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viernes, 31 de octubre de 2008

Ayer se festejó un triunfo electoral • O algo más que eso, según cómo se mire • Mi generación es, en cierto sentido, "hija de la democracia" y por eso en aquel domingo 30 de octubre hay cierto "punctum" indescriptible, que motiva esta semblanza


Era domingo. Nosotros todavía vivíamos en la idílica casa de Barrio Marina, aunque faltaba poco para dejarla, y su decadencia (y la de la economía familiar) era más que visible. Por esos días mi padre, historiador al fin, había usado un aparato "última generación", un radiograbador (que yo usé hasta fines de los '80 para cargar los casetes de juegos en la TK 90, graduando los agudos y los graves para que los ruiditos de programación entraran en los 64 K de memoria de modo correcto), para registrar el último discurso de Luder y el de Alfonsín. La diferencia entre ambos era, entonces y ahora, notable. Incluso para un niño, muy niño, avispado y quizás maduro, pero niño al fin. Lito (que así llamaban a quien no sólo me dio la vida, sino -fundamentalmente- buena parte del modo de verla, aunque yo le salí un poquito más zurdito, y no sólo por la mano que uso para buena parte de lo que la uso), había intuido, la noche del acto de su partido, que la quema del cajón era una provocación gratuita y tal vez, fatal. No lo aceptaría en público, pero Alfonsín decía más cosas de las que él quería escuchar, aunque todavía estaba preso de la disciplina partidaria y su verticalidad.

Mi madre siempre fue más ecléctica, más pequeñoburguesa, menos fundamentalista o -lo que sería lo mismo- más pragmática. No obstante, ambos eran, en ese entonces, "peronistas", algo que implicaba el haber estado camino a Ezeiza con un bebé a cuestas, haber votado a Cámpora sólo porque era la huella del Viejo, luego sufragar por Él (así, con mayúsculas), bancar a su inútil viuda (como si el halo de haber dormido con Perón la hubiera dotado de "peronismo"), y finalmente hacer la vista gorda cuando la muerte dijo que venía a construir vida. El '83 los encontró, creo, en el medio de la resolución de una crisis, en el sentido de que habían comprendido, allá por 1978 o 1979, que los milicos no venían a ordenar la "patria peronista" sino a entregar la patria, a secas. Malvinas incluidas.

Hubo algo en esa campaña electoral que recuerdo como "efervescencia": en la escuela te hablaban de política, los alumnos les preguntábamos a las maestras a quién iban a votar y ellas lo decían, explicaban por qué: la calle era pegatina, militancia, debate. El Ríver-Boca (en que nuestra historia política siempre transcurrió) se olfateaba por todas partes.

En esa época no había encuestas, ni internet. Los resultados electorales llegaban vía telegrama, a cuentagotas. A la noche (recuerdo que la casa estaba a oscuras) mis viejos escuchaban, con ese radiograbador con que habían registrado la historia, el final de la misma. Cierto fanatismo, cierta "infalibilidad" del peronismo (que cuando no estuvo proscripto ganó las elecciones), habrían amasado en mis padres la idea de que la victoria estaría asegurada. Recuerdo el silencio en el barrio (medio-pelo, pero no alfonsinista: "Barrio Marina" había sido un barrio construido cincuenta años antes por, precisamente, "marinos"; en ese entonces quedaban algunos viejitos y sus hijos y sus nietos, pero obviamente no habrían votado por el Alfonsín que ya anunciaba el eslogan de juicio y castigo)

La radio lo anunció, y de alguna forma anticipaba también un futuro que más o menos conocemos: el pacto sindical-militar (Lorenzo a la cabeza, CGT Brasil a los veinte) no prosperó; Luder perdió y Alfonsín juzgó, pero después se cagó en las patas (obediencia debida + punto final) con las asonadas que de algún modo "olían" a peronismo (Seineldín y Rico se reivindicaban, entonces, como peronistas); Patilla llegó por izquierda y aplicó por derecha el antiguo pacto completito (indulto pa' todo el mundo + mimos con Isaac Rojas + economia "neo-joe"); el gran fraude prometió y reventó por su propia (i)lógica; y finalmente "el aparato" del PJ bonaerense logró asaltar el país, hasta hoy.

De esa noche, la del 30 de diciembre de 1983, me queda una imagen: mis viejos lloraban. En la superficie, creía entender por qué: habían perdido, su colectivo no había ganado la presidencia y Alfonsín, que básicamente era un chanta, gobernaría (o intentaría gobernar: la latencia de un golpe siguió unos años más) la patria peronista, con discurso peronista, pregonando una vez más su "tercer movimiento histórico" que sintetizaba al peronismo y al radicalismo.

El lunes 31 de diciembre de 1983, en un acto patriótico, mi viejo decidió afiliarse al PJ. Pero se desafilió en 1989, después que "uno del palo" le cagó irremediablemente el voto y la que sería, a la postre, la última esperanza que tuvo de ver el país gobernado por el "peronismo de Perón".

1 comentario :

  1. Casi, casi que que me pongo reflexivo. Yo tenía cinco tiernitos años en la época en que Alfonsin gano las elecciones. Recuerdo la cara de mis viejos, de ¿y ahora qué?

    Casi treinta años despues me pregunto porque mi vieja sigue pensando que si hubieran ganado los peronistas el país sería mejor.

    En fin es preferible la creencia fiel en un sistema político lejano y "efectivo" a esta sinceridad plagda de mentiras que todos sabemos son mentiras y nunca van a ser medias verdades.

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