosos, No le hables, Ni se te ocurra, Es un enfermo. Particularmente, me gusta decidir por mí mismo y las experiencias de otros me resultan una referencia, pero no una enciclopedia en sí: de hecho, buena parte de la gente está enferma, también loca, desviada, aunque tampoco lo admite. Sostuvimos un breve intercambio discursivo; aún conservo la mayoría de sus textos –aunque no los últimos, donde ya, sencillamente, se había decidido a dar rienda suelta a su psicosis, creyéndose avalado a hacerlo debido a mi repentina y diaria predisposición a su escritura– que son, en buena medida, páginas casi geniales –y digo “casi” porque se detienen allí donde la locura se desvirtúa en catarsis vacua–. No obstante, una vez conocidos los dispositivos de su enunciación, se me había hecho borgeanamente repetitivo y, por esto, comencé a tener menor tolerancia a sus agresiones manuscritas, a ese modo tan particular de sopapear al mundo para ordenarlo un poco según su particularísima vida encerrada en la habitación.
Quizás lo estuviera ensalzando demasiado si dijera que era una especie de Gregorio Samsa a la inversa, aunque mis elogios para él siempre fueron genuinos: algún día habré de regular o comprender el porqué de mi deslumbramiento por lo sórdido, las profundidades barrosas y las escorias. Una sola vez lo vi en persona, cara a cara, más allá de su caligrafía abigarrada y prolija: fue un extenso encuentro en que llenó las horas parloteando, increíblemente, acerca de música – lo único en que, evidentemente, se sentía seguro para hablar sin la intermediación, sin el ocultamiento de la letra–. Parecía un ser humano más, y diríase que si te lo cruzabas por la calle nadie pensaría de él Qué desperdicio de hombre: esa ratificación de la escisión paranoico-psicótica, y esa posibilidad de participación nocturna de los dos en el mismo mundo posible, me confundieron: lo sé. Al poco tiempo, quizás no tan sorpresivamente, fue él quien profirió sus habituales insultos, más duros, y decidió cesar en con el intercambio de mensajes: seguramente evaluó que pisaba en terreno en falso, y que era más sencillo mantenerse en la reclusión flagelante de sus cuatro paredes.
No lo culpo: en su condición, creo que cualquiera haría lo mismo. No obstante, a veces un remedo de su presencia, más virtual que real, me invade en mi interior. A veces, incluso, siento que me metamorfoseo en él, o él en mí, todavía. Abandonarme es abandonarlo, pero no puedo. Y, por eso, me lanzo a la escritura.
9/10/10
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jueves, 7 de octubre de 2010
Un cuento sencillito, sencillito
A Susana
viva, entre tantos fantasmas
viva, entre tantos fantasmas
Nos mudamos a esa casa en marzo de 1984. Habíamos ido a conocerla unos días antes, llevados por mi abuelo en el Dodge 1500 blanco al que cuidaba más que a sí mismo. Recuerdo ese viaje interminable, por una avenida que luego se hacía ruta con varios carriles y que terminaba siendo una serpentina de dos manos. Y Después una curva, y un riacho, y la entrada con puentecito de quebracho y los pinos añejos en todo el perímetro del lote. A todos hubo algo que nos gustó en ese nuevo lugar: a mi mamá los árboles; a mi abuelo el juego de mesa y sillas de jardín; a mi hermana y a mí, la canaleta bajo los pinos que servía de desagüe a la pileta y que, pasando entre troncos y plantas y pastos crecidos, nos hacía creen en selvas y bosques surgidos entre alambres tejidos. Era uno de esos días de verano que, imperceptiblemente, se adelantaban al otoño, quizás por el tono levemente apagado de las plantas, o tal vez por la congoja de dejar la otra casa, la de nuestra primera infancia.
