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martes, 29 de julio de 2008

Andaba con ganas de cambiar el registro narrativo • Y de aprovechar un protoargumento que se me había ocurrido • El resultado es esto • ¿Distrútenlo?


Despútate pronto–, díjose la grácil Mari K., concupiscente y hierática. Las madrugadas pasadas estaba que bramaba, pero harinas de otros costales cocinaron los polvos de las masas y heme aquí, narrando las desventuras de una doncella aviejadarada.

Levantóse la grácil de su sillón de armiño y miró en torno buscando quién sabe qué ni cuándo ni cómo. Recorrió las albercas ínfimas de su mente achicharronando en la sartén de sus ideas un deseo obsceno pero pueril, algo como un sostén para sentirse viva, se dijo y se desdijo, unísona y meditabunda. Érase la tarde de un río en el afuera, pero en su adentro más adentro la sequía dejaba un arroyuelo de recuerdos que vapuleaban su historia, y regresaban, regresaban y regresaban incesantes.

Hallóse vacía de todo Mari K., vacía sobre todo de esas pieles que envuelven los cuerpos y los protegen de la ira pero también del hastío, esas pieles anónimas pero propias que subyugan o rellenan o simplemente existen en una concatenación de sucesos alocados pero lógicos. Recorriendo su morada carmín y pesada, la grácil no hallaba en su fémino cuerpo el dejo o indicio de motivos vitales. A la final ni siquiera me estoy muriendo, resignóse perversa la loca confesa, más K. que de costumbre, más ellamismaquintaescenciada que nunca.

Insoportablemente ella, podríamos decir, si estuviéramos narrando existencialísticamente una de esas ingratas y mundanas vidas literarias, pero restando por demodé a nuestro hilo narrativo la tuberculosis y la espera del amante. Sin embargo, en definitiva la vida siempre se recicla y claro está, el jinete azul en el corcel ídem trastruécase o esfúmase por obra y gracia del destino postmoderno en la nada que agobia a nuestra Mari K., tan ardiente en deseos y tan apática en acciones.

Y si de acciones se trata, permítaseme confesar que la grácil andaba carente de ellas, carente y doliente, perdida la fe en su autoritaria soberbia suburbana: habiendo viajado la vida pasando los límites de las velocidades permitidas, ahora siquiera podía emitir balbusílabas erráticas a las que el optimismo había abandonado de repente, repitiéndose a sí misma de sopetón me quedé sin nada, con una angustia tan entrecortada por dolores que hasta al más bravo narrador decimonónico le faltarían las palabras para parlodibujar su retrato en esta página.

Vistióse como pudo y dirigióse al concubino palier de su morada para respirar el aire descafeinado de su vida presente, atmosférico símbolo de asépticas presencias fantasmales y densas. Adjetivar la vida no está bien ni garpa, y más en este caso cuando se trata de pincelar una angustia, la presión de las presiones emperifolladas para estreno en un cuerpo y una mente batallados y como dormidos. Las sutilezas no caben en la psiquis autómata de la grácil, desventurada K.-ísta devenida en harapo, qué sólo atinaría a presentarse como Mari K., la repodrida hasta el hartazgo.

Despútate pronto–, repitióse llorosa, urgida por un final cuyos bemoles no podía ni quería ejecutar, tan sempiternamente miedosa. Allí detenida en el umbral de su entrada, hábitat y refugio al que antiquísimamente feliz había llamado casa, burlábanse de ella unos dejos de destellos en su cabellera dorada, que centelleaban su ebúrnea piel aunque no su mirada. Allí parada, diríase extática, la grácil respiraba por hábito congénito, y en su camisola refulgían anodinamente sus pezones otrora de fuego, su cuello que el cisne en la sombra parece de nieve. Contrafácticamente, una forma más rubendarianamente actual de parafrasear su profunda depresión, y que nos patentice lo latente y lo fatal de Mari K., tan acorde a la fisonomía y al semblante que nos ofrece allí parada, sería La princesa está triste, ¿qué mierda tendrá la princesa? Pero estas cavilaciones no lograrían desprenderla del inframundo, de la muerte que la acecha. La grácil la ambiciona, claro está, pero paralizada como se encuentra no se anima a accionar las dos o tres teclas que la crepen vertiginosa o raudamente. La puta, cómo se tarda la muerte, preocupóse amargamente nuestra bella doliente.

Y así, sin ánimo incluso para la autoría de su propio final, atosigada de vivir sin comprehender bien quién sabe qué ni cuándo ni cómo, estandartizada y enhiesta en la puerta de su casa respirando bacterias de vida en un cuerpo enfermo de muerte, decidióse a rerrefugiarse en su madriguera, y continuar atemperando melancólicamente sus horas. Resignada a una muerte que nunca llegaría sin que ella la provocara, húbose en ese justísimo momento milagreramente con la balacera de una huida que calcaba cinematográficamente el furor de las sirenas y los proyectiles, uno de los cuales tiñó la camisola portapezones de un rojo desteñido (como no podía ser de otro modo) y sanguinolento, al que casi inmediatamente siguieron dos leves espasmos y una sonrisa infantil y aliviada. El auto que –dicen– protegía a los ciudadanos no se detuvo, y la grácil Mari K., sólo en el principio apenas sorprendida, apenas aterrorizada, apenas arrepentida, atinó a balbusilabear
– Gracias.

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