A la semana de vivir allí, entre muebles que estaban desordenados adentro y afuera, comenzábamos las clases. A mis once años se les sumaba una responsabilidad nueva: llevar y traer a Vicky en colectivo. A los nueve yo había tenido que aprender, a la fuerza, a viajar solo, un trayecto de una hora, y con combinación: a hacerlo sin nadie, imaginando que el colectivo jugaba carreras con los demás autos, o que los pasajeros competían, y triunfaba quien se sentara en el primer asiento (en uno de esos juegos, y por estar ganando, un mediodía tuve que cerrar los ojos y apoyarme en el vidrio, para no ceder el asiento, con tanta mala suerte que realmente me dormí y me pasé unas paradas, más allá de Camino de Cintura, es decir, más allá de donde tenía permitido ir en bicicleta: me largué a llorar, en esa soledad, hasta que alguien me explicó que, en realidad, estaba a unas pocas cuadras de casa) Pero a partir de la mudanza era distinto, porque tenía la responsabilidad de llevar a mi hermana, dejarla en la escuela, retirarla cuando yo salía de mi turno escolar, volver. Y atenderla a la mañana, porque estábamos los dos solos: que desayunara, que se bañara, peinarla con unas trenzas tirantísimas que le encantaban, cocinar al mediodía. La ida a la escuela era tranquila, porque íbamos sentados; pero en el regreso veníamos parados, en el viejo 88 de asientos reclinables y sin puerta atrás. Entonces tenía que lograr la mejor ubicación donde esperar que alguien se levantara, mientras le indicaba a mi hermana que esperara un poco más allá, vigilarla, lograr el asiento, cedérselo a ella, y vuelta a empezar. Muchas veces me pregunto qué hubiera sido de mi vida sin los colectivos; seguramente, en esencia, hubiera sido la misma, pero se habría desarrollado de otro modo, sin dudas.
A mi papá se le había metido en la cabeza que las extensiones de la nueva casa permitían tener una quinta, un gallinero, árboles frutales. En el terreno lindero, que estaba libre, había sembrado maíz, papas, tomates, acelga, lechuga, ají, zapallo. De nuestro lado había instalado un gallinero en una de las esquinas, dejando libre el recorrido de la acequia de desagüe: un obstáculo más para recorrer. Había plantado también un limonero, un naranjo, un peral, y algunos otros más que se secaron enseguida. Con el tiempo todo eso pasó a ser una tediosa responsabilidad mía. En la anterior casa, que tenía poco jardín, los únicos frutales que conocía eran los del vecino Lencina, que inundaban todos nuestros ambientes con un intenso perfume de azahares. En el nuevo hogar, en cambio, era todo tan abierto, tan amplio, que ni los rosales que mi mamá había plantado frente a la casa, ni los jazmines, ni los naranjos o los mandarinos perfumaban el interior de la vivienda del mismo modo.
Al comenzar octubre de 1984, la maravilla de la vida en el campo se mostró, en todo el cañadón de la ruta, con el surgimiento de margaritas silvestres que tapizaban de blanco esa inmensa extensión verde que había entre la casa y el lejano asfalto. Mi mamá, mi hermana, y a veces mi abuela y mi abuelo salían entonces a juntar esas flores y llenar jarrones y hasta baldes enteros. Yo a veces también las juntaba, pero como excusa para ir a recorrer el arroyo hasta meterme en la parte de un laboratorio cercado que había más allá (y en donde una vez, estando con mis primos, un tipo de seguridad nos retuvo, arma en mano, hasta que mi abuelo, invocando su condición de oficial retirado de la Marina –no en vano se habían vivido tantos años de dictaduras: la enunciación de esas palabras valía por un verdadero acto de habla– nos retiró). En esas caminatas, o cuando me iba hasta el Río Matanza, que pasa a unas quince cuadras al fondo, y donde en esas épocas en las aguas cristalinas se podía pescar y cazar nutrias y hasta liebres, nunca iba mi hermana: eran, diríase hoy, viajes iniciáticos, que reforzaban ese viejo comentario que había escuchado de niño, sin entenderlo todavía muy bien: Es muy responsable, viaja solo a la escuela en colectivo y hasta tiene la llave de casa. De hecho, con mi hermana todavía nos llevábamos mal, tanto como pueden tratarse dos hijos que con cuatro años de diferencia de los cuales una, por lo tanto, una había venido a robar el cariño que antes los padres profesaban sólo al otro.
Al año siguiente yo ya empecé el secundario y, por mis horarios, no podía hacerme cargo de Vicky. Sin embargo, seguía viajando solo a la escuela, aunque ahora para el otro lado de la ruta, una media hora de viaje. Pasé todo ese año relacionándome con otros chicos de la ruta que iban a mi misma escuela, y comencé a ir a sus casas o ellos venir a la mía. En el 35, igual que yo, tenían un arroyo al fondo, pero no era tan exuberante como mi río. Íbamos, sí, pero en lugar de meternos en el agua o pescar o cazar, nos terminábamos escupiendo o arrojando bosta fresca, corriéndonos por toda la extensión de los campos que hoy están hacinados. Mi responsabilidad, con mi hermana, se limitaba a acompañarla a que tomara el micro que la llevaba a su escuela, o esperarla cuando regresaba. Así transcurrió todo 1985 y, con leves variantes, 1986, cuando como castigo por inconductas reiteradas la vicedirectora le recomendó a mi mamá que dejara de juntarme con chicos de la ruta y que me relacionara con gente sana, es decir, de Cañuelas. Tuve que elegir qué actividad social realizar en ese pueblo al que todavía odiaba, para hacerme amigo de paisanos, aunque el berrinche me duró poco y, al poco tiempo, ya estaba juntándome con nuevos amigos, sanos, con quienes, por ejemplo, nos trepábamos a los árboles más altos de la casa de Gastón Garzonio para tirar naranjas muy maduras o podridas, desde los fondos de su casa, a la gente que caminaba por la calle Libertad. Ese año Vicky tomó su primera comunión y me confesó, a mí primero que a nadie, que estaba enamorada de un chico de uno o dos años más, llamado Mauro.
En abril de 1987 todo parecía indicar que sería un año como los anteriores. Una tarde, acompañando a mi hermana desde la ruta a casa, después que la dejó Toti (el padre de una compañera mía y dueño del micro escolar que la traía desde la escuela), mientras veníamos caminando, se cayó. Algo sin importancia, salvo por el hecho de que le pasó porque tenía dormida la pierna. Mi comentario en casa la derivó al médico y, justo el día del cumpleaños de papá, los estudios dieron que había un tumor. En el cerebro. Y que era urgente e imperioso operar. Fue la primera vez que tuve que viajar solo hasta Once, y hasta un hospital, que no era lo mismo que haber seguido yendo a San Justo a visitar ex compañeros, o ir a la academia de peluquería donde cobraban más barato y, por lo tanto, ganaba una pequeña diferencia para los videojuegos. Esa vez era distinto. De hecho, las circunstancias tuvieron, como efectos secundarios, mi primera arritmia cardíaca y la muerte de mi abuelo, solo, también en un colectivo.
Vicky salió bien de la operación. Había perdido su hermoso pelo que yo trenzaba, pero al poco tiempo empezó a salirle, un tanto más oscuro. Estaba obligada a tomar de por vida cierta medicación que controlaba posibles secuelas de la operación cerebral, pero nada más. Ese año nos hicimos más compinches, más hermanos. Muchas veces me pregunto qué hubiera sido de mi vida con una hermana cómplice: seguramente, en esencia, hubiera sido la misma, pero habría tenido alguien con quien poder conversar de igual a igual, alguien que habría llenado de sentido pleno (y no impostor e impostado), ese “tío” con que los hijos de mis amigos me llaman, a veces. El 17 de enero de 1988 tuvo, por primera vez y conmigo, en el jardín, una convulsión, que podía deberse a que la dosis de medicación resultara insuficiente, producto de su desarrollo. El 26 de ese mes se confirmó que, en lugar de uno, había dos tumores que la radioterapia no había logrado vencer. Las posibilidades de una segunda operación eran ínfimas y, entonces, sin decirlo –pero sabiendo qué se callaba– mis padres optaron por no operar. Lo primero que le afectó fue la visión, hasta quedar ciega; luego la misma pierna del año anterior, con el brazo de ese lado del cuerpo; postrada en la cama, comenzó a no articular bien las palabras, hasta que sólo pudo expresarse con leve arqueo de cejas, una sutil caricia de su mano móvil otra. No conocía los pormenores, pero hacía lo imposible por consolar a los demás. Una de las últimas cosas que me contó, cuando todavía algo se le entendía, era que estaba enamorada de Juan Francisco, mi amigo. Y lo último que me dijo fue que me quería. Yo le contesté que también, y que nuestras peleas de chicos, mi hostigamiento de hermano mayor, era (y es) la única y mejor forma que siempre tuve de demostrar mi amor. Pero no aguanté mucho diciéndoselo y tuve que dejarla, para no quebrar el juramento de no llorar delante de ella.
Pese a que yo trataba de no hacer fuera de casa más cosas que ir a la escuela, la tarde del 22 de junio me fui a San Justo, no recuerdo por qué, sabiendo que no tenía que retrasarme demasiado. Para cuando volví ya estaba muerta, todavía en la cama grande de mis viejos. Esa noche, coincidencias extrañas, unos asaltantes mataron en su casa a Julieta, la chica de quien mi amigo Juan Francisco estaba profundamente enamorado.
Esa casa no volvió a ser la misma. Con el tiempo las cosas pasaron a ser lo que realmente eran: un simple parque grande, árboles, una zanja aburrida que permitía el desagüe de la pileta. Ya no había gallinas, ni quinta en el terreno de al lado; de algún modo, los colores y la luz se obstinaron en quedar registrados como una permanente tarde de otoño. Yo pude llorar esa muerte dos años después, yendo a estudiar a Capital: una nena, en algún asiento, hablaba como Vicky en sus últimos tiempos. Y, solo y en un colectivo, derrumbé algo, el segundo de mis grandes muros. Con el tiempo me recibí, empecé a trabajar en la zona; mis amigos terminaron presentándome a aquel Mauro de quien Vicky había estado enamorada, aunque nunca supe explicarle cuál era mi gusto al conocerlo. Allí viví nueve años más, que se suman a los once acá, donde ahora estoy. Desde hace tres o cuatro años (ya muerto también mi viejo, y en esa misma casa, una noche cuando yo festejaba en este, mi nuevo hogar, un cumpleaños), viven allá otras personas, que como corresponde no se hicieron cargo de todos esos recuerdos, de toda esa historia, de todo ese dolor.
Hoy pasé por tres hechos que se concatenaron de un modo, quizás, premonitorio. Estuve en La Plata, y la ciudad estaba inundada de perfume de azahar, por todos lados: el mismo penetrante aroma de la casa de Lencina y que impregnaba todo en mi primera infancia. De regreso, el micro en que volvíamos pasó por mi antigua casa de Ruta 3, completamente distinta, con aquel asfalto que ahora es de doble mano y colectoras de cemento que pasan casi por la puerta, por donde antes estaba el cañadón y el ombú y el puentecito de durmientes de quebracho. Sin embargo, las margaritas silvestres, a pesar de todo esto, pugnan persistir tímidas en el nuevo paisaje, removidas, solitarias, en ese lugar que es menos rural y más extraño.
Jamás pude relatar a alguien todo esto, y si hoy lo hago es porque hace tiempo que comprobé que escribir ya no conjura mis miedos. Muchas veces me pregunto qué hubiera sido de mi vida si hubiera podido construirme de otro modo; seguramente, seguramente, en esencia, hubiera sido la misma, pero conciliaría más rápido el sueño, o no seguiría soñando con las mismas personas, la misma casa y el mismo parque. Dicen que de nada vale preguntarse por el qué hubiera sido, sino por lo que fue, ya que es lo más difícil de responder. También dicen que minutos antes de morir, a las personas se les aparece su vida como en una película. Si esto resulta así, esta noche (seguramente) por fin podré dormir.
A la semana de vivir allí, entre muebles que estaban desordenados adentro y afuera, comenzábamos las clases. A mis once años se les sumaba una responsabilidad nueva: llevar y traer a Vicky en colectivo. A los nueve yo había tenido que aprender, a la fuerza, a viajar solo, un trayecto de una hora, y con combinación: a hacerlo sin nadie, imaginando que el colectivo jugaba carreras con los demás autos, o que los pasajeros competían, y triunfaba quien se sentara en el primer asiento (en uno de esos juegos, y por estar ganando, un mediodía tuve que cerrar los ojos y apoyarme en el vidrio, para no ceder el asiento, con tanta mala suerte que realmente me dormí y me pasé unas paradas, más allá de Camino de Cintura, es decir, más allá de donde tenía permitido ir en bicicleta: me largué a llorar, en esa soledad, hasta que alguien me explicó que, en realidad, estaba a unas pocas cuadras de casa) Pero a partir de la mudanza era distinto, porque tenía la responsabilidad de llevar a mi hermana, dejarla en la escuela, retirarla cuando yo salía de mi turno escolar, volver. Y atenderla a la mañana, porque estábamos los dos solos: que desayunara, que se bañara, peinarla con unas trenzas tirantísimas que le encantaban, cocinar al mediodía. La ida a la escuela era tranquila, porque íbamos sentados; pero en el regreso veníamos parados, en el viejo 88 de asientos reclinables y sin puerta atrás. Entonces tenía que lograr la mejor ubicación donde esperar que alguien se levantara, mientras le indicaba a mi hermana que esperara un poco más allá, vigilarla, lograr el asiento, cedérselo a ella, y vuelta a empezar. Muchas veces me pregunto qué hubiera sido de mi vida sin los colectivos; seguramente, en esencia, hubiera sido la misma, pero se habría desarrollado de otro modo, sin dudas.
A mi papá se le había metido en la cabeza que las extensiones de la nueva casa permitían tener una quinta, un gallinero, árboles frutales. En el terreno lindero, que estaba libre, había sembrado maíz, papas, tomates, acelga, lechuga, ají, zapallo. De nuestro lado había instalado un gallinero en una de las esquinas, dejando libre el recorrido de la acequia de desagüe: un obstáculo más para recorrer. Había plantado también un limonero, un naranjo, un peral, y algunos otros más que se secaron enseguida. Con el tiempo todo eso pasó a ser una tediosa responsabilidad mía. En la anterior casa, que tenía poco jardín, los únicos frutales que conocía eran los del vecino Lencina, que inundaban todos nuestros ambientes con un intenso perfume de azahares. En el nuevo hogar, en cambio, era todo tan abierto, tan amplio, que ni los rosales que mi mamá había plantado frente a la casa, ni los jazmines, ni los naranjos o los mandarinos perfumaban el interior de la vivienda del mismo modo.
Al comenzar octubre de 1984, la maravilla de la vida en el campo se mostró, en todo el cañadón de la ruta, con el surgimiento de margaritas silvestres que tapizaban de blanco esa inmensa extensión verde que había entre la casa y el lejano asfalto. Mi mamá, mi hermana, y a veces mi abuela y mi abuelo salían entonces a juntar esas flores y llenar jarrones y hasta baldes enteros. Yo a veces también las juntaba, pero como excusa para ir a recorrer el arroyo hasta meterme en la parte de un laboratorio cercado que había más allá (y en donde una vez, estando con mis primos, un tipo de seguridad nos retuvo, arma en mano, hasta que mi abuelo, invocando su condición de oficial retirado de la Marina –no en vano se habían vivido tantos años de dictaduras: la enunciación de esas palabras valía por un verdadero acto de habla– nos retiró). En esas caminatas, o cuando me iba hasta el Río Matanza, que pasa a unas quince cuadras al fondo, y donde en esas épocas en las aguas cristalinas se podía pescar y cazar nutrias y hasta liebres, nunca iba mi hermana: eran, diríase hoy, viajes iniciáticos, que reforzaban ese viejo comentario que había escuchado de niño, sin entenderlo todavía muy bien: Es muy responsable, viaja solo a la escuela en colectivo y hasta tiene la llave de casa. De hecho, con mi hermana todavía nos llevábamos mal, tanto como pueden tratarse dos hijos que con cuatro años de diferencia de los cuales una, por lo tanto, una había venido a robar el cariño que antes los padres profesaban sólo al otro.
Al año siguiente yo ya empecé el secundario y, por mis horarios, no podía hacerme cargo de Vicky. Sin embargo, seguía viajando solo a la escuela, aunque ahora para el otro lado de la ruta, una media hora de viaje. Pasé todo ese año relacionándome con otros chicos de la ruta que iban a mi misma escuela, y comencé a ir a sus casas o ellos venir a la mía. En el 35, igual que yo, tenían un arroyo al fondo, pero no era tan exuberante como mi río. Íbamos, sí, pero en lugar de meternos en el agua o pescar o cazar, nos terminábamos escupiendo o arrojando bosta fresca, corriéndonos por toda la extensión de los campos que hoy están hacinados. Mi responsabilidad, con mi hermana, se limitaba a acompañarla a que tomara el micro que la llevaba a su escuela, o esperarla cuando regresaba. Así transcurrió todo 1985 y, con leves variantes, 1986, cuando como castigo por inconductas reiteradas la vicedirectora le recomendó a mi mamá que dejara de juntarme con chicos de la ruta y que me relacionara con gente sana, es decir, de Cañuelas. Tuve que elegir qué actividad social realizar en ese pueblo al que todavía odiaba, para hacerme amigo de paisanos, aunque el berrinche me duró poco y, al poco tiempo, ya estaba juntándome con nuevos amigos, sanos, con quienes, por ejemplo, nos trepábamos a los árboles más altos de la casa de Gastón Garzonio para tirar naranjas muy maduras o podridas, desde los fondos de su casa, a la gente que caminaba por la calle Libertad. Ese año Vicky tomó su primera comunión y me confesó, a mí primero que a nadie, que estaba enamorada de un chico de uno o dos años más, llamado Mauro.
En abril de 1987 todo parecía indicar que sería un año como los anteriores. Una tarde, acompañando a mi hermana desde la ruta a casa, después que la dejó Toti (el padre de una compañera mía y dueño del micro escolar que la traía desde la escuela), mientras veníamos caminando, se cayó. Algo sin importancia, salvo por el hecho de que le pasó porque tenía dormida la pierna. Mi comentario en casa la derivó al médico y, justo el día del cumpleaños de papá, los estudios dieron que había un tumor. En el cerebro. Y que era urgente e imperioso operar. Fue la primera vez que tuve que viajar solo hasta Once, y hasta un hospital, que no era lo mismo que haber seguido yendo a San Justo a visitar ex compañeros, o ir a la academia de peluquería donde cobraban más barato y, por lo tanto, ganaba una pequeña diferencia para los videojuegos. Esa vez era distinto. De hecho, las circunstancias tuvieron, como efectos secundarios, mi primera arritmia cardíaca y la muerte de mi abuelo, solo, también en un colectivo.
Vicky salió bien de la operación. Había perdido su hermoso pelo que yo trenzaba, pero al poco tiempo empezó a salirle, un tanto más oscuro. Estaba obligada a tomar de por vida cierta medicación que controlaba posibles secuelas de la operación cerebral, pero nada más. Ese año nos hicimos más compinches, más hermanos. Muchas veces me pregunto qué hubiera sido de mi vida con una hermana cómplice: seguramente, en esencia, hubiera sido la misma, pero habría tenido alguien con quien poder conversar de igual a igual, alguien que habría llenado de sentido pleno (y no impostor e impostado), ese “tío” con que los hijos de mis amigos me llaman, a veces. El 17 de enero de 1988 tuvo, por primera vez y conmigo, en el jardín, una convulsión, que podía deberse a que la dosis de medicación resultara insuficiente, producto de su desarrollo. El 26 de ese mes se confirmó que, en lugar de uno, había dos tumores que la radioterapia no había logrado vencer. Las posibilidades de una segunda operación eran ínfimas y, entonces, sin decirlo –pero sabiendo qué se callaba– mis padres optaron por no operar. Lo primero que le afectó fue la visión, hasta quedar ciega; luego la misma pierna del año anterior, con el brazo de ese lado del cuerpo; postrada en la cama, comenzó a no articular bien las palabras, hasta que sólo pudo expresarse con leve arqueo de cejas, una sutil caricia de su mano móvil otra. No conocía los pormenores, pero hacía lo imposible por consolar a los demás. Una de las últimas cosas que me contó, cuando todavía algo se le entendía, era que estaba enamorada de Juan Francisco, mi amigo. Y lo último que me dijo fue que me quería. Yo le contesté que también, y que nuestras peleas de chicos, mi hostigamiento de hermano mayor, era (y es) la única y mejor forma que siempre tuve de demostrar mi amor. Pero no aguanté mucho diciéndoselo y tuve que dejarla, para no quebrar el juramento de no llorar delante de ella.
Pese a que yo trataba de no hacer fuera de casa más cosas que ir a la escuela, la tarde del 22 de junio me fui a San Justo, no recuerdo por qué, sabiendo que no tenía que retrasarme demasiado. Para cuando volví ya estaba muerta, todavía en la cama grande de mis viejos. Esa noche, coincidencias extrañas, unos asaltantes mataron en su casa a Julieta, la chica de quien mi amigo Juan Francisco estaba profundamente enamorado.
Esa casa no volvió a ser la misma. Con el tiempo las cosas pasaron a ser lo que realmente eran: un simple parque grande, árboles, una zanja aburrida que permitía el desagüe de la pileta. Ya no había gallinas, ni quinta en el terreno de al lado; de algún modo, los colores y la luz se obstinaron en quedar registrados como una permanente tarde de otoño. Yo pude llorar esa muerte dos años después, yendo a estudiar a Capital: una nena, en algún asiento, hablaba como Vicky en sus últimos tiempos. Y, solo y en un colectivo, derrumbé algo, el segundo de mis grandes muros. Con el tiempo me recibí, empecé a trabajar en la zona; mis amigos terminaron presentándome a aquel Mauro de quien Vicky había estado enamorada, aunque nunca supe explicarle cuál era mi gusto al conocerlo. Allí viví nueve años más, que se suman a los once acá, donde ahora estoy. Desde hace tres o cuatro años (ya muerto también mi viejo, y en esa misma casa, una noche cuando yo festejaba en este, mi nuevo hogar, un cumpleaños), viven allá otras personas, que como corresponde no se hicieron cargo de todos esos recuerdos, de toda esa historia, de todo ese dolor.
Hoy pasé por tres hechos que se concatenaron de un modo, quizás, premonitorio. Estuve en La Plata, y la ciudad estaba inundada de perfume de azahar, por todos lados: el mismo penetrante aroma de la casa de Lencina y que impregnaba todo en mi primera infancia. De regreso, el micro en que volvíamos pasó por mi antigua casa de Ruta 3, completamente distinta, con aquel asfalto que ahora es de doble mano y colectoras de cemento que pasan casi por la puerta, por donde antes estaba el cañadón y el ombú y el puentecito de durmientes de quebracho. Sin embargo, las margaritas silvestres, a pesar de todo esto, pugnan persistir tímidas en el nuevo paisaje, removidas, solitarias, en ese lugar que es menos rural y más extraño.
Jamás pude relatar a alguien todo esto, y si hoy lo hago es porque hace tiempo que comprobé que escribir ya no conjura mis miedos. Muchas veces me pregunto qué hubiera sido de mi vida si hubiera podido construirme de otro modo; seguramente, seguramente, en esencia, hubiera sido la misma, pero conciliaría más rápido el sueño, o no seguiría soñando con las mismas personas, la misma casa y el mismo parque. Dicen que de nada vale preguntarse por el qué hubiera sido, sino por lo que fue, ya que es lo más difícil de responder. También dicen que minutos antes de morir, a las personas se les aparece su vida como en una película. Si esto resulta así, esta noche (seguramente) por fin podré dormir.
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